Imagen: Elvira Hernández Carballido
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Adela Calva Reyes, palabras con alas

Voz que se expresó en hñähñü y en español. Voz que defendió a las mujeres indígenas y expresó su amor, su coraje y su dignidad. 

Imagen: Adela Calva Reyes, palabras con alas

Elvira Hernández Carballido

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Durante 51 años la voz de Adela Calva Reyes se escuchó al ritmo de nuestros corazones, voz que resonó en su comunidad y en todos los espacios donde compartió sus palabras, desde la radio hasta la tribuna más humilde. Voz que se expresó en hñähñü y en español. Voz que defendió a las mujeres indígenas y expresó su amor, su coraje y su dignidad. 

Desde el día de su nacimiento, 16 de diciembre de 1967, sus tres almas flotaron en su comunidad; tres almas que el pueblo hñähñü aseguraba que poseen sus hijos e hijas nacidas en esta cultura otomí llena de sueños, alas y futuro

Adela nació en San Ildefonso —tierra de los músicos—, una región que, pese a las carencias y discriminaciones de parte de algunos poblados cercanos, conserva la magia en la que creían sus habitantes. Adela recuperó esa memoria de lugares encantados, de historias orales que fortalecían sus tradiciones e identidad.  

Los ancestros, la abuela, la bisabuela y las curanderas, el padre y la madre, ojos y águilas, el Cerro de la Cruz y la sagrada serpiente, mitos y leyendas aparecían en sus sueños para responder a las preguntas que todo pueblo hñähñü expresaba y a ella le gustaba plasmarlos en la escritura. Estudió la primaria y la secundaria, después bastó su inspiración para ir trazando su camino literario. 

De esta manera surgió Ra hua ra hiä —Alas de palabras— (2008) su primera obra, donde recuperó la memoria de su tierra, de su familia y de sí misma. En el texto puede advertirse el panorama que ella ve de su tierra, la comunidad indígena y la población mestiza, sus festividades y su manera de vestir, la cosmovisión de sus antepasados y las visiones mágicas de este siglo XXI.

Destaca la presencia del padre en sus relatos, a quien ama y no, un hombre con prestigio en la comunidad, pero temido por sus reacciones violentas en casa. Ella nunca lo justificó, pero intentaba comprender ese machismo heredado del cual resultaba difícil zafarse: “Nuestro padre era un hombre que hoy ya no hay, porque, a pesar de todo, muy adentro de su corazón nos quiso muchísimo, aunque por fuera de su persona pareciera no querernos, por la forma de cómo nos hablaba, porque lastimaban su habla y sus consejos”.

Nada escapa a la mirada de la niña y la mujer, observa a una madre violentada y a una hermana fuerte. Generosa y noble, sencilla y emotiva, Adela aproxima con gran sensibilidad a sus evocaciones, hay magia en sus palabras, aunque también situaciones donde la denuncia es importante. Figuras monstruosas o sucesos sobrenaturales, personas que se transforman en animales, cosmovisiones escuchadas por varias generaciones y artes divinas que han sido transmitidas de manera oral. 

Además de dominar la narrativa, se aproximó también a la poesía y aunque el libro fue publicado de manera póstuma, Dombo ma enxe —Flor de mi alma— (2019), destacó por la belleza y naturalidad poética, además que encerraba las palabras precisas que identificaban las raíces de su comunidad. 

De igual manera, aprovechó toda la riqueza que le ofrecía la radio comunitaria, fue así como colaboró en Radio Gi ne ga bu he th’o (Queremos Seguir Viviendo) y la consideró un escenario muy representativo para que las mujeres expresaran libremente su sentir.

El 2 de marzo de 2018 la Secretaría de Cultura del estado de Hidalgo publicó una esquela donde lamentaba el fallecimiento de la gran “escritora indígena otomí” asegurando que con ella se cerraba “una puerta y una ventana por donde entraba y salía la luz y la voz de todo un pueblo. Ella en silencio construyó un andamiaje por donde hizo transitar le lengua otomí, la tradición oral y el pensamiento de los ancestros. Murió Adela Calva, pero vivirá siempre a través de las líneas de sus escritos”.

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