La revisión por pares existe por esa razón: no para obstaculizar el conocimiento, sino para darle la oportunidad de resistir el escrutinio antes de ser aceptado.

Muchas veces hemos pensado que si todos estuviéramos de acuerdo viviríamos en una sociedad mejor. Puede que parezca lógico, pues habría menos discusiones, menos confrontaciones y más armonía. Sin embargo, basta mirar la historia para descubrir que las sociedades no avanzan cuando desaparecen las diferencias, sino cuando aprenden a convertirlas en mejores decisiones.
Hace más de cinco siglos, Nicolás Maquiavelo hizo una observación en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, él escribió que muchos criticaban los enfrentamientos entre el pueblo y los nobles de Roma, sin advertir que precisamente de esas tensiones habían surgido leyes que fortalecieron a la República. Su reflexión no era una invitación al conflicto claro, sino un reconocimiento de que el desacuerdo, cuando encuentra instituciones capaces de encauzarlo, puede convertirse en una fuerza creadora.
Sin saberlo, Maquiavelo había descrito un principio que siglos después también sostendría al método científico.
Cada descubrimiento importante ha tenido que enfrentarse a preguntas incómodas, experimentos que ponen a prueba sus resultados y colegas dispuestos a encontrar errores. La revisión por pares existe por esa razón: no para obstaculizar el conocimiento, sino para darle la oportunidad de resistir el escrutinio antes de ser aceptado.
La naturaleza tampoco permanece inmóvil, el sistema inmunológico aprende al enfrentarse con virus y bacterias; las especies evolucionan porque el ambiente las obliga a adaptarse. Incluso las montañas son consecuencia del choque de placas tectónicas que llevan millones de años en movimiento. Los sistemas complejos no alcanzan estabilidad porque todo permanezca igual, sino porque son capaces de responder a las tensiones que enfrentan.
Algo parecido ocurre con las sociedades. Cuando desaparece la posibilidad de cuestionar, también desaparece la posibilidad de corregir, las instituciones dejan de aprender y los errores se acumulan en silencio hasta que terminan por hacerse visibles. La aparente tranquilidad puede ser, en realidad, el síntoma de que nadie está dispuesto a señalar lo que no funciona.
México enfrenta desafíos que difícilmente podrán resolverse desde una sola perspectiva. La inteligencia artificial, la escasez de agua, la transición energética o la educación científica requieren evidencia, discusión y la disposición de cambiar de opinión cuando los hechos lo exigen. El consenso puede ser útil para tomar decisiones, pero nunca debe sustituir el debate que permite mejorarlas.
Maquiavelo entendió que una República se fortalece cuando sabe transformar sus diferencias en instituciones más sólidas. Este principio escrito hace siglos es evidente cada que se pone aprueba el método científico: el conocimiento solo avanza cuando las ideas pueden ponerse a prueba. Y hay ideas que el método ya las ha desplazado, pero se aferran porque no fueron parte de una deliberación pública, ahora son categorías zombis.
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