Habitantes de comunidades aledañas a la presa Endhó sufren cada tarde por la plaga del insecto en el embalse
Antes eran los huachicoleros los que hacían que nos quisiéramos ir de aquí, ahora son los moscos”. La frase no proviene de un activista ambiental ni de un investigador universitario ni de una víctima protegida de algún delito, la pronunció un habitante de las comunidades aledañas a la presa Endhó, una de las regiones más afectadas por la contaminación, no solo en Hidalgo, sino en el mundo.
Durante años, Tula y sus alrededores aparecieron en titulares nacionales por el robo de combustible, la violencia y las tomas clandestinas. Hoy, en poblaciones asentadas junto a la presa Endhó, el miedo tiene otra forma, tiene alas y aparece cada tarde.
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Eran las 17:30 horas del lunes 1 de junio cuando llegué a Michimaloya, una comunidad de poco más de mil habitantes, ubicada a unos 25 minutos de la cabecera municipal de Tula de Allende y a poco más de una hora y media de la capital hidalguense.
A simple vista no parece el escenario de una emergencia, la plaza principal luce tranquila, unas letras multicolores reciben a los visitantes, algunos vehículos atraviesan el lugar sin detenerse, el calor de junio cae pesado sobre las calles.
Pero algo llama la atención, el silencio, que es señal de que hay pocas personas caminando, pocos niños jugando, pocas familias ocupando los espacios públicos.
Michimaloya no es un pueblo abandonado, pero tampoco parece un pueblo viviendo una tarde cotidiana.
Los primeros en llegar a la reunión pactada con Criterio son Noel Olguín Luna, subdelegado de Michimaloya; Valentín Lugo, comisariado ejidal de Bojay, y Miguel Luna, delegado de Santa María Michimaltongo.
Durante varios minutos, relataron la situación que enfrentan las comunidades asentadas alrededor de la presa Endhó.
Hablan de moscos, de animales muertos, de enfermedades, de noches sin dormir, de familias desesperadas: “¿Quieres ir a recorrer la presa?
Incrédulo de todas las historias que cuentan, acepto la invitación, sin saber el escenario escalofriante y preocupante que me encontraría más tarde.
Noel ofreció su camioneta para iniciar el recorrido y comenzamos a internarnos por caminos de terracería.
Poco a poco desaparecen la poca civilización con la que cuenta la comunidad, también desaparece la señal telefónica, mientras la vegetación se vuelve más espesa.
Cuando llegamos a la orilla de la presa, la primera impresión no son los moscos, es el olor, un aroma pesado, difícil de describir, pero muy persistente, una mezcla que parece adherirse a la ropa y permanecer en la garganta.
A escasos metros del agua hay viviendas, personas que viven todos los días frente a ese paisaje, una presa cuya superficie permanece cubierta por extensas alfombras de lirio acuático desde hace varios años.
De acuerdo con diagnósticos elaborados por la Comisión Estatal del Agua y Alcantarillado (CEAA), la presa Endhó recibe desde hace décadas aguas residuales, principalmente de la Zona Metropolitana del Valle de México, una carga constante de materia orgánica, nutrientes y contaminantes que ha dañado el ecosistema.
Esa combinación es la que favorece el crecimiento acelerado del lirio acuático, una planta invasora que hoy domina buena parte de la superficie de la presa.
Todo parece relativamente tranquilo. Algunos insectos sobrevuelan la zona, no eran más de las 18:15 de la tarde y no pasaba nada extraordinario, nada que permita anticipar lo que está a punto de ocurrir.
Entonces Noel toma una rama, se acerca a la vegetación flotante y la golpea ligeramente. Lo que sucede después dura apenas unos segundos, pero basta para cambiar completamente la percepción del lugar: Miles de moscos levantan vuelo al mismo tiempo; miles, no decenas, no cientos, miles.
La nube oscura emerge desde debajo del lirio y comienza a rodearnos. Los insectos se posan sobre la ropa, sobre los brazos, sobre los celulares con los que se grabó el material que acompaña este trabajo, sobre el rostro.

Por primera vez, resulta posible entender por qué los habitantes ya no hablan de una molestia, hablan de miedo y desesperación.
Más tarde, subimos a un tramo carretero desde donde puede apreciarse buena parte de la presa Endhó, desde donde el lirio parece interminable.
Los pobladores aseguran que entre 70 y 80 por ciento de la superficie del cuerpo de agua, cuya extensión es de aproximadamente mil 260 hectáreas, permanece cubierta por dicha vegetación.
Las cifras oficiales hablan de trabajos permanentes de retiro, pero la imagen desde la carretera cuenta otra historia, una historia verde, densa, inmóvil y muy dañina.
Desde 2024, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de Hidalgo (Semarnath) ha informado sobre la intervención de más de 650 hectáreas de lirio acuático en la presa Endhó, mientras que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) asegura que en los últimos siete meses retiró más de 93 mil metros cúbicos y redujo la superficie afectada de 900 a 443 hectáreas.
Sin embargo, desde este punto elevado, resulta difícil que las cifras se impongan sobre lo que muestran los ojos: una presa de mil 260 hectáreas donde el verde del lirio sigue dominando amplias extensiones del embalse y donde los habitantes continúan asociando esa vegetación con el origen de la plaga de mosco Culex, que cada tarde cae sobre 22 comunidades ribereñas habitadas por más de 21 mil personas.
Después llegamos a una zona donde supuestamente se realizan trabajos para combatir el problema, pero lo que encontramos parece una postal del abandono: Camiones detenidos, maquinaria inmóvil, espacios vacíos, ningún trabajador, ninguna actividad visible, ninguna señal de la urgencia, con la que, en teoría, se debe combatir la emergencia.
Los delegados observan en silencio, llevan años haciéndolo, como quien vislumbra algo que hace unas décadas era escenario de reuniones, de ratos de esparcimiento, de familia, pero que ahora es sinónimo de muerte.
Los tres coincidieron en que las acciones llegan tarde, duran poco y terminan desapareciendo, mientras tanto, el lirio sigue creciendo y, con él, los moscos.
Uno de los relatos más duros es de familiares que padecieron cáncer, dice Noel, quien también mencionó un caso de leucemia.
No afirmó que exista una relación directa comprobada entre esas enfermedades y la contaminación de la presa, pero expresó una sospecha compartida por muchos habitantes, que crece cada vez que alguien enferma o cada vez que alguien muere.
La preocupación de los habitantes tampoco surge únicamente de la percepción, ya que los estudios recopilados por la CEAA documentan que la región de influencia de la presa Endhó ha sido objeto de análisis por la presencia histórica de contaminantes asociados a las descargas que llegan al sistema hídrico.
Aunque los documentos oficiales no establecen una relación directa entre esos contaminantes y casos específicos de cáncer o leucemia en las comunidades, la persistencia del problema ambiental durante décadas ha alimentado la incertidumbre de quienes viven diariamente junto al embalse.
Nos dirigimos hacia uno de los canales que alimentan la presa, caminamos entre maleza y entre el calor, que ya cerca de las 19:00 horas todavía era intenso.
Los últimos rayos de luz atraviesan las ramas de los árboles, todo parece detenido, hasta que comienza la hora que los habitantes conocen perfectamente, a la que llaman “La hora cero”.
Primero, aparecen pequeños grupos de moscos, luego salen más, hasta formar enjambres gigantes. En cuestión de minutos, las copas de los árboles quedan cubiertas por miles de puntos negros suspendidos en el aire.
Agrupados sobre los árboles mientras esperan la oscuridad, la escena parece extraída de una película de terror.
“Ya los viste”, dice uno de los delegados. Y tiene razón, lo estoy viendo, sin palabras mientras grabo, mientras intento no correr.
Cuando oscurece completamente, comienza la segunda parte del problema. Los mosquitos abandonan los árboles y se dispersan, invaden calles, patios, corrales, viviendas.
La gente se encierra, parece toque de queda, las ventanas permanecen cerradas, los mosquiteros se convierten en una necesidad y casi en una petición milagrosa para librar la noche y poder conciliar el sueño.
Quienes no pueden comprar insecticidas recurren a métodos caseros, queman cartones de huevo, olotes, restos orgánicos, todo aquello que produzca humo. Pero el humo no elimina a los insectos, solo los ahuyenta por un momento y luego regresan.
La última parada es San Pedro, una de las comunidades más afectadas. Una pareja de campesinos acepta recibirnos, hablan con amabilidad, como quien, lamentablemente, ya se acostumbró a explicar una realidad que pocos creen.
Entonces nos muestran a sus animales: tres caballos permanecen inmóviles; por un instante, parece que llevan máscaras oscuras sobre el rostro. Son moscos, miles de mosquitos, cubriendo ojos, hocico, cuello, orejas, el cuerpo entero de los ejemplares.

Los animales intentan espantarlos. Sacuden la cabeza, mueven las orejas, pero no sirve de mucho, ya que los insectos regresan una y otra vez.
“Espantas a miles y llegan cientos de miles. Pobres de mis animalitos, por más que los quiero, ya no sé qué hacer”, dice el campesino.
Los habitantes aseguran que numerosos animales han enfermado durante los últimos años. Caballos, borregos, gallinas, perros, algunos mueren, otros simplemente dejan de comer.
De regreso a Michimaloya, los delegados se despiden. Antes de partir, lanzan una última frase: “Pues ya lo viste tú. Ya lo viviste”.
Y mientras los habitantes siguen esperando soluciones, cada tarde la presa repite el mismo ritual: el sol cae, los árboles se oscurecen, millones de mosquitos vuelven a tomar el aire y un pueblo se prepara para sobrevivir una noche más.
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