Las principales calles de la Capital Tolteca muestran un panorama desolador: cortinas cerradas, letreros de “se renta” en muchos locales, y otros abiertos, pero con poca clientela
El reloj marcaba casi la medianoche del lunes 6 de septiembre de 2021. Una intensa e incesante lluvia cubría el Valle de México y algunos municipios hidalguenses, entre ellos Tula de Allende, que horas más tarde, en la madrugada del 7 de septiembre, viviría uno de los peores episodios de su historia, la inundación.
Tres años después de ese fatídico suceso, la Ciudad de los Atlantes parece levantarse a paso lento, con el esfuerzo y el sudor de sus habitantes, quienes no olvidan esa fecha: el día en que Tula quedó bajo el agua.
La lluvia, que comenzó la noche del 6 de septiembre de 2021, provocó el desbordamiento del río Tula debido a un excedente de 500 metros cúbicos por segundo en su cauce, el doble de su capacidad natural, según un informe de la Comisión Nacional del Agua (Conagua).
Hoy en día, las principales calles de la ciudad muestran un panorama desolador: cortinas cerradas, letreros de “Se renta” en muchos locales, y otros abiertos, pero con poca clientela.

Criterio regresó a este sitio mil 96 días después, para escuchar y plasmar los testimonios de comerciantes y habitantes de la demarcación, quienes coinciden en que “el tiempo no perdona” y que sus negocios han sufrido las consecuencias de la inundación.
Tal es el caso de Arturo Carranza, María Montoya y Erick Alberto, tres emprendedores que vieron cómo sus sueños y el trabajo de años fueron devastados y arrastrados por el agua en cuestión de minutos.
Con más de 30 años establecido en la calle Xicoténcatl, Arturo Carranza Cervantes, siempre amable y cordial al atender a su clientela, narró la tristeza y desesperación que sintió al ver su local cubierto completamente por el agua.

En esta ocasión, vestido con su mandil blanco, chaleco azul, camisa a rayas, gorra blanca y su característico bigote, don Arturo, de 69 años de edad, relató lo difícil que fue recuperar una pequeña parte de lo que perdió en la inundación.
Su nevería, ubicada justo a espaldas del Hospital General de Zona: murieron 16 pacientes, siete de ellos durante un intento de traslado a zonas altas, fue testigo de la tragedia provocada por las lluvias en el Valle de México.
Horas después, en la madrugada del martes 7 de septiembre, al enterarse de los rumores de la inundación a través de las redes sociales, Carranza Cervantes fue a revisar el estado de su local, sin imaginar la escena que encontraría minutos más tarde.
Todos los días, Arturo abría su nevería a las 8:00 horas, donde las paletas de limón y los helados de chocolate eran los productos más solicitados para combatir el calor intenso de la zona.

Sin embargo, los recuerdos de esa madrugada se volvieron amargos al ver que el nivel del agua alcanzaba casi dos metros de altura, lo que le impidió acceder a su establecimiento para tratar de rescatar algunos objetos que con el esfuerzo de muchos años pudo adquirir.
Casi 160 mil pesos y tres meses de trabajo fueron necesarios para recuperar parte de lo perdido y reabrir su negocio, lamentando haber recibido únicamente 10 mil pesos de ayuda gubernamental, los cuales apenas alcanzaron para un mes de renta.
A tres años de la inundación, Arturo solo espera que la clientela regrese y que su negocio no corra la misma suerte que muchos de sus colegas, quienes tuvieron que cerrar por falta de recursos.
“Fue muy triste, tuvimos pérdida total”, fueron las palabras de María Montoya, artesana originaria de Tula, quien ofrece sus productos en la Plaza de la Artesanía, ubicada en la calzada Zaragoza, una de las zonas más críticas de la inundación debido a la cercanía con el cauce del río.
Habitante de la colonia 16 de Enero, cercana al lugar, María recordó que al enterarse por redes sociales de la inundación, intentó salvar algunas cosas de su negocio; sin embargo, el puente que debía atravesar para llegar a la zona estaba colapsado.

“Fue desesperante, es un día que no quisiéramos recordar porque hay muchas tragedias en nuestros testimonios. Quisimos venir a sacar nuestras cosas y no se pudo, tuvimos acceso a la plaza hasta el sábado, pero fue desilusionante ver todo lo que causó la inundación”, comentó María.
Tuvieron que pasar días, semanas e incluso un mes para realizar los trabajos de limpieza y recuperación de su local, pues el lodo y la suciedad que dejó el descenso del agua complicaron aún más su labor.
Actualmente, el negocio de María se encuentra al 70 por ciento de lo que era antes de la tragedia, y espera que el tiempo y su arduo trabajo logren una recuperación total.
Justo al costado del puente vehicular y peatonal Zaragoza, que pasa sobre el río Tula, se encuentra el negocio de Erick Alberto, dedicado a la reparación y creación de llaves y equipo de sonido para automóviles.

Ocho días tuvieron que pasar después del 7 de septiembre para que Erick pudiera reabrir su local. Aunque no sufrió una pérdida total, lamentó haber tenido que desembolsar más de 20 mil pesos para reanudar su actividad comercial.
Erick recordó que la noche anterior, gracias a alertas vecinales, pudo acudir a su negocio para salvar algunas cosas de importancia, reduciendo así el impacto económico, aunque el golpe emocional fue inevitable.
Sin embargo, para Erick no solo la inundación afectó sus ventas, sino también las obras que se llevaron a cabo como consecuencia de la misma, como el entubamiento de una parte del río. A lo largo de estos tres años, tuvo que cerrar en varias ocasiones debido a las reparaciones del puente cercano a su local.
Ante la falta de apoyo de los tres niveles de gobierno, el mensaje de Erick Alberto fue claro: “Que se vengan a dar una vuelta para que vean cómo está Tula, que venga el gobernador a darse una vuelta para que vea qué nos dejó la inundación”.
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