Este 24 de junio, día de San Juan Bautista, comenzó el ciclo que une vida y muerte en la Huasteca

El 24 de junio, día de San Juan Bautista, la tierra huasteca abre sus entrañas para recibir las semillas sagradas: la flor de 20 pétalos
Cada 24 de junio, cuando el calendario marca el día de San Juan Bautista y el solsticio de verano perfuma la tierra con lluvias generosas, en la Huasteca hidalguense se cumple un ritual que trasciende el tiempo: la siembra del cempoalxóchitl. Esta flor de 20 pétalos —conocida popularmente como cempasúchil o flor de los muertos— es el alma viva del Xantolo, la celebración más emblemática de la región.
Felipe Amador, cronista y guardián de la memoria colectiva de Jaltocán y la Huasteca, explicó que este acto no es solo agrícola, sino espiritual. “Aquí no se siembra solo una planta: se deposita en la tierra la esperanza de que nuestros ancestros encuentren su camino de regreso. Cada pétalo encendido es una lámpara para el alma”, dice.
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Para los promotores culturales de la zona, como don Samuel Hernández, de Tlalchiyahualica, la práctica de guardar las semillas bajo el altar hasta el 30 de noviembre, día en que se despide el Xantolo, simboliza el eterno retorno: lo que muere alimenta lo que nace.
En municipios como Huejutla, Atlapexco, San Felipe Orizatlán y Jaltocán, familias enteras se organizan desde temprano para abrir surcos con azadón y manos curtidas. Bajo el sol o la llovizna, ancianos enseñan a los niños a esparcir las semillas con respeto, mientras murmuran oraciones para que la tierra sea fértil y las lluvias no falten.

“Cada flor que brota no es solo para adornar un altar, es un testimonio de que seguimos siendo los mismos que veneramos a la muerte para celebrar la vida”, explicó Felipe Amador.
Además del cempoalxóchitl, otras flores como la Manita de León y la zarabanda se siembran en esta fecha. Los campos que hoy lucen desnudos se transformarán en mares dorados y anaranjados cuando llegue noviembre. Y para entonces, la región no solo celebrará la llegada de los difuntos, sino también una derrama económica fundamental para cientos de familias indígenas que viven de la venta de estas flores.

Promotores culturales destacan que esta tradición fortalece la identidad Huasteca y refuerza los lazos comunitarios. No es raro ver en estas fechas a niños mezclados con adultos, aprendiendo nombres, historias y leyendas que rodean a la flor de 20 pétalos, a los nahuales y a los alebrijes que, según se dice, caminan por los campos bendiciendo los surcos.
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“Sembrar cempoalxóchitl es sembrar memoria”, resume don Felipe. Entre el aroma de la tierra mojada y los rezos, la Huasteca se prepara para florecer en oro cuando llegue el Xantolo.
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