Imagen: Juan Manuel Menes Llaguno
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Hace (11) meses

Crónicas y leyendas hidalguenses. ¡Continuamos paseando por el Guerrero del ayer! V Parte

El penúltimo tramo de la calle Vicente Guerrero, en Pachuca, daba inicio en la conocida arteria Vicente Salazar y concluía en el arranque de Francisco Díaz Covarrubias. Los comercios ahí establecidos eran para los 50 de reciente apertura…

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El penúltimo tramo de la calle Vicente Guerrero, en Pachuca, daba inicio en la conocida arteria Vicente Salazar y concluía en el arranque de Francisco Díaz Covarrubias. Los comercios ahí establecidos eran para los 50 de reciente apertura, ya que en esta zona había aún diversas casas habitación que en ese periodo desaparecieron paulatinamente para dar paso a nuevos y modernos negocios comerciales.

En la acera oriente El Fénix, una tienda expendedora de café, era el primer negocio, seguida por muchos de la tlapalería La Montañesa, atendida por don Ildefonso González Vélez —mejor conocido como Vegolín—, un cultísimo comerciante amigo personal de don José Ibarra Olivares, toda una institución de la cultura en Hidalgo. Tan bien marcharon las cosas para este negocio que terminó trasladándose a la esquina poniente de Guerrero y Covarrubias, donde don Ildefonso también edificó su domicilio en un segundo piso.

Colindante con el antiguo domicilio de La Montañesa, se encontraba un salón de belleza y la fotografía Cibrián, dedicada a fotografiar novias y quinceañeras, aunque también se hacían trabajos fotográficos para credenciales y documentos oficiales. En el mismo edificio donde se encontraban estos negocios se alojaron por más de 30 años las oficinas de redacción y talleres de El Sol de Hidalgo, aunque al fondo de este edificio existió por algunos años una parte de la fábrica de calzado Real Eterno. Enseguida se encontraba el domicilio particular del reconocido abogado Jorge Quiroz Sánchez, colindante con una populosa vecindad de al menos una docena de casas.

Finalmente, tenía asiento en este tramo de la calle Gurrero un comercio nominado Kikos, reconocida tienda de artículos deportivos —que era prácticamente la única en este género que existía en aquel Pachuca—, donde se vendían uniformes y zapatos, así como balones, pelotas, raquetas y todos los enseres indispensables para la práctica de los diversos deportes de moda en la ciudad.

En la acera poniente todo iniciaba en la otrora Vecindad de Tejas, un conjunto habitacional de tres patios donde vivía en cuartos redondos más de medio centenar de familias —se llamó de Tejas (no Texas) en razón de estar techadas sus viviendas con tejas de barro—, espacio que se prolongaba al poniente hasta la calle Ignacio Trigueros; este centro habitacional fue finalmente clausurado tras una epidemia de tifo, lo que dio paso años después al trazo del llamado bulevar Genaro Guzmán Mayer y al mercado de ese mismo nombre, aunque antes de suceder esto en el portón de la abandonada vecindad existió un expendio de petróleo.

A continuación, se hallaba un negocio donde se vendían pisos de cerámica atendido por don Margarito Santillán, un reconocido pachuqueño que dirigía una afamada banda musical muy solicitada en toda la región. Le seguía un amplio vano que era la entrada al taller mecánico del Maestro Nico —Nicolás Ríos— y a las oficinas del periódico Nuevo Grafico.

El siguiente negocio emplazado en esta calle fue la Alcoholera de Pachuca, propiedad del señor Ramón Hernández Lozano que, sometida en 1958 a una remodelación integral, reabrió sus puertas bajo un nuevo concepto comercial de autoservicio, en el que se incluyeron, además de las más reconocidas marcas de vinos y licores, diversos ultramarinos y salchichonería; todo, a partir de una inusitada modernidad.

Le seguían la relojería Elgin, después una paletería y bien surtida dulcería, famosa por expender una bebida embotellada llamada Soldado de Chocolate, delicia de quienes éramos niños entonces; colindante se encontraba la Farmacia Galván, propiedad del doctor Manuel Galván, quien tenía al fondo del despacho de medicamentos su consultorio.

En la siguiente puerta se encontraba el Salón Correa, una peluquería y barbería, atendida por un caballeroso barbero que pasaba las horas de ocio en amena charla con el propietario de otro negocio, un taller de reparación de radios y tocadiscos, que pronto fue también de televisores, ambos negocios antecedían a una puerta que daba acceso a dos viviendas, una de ellas la del ya referido doctor Manuel Galván.

Este penúltimo tramo de la calle Guerrero concluía en una gran tienda abarrotes que por algún tiempo fue atendida por un jovial español, el señor Marino Aladro, y después dio paso a otra tienda y cantina llamada La Universal, famosa porque vendía bebidas durante toda la noche a través de una ventanita abierta en la puerta de la cortina. Esta tienda se trasladó más tarde a la calle Abasolo, al construirse en este sitio el nuevo local de La Montañesa.

La imagen que ilustra esta nota corresponde a la calle Guerrero en el desfile del 20 de noviembre probablemente de 1959, en ella se observa a la tlapalería La Montañesa, propiedad de don Ildefonso González Vélez, como se lee en la fachada sobre las dos puertas de acceso; asimismo, se capta en la esquina norte con Salazar la jarciería de Don Romeo y, en la derecha, El Fénix, un expendio de café.

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