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Hace (3) meses

Cuando el enojo manda

Estamos fallando como adultos al momento de manejar el enojo, el desacuerdo y la responsabilidad que implica convivir en comunidad

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Lo ocurrido en días recientes en Progreso de Obregón, Pachuca y, más recientemente, en Mixquiahuala no puede seguir leyéndose como simples “pleitos”. Son señales claras de algo más profundo: estamos fallando como adultos al momento de manejar el enojo, el desacuerdo y la responsabilidad que implica convivir en comunidad.

El primer episodio se registró en Progreso de Obregón, afuera de una escuela primaria. Madres de familia resolviendo sus diferencias a golpes y gritos, frente a niñas y niños que observaban la escena. Uno de ellos, incluso, recibió una patada. No hay manera de suavizarlo: cuando la violencia se da en un espacio educativo y proviene de quienes deberían cuidar y formar, el problema es serio.

Después vino Pachuca. Un partido de futbol en la colonia San Antonio terminó en riña y, nuevamente, hubo menores involucrados. Y finalmente Mixquiahuala, donde una jugada bastó para que más de veinte personas, jugadores y asistentes se enfrentaran a golpes durante un encuentro deportivo. Para quienes somos originarios del Valle del Mezquital, estas escenas no sorprenden, se repiten con demasiada frecuencia.

Aquí conviene decirlo con claridad: el futbol no es el problema. El problema es lo que llevamos a la cancha. En muchos casos, no se discute una falta, se descarga frustración; no se defiende un marcador, se defiende el ego. La cancha se convierte en el lugar donde explotan enojos acumulados por problemas personales, económicos o familiares que nunca se atendieron.

También hay algo más preocupante: hemos normalizado la violencia. Se graba, se comparte, se comenta y, al final, se justifica con frases como “así es el futbol” o “solo fue un momento de calentura”. Pero cuando nadie pone un alto, el mensaje es claro: golpear también es una opción.

Lo más grave es lo que aprenden las niñas y los niños. No aprenden de discursos, aprenden de lo que ven. Si ven adultos insultar, empujar o golpear para “resolver” un problema, eso es lo que repetirán. No es casualidad que cada vez aparezcan más menores involucrados en riñas; es el reflejo de lo que les estamos enseñando sin darnos cuenta.

En comunidades como las del Valle del Mezquital, el futbol siempre fue un espacio de convivencia familiar, de identidad y orgullo local. Hoy, en muchos casos, se ha convertido en un terreno sin reglas claras, sin autoridad y sin autocontrol. La pasión, cuando no tiene límites, deja de ser entusiasmo y se vuelve violencia.

Claro que se necesita mayor vigilancia y consecuencias, pero eso no basta. La raíz está en la conducta cotidiana: en cómo hablamos, cómo reaccionamos y cómo damos el ejemplo. No podemos exigir respeto en la cancha si en casa normalizamos el grito, el insulto o el golpe.

La violencia no nace en el partido, pero ahí se hace visible. Y mientras sigamos minimizándola, seguirá creciendo. Tal vez la pregunta no sea por qué se pelearon esta vez, sino por qué cada vez nos cuesta más dialogar sin agredir

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