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Hace (6) meses

El cuchillo en el ojo

Es notable cómo disminuye la habilidad de enfocarnos y cedemos a la reactividad porque la emoción y su explosión es lo que provoca likes e interacciones…

Imagen: El cuchillo en el ojo
A. Ebblen Robles
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A mediados de noviembre circularon en redes sociales dos hechos de tránsito sucedidos en Pachuca que son síntoma de una población enojada. Puede estar furiosa con su gobierno, con sus propias vidas o con los actos de su vecino, pero la violencia que muestran las personas ante los conflictos que irremediablemente surgen muestra que nos hemos vuelto más intolerantes y hemos perdido autocontrol. Y todo queda filmado.

En el bulevar Colosio, dos choferes de transporte público se bajaron de sus unidades y se fueron a los puños con más ganas de sacar su rabia que de dañar al otro, aunque no exime la gravedad del hecho.

También, en el bulevar Santa Catarina, luego de que, aparentemente, dos vehículos rozaran sus espejos, la conductora de la camioneta involucrada bloqueó el paso de la otra unidad y bajó del auto con objeto en mano para destrozar el espejo del otro conductor, un hombre que viajaba con sus dos hijas, una de ellas de 10 meses de edad.

La lista puede alargarse, pero tiene, quizá, su punto álgido en lo que ocurrió a mediados de año en la glorieta del puente atirantado, donde un taxista hirió a otro conductor que más tarde perdió la vida. El chofer del transporte público acabó en la cárcel y generó una discusión sobre la poca o nula capacitación de los trabajadores del transporte y la mala planeación vial.

Es una obviedad señalar que la pandemia aumentó los niveles de ansiedad y agresividad y que no han sido atendidos ni por la sanidad pública ni por los entornos laborales privados, pero las muestras de irritación extrema ya eran comunes antes del virus, con consecuencias a todos los niveles (como la primera presidencia de Trump, que subió al poder con todas sus bravuconadas en 2017). 

Pocas sorpresas ya nos deparan la violencia y su exposición mediática, pero las agresiones en las calles de Pachuca me hicieron recordar cómo genuinamente me aturdí con lo sucedido el 11 de julio de 2019 en Veracruz. Luego de pelarse por un cajón de estacionamiento en una plaza comercial, un hombre le clavó un cuchillo en el ojo a otro sujeto que, con el filo atravesándole la cara, le reclamó al agresor que peleara con los puños porque “eres hombre”.

Por suerte, porque pudo morir, la víctima solo perdió su ojo izquierdo, pero la vida le cambió. En modo triste e irónico, en la grabación (el video está en la red) se le escucha decir “tan contento que venía” mientras camina con el arma clavada. Era claro que ninguno de los dos hombres iba con la intención de agredir o protagonizar una pelea, pero un instante trastornó no solo ese día, también todos los siguientes. Un momento de ira hizo un fuego del que, seguramente, ambos involucrados se arrepienten. 

¿A qué nos lleva hundirnos en una rabia que todos hemos sentido?

A pesar de las malas noticias diarias, creer que el pasado es menos violento es una ingenuidad. Como lo ha argumentado Steven Pinker, los niveles de violencia de otros siglos son poco imaginables para el ciudadano de nuestra época, a menos que se viva en zonas de guerra o en la dinámica de espacios dañados por el crimen organizado y sus cómplices en el gobierno. 

El respeto de los derechos humanos, la mejora de las condiciones de los trabajadores, el cuidado de las infancias, la protección de la mujer y, hace falta señalarlo, la validación de los esfuerzos del hombre común por mejorar sus condiciones económicas y psíquicas han posibilitado convivencias más sanas, así como la creación de una cultura de resolución de conflictos. Y a pesar de ello parece que en los años recientes seguimos cayendo cada vez más rápido.

Peleas en bares que terminan con muertos, recreación deportiva que deriva en broncas masivas o juntas de padres de familia que acaban en jalones de cabello.  Y estoy seguro que los protagonistas de las riñas, si fueran espectadores, criticarían el impulso furibundo.

El filósofo español José Antonio Marina sostiene en su libro La inteligencia fracasada que se puede ser inteligente y hacer cosas estúpidas, pero al final “la culminación de la inteligencia, su éxito, está en dirigir bien la conducta”. Para Marina, nuestros actos son mezcla de emoción y razón y si tomamos una decisión que no es inteligente, esta nos llevará a la desdicha. El ser humano ha desarrollado sistemas para impedir respuestas autónomas y nuestra inteligencia es capaz de deliberar cómo actuar ante el miedo o una agresión. Entonces, ¿qué está fallando?

No es el reconocimiento de la emoción lo que se está deteriorando, sino el reconocimiento de la razón y sus capacidades. Podemos notar nuestro enojo y el de los demás (o la alegría o la tristeza), pero estamos estropeando nuestra capacidad de poner atención a su origen y a las consecuencias de un arranque de furia. Es notable cómo disminuye la habilidad de enfocarnos y cedemos a la reactividad porque la emoción y su explosión es lo que provoca likes e interacciones. No nos falta empatía, nos falta una pausa para entender que nuestra emoción no debe ser un centro hacia donde todo se dirige. Nada nos va librar de acciones molestas (incluyendo las propias) o de interpretaciones incorrectas. Lo civilizado es el diálogo no la falta de conflicto; sin embargo, nos estamos facilitando el acceso al cuchillo que se clavará en el ojo ajeno o en el nuestro.

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