Imagen: Lamán Carranza
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Aferrarse al ayer: un mal que debemos superar

Hoy ocurre algo similar con la inteligencia artificial, cambian las tecnologías, pero la sensación permanece: cuando algo nuevo aparece, una parte de la sociedad no está de acuerdo.

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Hay una idea que se repite una y otra vez a lo largo de la historia; cada generación cree estar viviendo una época de cambios sin precedentes y, sin embargo, la reacción suele ser la misma: desconfianza.

La electricidad fue vista con recelo, los trenes despertaron miedo. Hoy ocurre algo similar con la inteligencia artificial, cambian las tecnologías, pero la sensación permanece: cuando algo nuevo aparece, una parte de la sociedad no está de acuerdo.

La realidad es que este sentimiento de desconfianza es profundamente humano. La ciencia ha demostrado que nuestro cerebro está hecho para sobrevivir, los instintos de miedo y duda son propios de nosotros. Durante miles de años, aquello que era desconocido podía representar un peligro, un alimento nuevo, un territorio inexplorado o una conducta diferente podían tener consecuencias fatales. Por eso desarrollamos mecanismos que privilegian la repetición y la familiaridad.

En términos evolutivos, desconfiar de lo nuevo no era un defecto; era una ventaja adaptativa. Sin embargo, existe una paradoja. Esa misma capacidad que nos ayudó a sobrevivir puede convertirse en un obstáculo cuando el progreso exige cambiar hábitos, instituciones o formas de pensar.

Resulta fascinante que alguien hubiera identificado este fenómeno siglos antes de que existieran la neurociencia, la psicología cognitiva o la teoría de la evolución.

Maquiavelo escribió: “Porque quien introduce un nuevo orden tiene por enemigos a todos aquellos que prosperaban bajo el antiguo, y solo cuenta con defensores tibios entre quienes podrían prosperar bajo el nuevo”.

La observación es brillante porque describe algo que seguimos viendo todos los días.

Quienes se benefician del sistema actual tienen motivos claros para defenderlo. Conocen sus reglas, ocupan una posición cómoda dentro de él y entienden perfectamente lo que podrían perder. En cambio, quienes podrían beneficiarse del cambio apenas alcanzan a imaginar sus ventajas, defienden una promesa, no una realidad y por ello muchas veces suelen hacerlo con menos convicción.

La historia de la ciencia está llena de ejemplos. Galileo desafió una visión del universo que parecía incuestionable. Incluso avances que hoy consideramos elementales, desde los antibióticos hasta las vacunas, encontraron, incluso actualmente, una oposición feroz.

No porque la evidencia fuera insuficiente, sino porque cambiar implica abandonar comodidades, y lo mismo pasa en la política, incluso en la vida cotidiana.

Quizá por eso las sociedades rara vez se quedan atrás por falta de talento o de ideas. Lo que suele frenarlas es algo mucho más sutil: la incapacidad de adoptar a tiempo aquello que podría transformarlas.

México conoce bien ese desafío. La innovación, la educación científica y el desarrollo tecnológico suelen celebrarse en el discurso, pero con frecuencia encuentran resistencias cuando exigen modificar prioridades, redistribuir recursos o romper inercias que llevan décadas instaladas. Internet es un buen ejemplo, hubo quienes lo vieron como una curiosidad tecnológica y quienes entendieron que sería la columna vertebral de la economía del siglo XXI. Treinta años después, la diferencia entre ambas apuestas es la diferencia entre crear tecnología o depender de ella.

Maquiavelo nos recuerdan que el mayor enemigo del futuro no siempre es la ignorancia. Muchas veces es la comodidad. Cinco siglos después, la advertencia sigue vigente: el progreso no solo necesita ideas brillantes, también necesita el valor colectivo para aceptar que el mundo de mañana no se parece al de ayer.

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