Hacia finales del siglo XIX el panteón de San Rafael —ubicado en terrenos del otrora convento de San Francisco— estaba prácticamente saturado debido al súbito crecimiento experimentado en el antiguo Real de Pachuca.

Hacia finales del siglo XIX el panteón de San Rafael —ubicado en terrenos del otrora convento de San Francisco— estaba prácticamente saturado debido al súbito crecimiento experimentado en el antiguo Real de Pachuca. En marzo de 1898 fue adquirido por el aún gobernador del estado general Rafael Cravioto, un extenso terreno propiedad de la familia Romero de Terreros, en los alrededores del poblado de San Bartolo —apócope de Bartolomé, uno de los 12 apóstoles de Jesús—. De inmediato, dicen los cronistas de la época, don Nemorio Andrade, presidente municipal de Pachuca, procedió a bardear aquel espacio ubicado al poniente de la ciudad, encargándose de la obra el ingeniero Jesús Gil.

Correspondió al gobernador Pedro Ladislao Rodríguez culminar las obras del nuevo panteón para lo que se procedió a contratar los servicios del ingeniero militar capital Porfirio Díaz, hijo del presidente de la República, a quien se encomendó la portada del nuevo panteón, realizada en cantera de Tezoantla —sitio cercano a Real del Monte—. Se trata de conjunto de estilo neoclásico en el que están representadas las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.
Poco después del 1 de enero de 1901, fecha en que se inauguró el panteón de San Bartolo en Pachuca, la cámara fotográfica de José Bustamante y Valdés captó la portada del panteón municipal, convertida desde entonces en un emblema para los habitantes de la ciudad de Pachuca. Hoy, tras haberse ampliado a casi un tanto más de su extensión original, se considera ya insuficiente para dar cabida a las a las decenas de inhumaciones realizadas día tras día.

En 1906, año en que fue tomada esta placa, empezaban a trazarse las avenidas, principal —a partir de su acceso— y las dos laterales que corren por cada lado, además de la que le cruza en el centro. Para aquellos años, este cementerio quedaba lejos de las fronteras urbanas y parecía que nunca se saturaría; sin embargo, para finales del siglo XX, el presidente Rafael Arriaga Paz se vio prácticamente obligado a aumentar su espacio con prácticamente un tanto más de lo que tenía al inaugurarse en 1901.