Debe recordarse también que, en aquellos años, decenas de vendedores de puestos semifijos se habían apoderado prácticamente de la calle Nicolás Romero, en medio de una tortuosa terracería, en la que vendían todo tipo de mercaderías

El tramo comprendido entre en el callejón Ramón Rosales, al poniente, y la calle Guadalupe Victoria, por el oriente, prolongado hasta el cruce con Vicente Salazar, por el oriente, y Genaro Guzmán Mayer, al poniente, se enmarca por encontrarse en sus inmediaciones el Mercado de Barreteros, próximo a cumplir cien años —el 16 de septiembre de 2027—, levantado donde otrora existiera una explanada correspondiente al panteón Mercedario del Carmen.
En la acera poniente de este tramo se ubicaron tres panaderías: El Elefante, frente a la bocacalle de Victoria; más adelante, La Colorada, y pasando el mercado, El Mejor Pan. Cada una con particular atractivo para cada paladar; había en este tramo lo que es el colmo, solo una cantina, La Lonja, atendida por un respetuoso personaje, don Fernando González Ballina, aunque a la vuelta, por Romero, había media docena de estos antros.
La papelería El Nardo será recordada por muchos adultos de hoy, pues en ella se adquirían muchos de los útiles escolares requeridos. A un lado, por el sur, se encontraba la añeja farmacia Cabrera y más adelante, después de panadería La Colorada, se hallaba la reconocida mercería El Cisne.
En la acera oriental, todo partía en Almacenes S, una tienda de ropa atendida por el señor Mansur Salomón, seguida de una relojería y de la afamada tienda de abarrotes La Popular, atendida por un caballeroso ciudadano chino de apellido Lli.
A continuación, se encontraba la mercería El Faro, a la que seguía un edificio, construido a finales de los 60, donde se estableció la tienda Sears, a la que seguía Casa Baltierra, cuyo principal giro era la venta de discos fonográficos, grabadoras, tocadiscos, micrófonos, etc., establecida donde estuviera por muchos años una bodega de granos de don Mateo Barquín, seguida de la tienda 1-2-3, que era popular marca de aceite de cocina, en la que también se expendían diversos abarrotes, seguida de La Casa del Café, donde se asentaban la tienda y un pequeño zaguán que daba acceso al tostador de ese sabrosísimo grano.
Los negocios siguientes eran dos zapaterías, la Neolite, donde además se vendían zapatos de diversas marcas, aunque la predominante era la marca Neolite —un producto realizado a partir de diversas mezclas de hule—, que, por cierto, se expendía también enfrente en el cruce de las calles de Guerrero y Nicolás Flores —esta última arteria estaba invadida entonces por decenas de puestos semifijos— y la siguiente era la Zapatearía Rodolfo, atendida por don Rodolfo Meneses, donde se vendía calzado deportivo y fundamentalmente el zapato producido por la fábrica Real Eterno de Real del Monte.
El siguiente era un negocio de muchos recuerdos para mi generación, la dulcería Canel’s, donde además de comercializar al mayoreo chocolates, chiclosos, chicles y otros manjares infantiles, se expendían estampitas para los diversos álbumes que se lanzaban al mercado, provocando que, en sus inmediaciones, parvadas de jovenzuelos buscaran negociar el intercambio de estampas.
Finalmente, en la esquina de Guerrero y Salazar, por el lado poniente, se hallaba una muy surtida jarciería atendida por su propietario, un señor de nombre Romeo, a cuyas puertas, por el lado de Salazar, se asentaba un sitio de automóviles de alquiler que hacía base en esta calle donde tenían un teléfono fijo para la atención de las llamadas de quienes solicitaban de tal servicio.

En la fachada del Mercado de Barreteros, por el oriente —que ha sido desde siempre la principal—, se encontraban en aquellos días de la mitad del siglo XX tres carnicerías, una frutería, una mercería y los famosísimos jugos de don Carlos Salinas —Carlitos—, negocio que existe desde 1927, cuando se inauguró este centro de abasto. En aquellos años —y aun actualmente— era famosa La Gran Titania no solo por el expendio de carne de res, sino por los ricos tacos de carnitas de puerco y chicharrón, aderezados con picosas salsas que vendían en una de sus puertas.
Debe recordarse también que, en aquellos años, decenas de vendedores de puestos semifijos se habían apoderado prácticamente de la calle Nicolás Romero, en medio de una tortuosa terracería, en la que vendían todo tipo de mercaderías. Fue durante la gestión del alcalde Rafael Cravioto cuando se construyó el mercado Guzmán Mayer, en el que se reubicó a la mayoría de estos mercaderes y se liberó aquella importante arteria.
La imagen que ilustra esta entrega muestra a la calle Guerrero a principios de los años 70; pueden observarse, entre otros negocios, la farmacia Cabrero, la panadería La Colorada, la mercería El Cisne y ya en la esquina con la arteria de Romero la cantina La Lonja. ¡Qué ganas de meterse en la placa fotográfica para guerrear un rato!
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