La barbacoa, los bocoles, el ximbó y los tamales xala son solo algunos ejemplos del legado culinario regional

Gorditas de palma, tecocos y enchiladas con cecina revelan el vínculo entre identidad y gastronomía local
¿Te gustan los platillos de la cocina tradicional mexicana? No hay mejor ejemplo de esta riqueza gastronómica que las recetas de las cocineras en las distintas regiones del país, donde el maíz, las flores, los frutos y vegetales locales se combinan para dar vida a preparaciones únicas que forman parte del patrimonio cultural.
En la Huasteca hidalguense, las enchiladas —de diversos tipos y niveles de picor— son infaltables, casi siempre acompañadas por cecina.
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También destacan los tamales en todas sus formas, incluido el tradicional zacahuil, un tamal gigante que se prepara para las fiestas y puede alimentar hasta a 60 personas. En la misma región están los bocoles, gorditas rellenas de frijoles o queso de aro con chile rojo, cocidas directamente en el comal.

En la Sierra, como en Acaxochitlán, es común encontrar molotes rellenos de papa, servidos con salsa, lechuga y queso. Mientras que en San Agustín Metzquititlán, los tecocos —gorditas rellenas de frijol, mole o alverjón— y los tamales de xala son representativos de la zona.

En el sur del estado, Francisco I. Madero es famoso por sus gorditas de panza, aunque también hay opciones con otros guisados. Más hacia el Valle del Mezquital, en Santiago de Anaya, las gorditas se rellenan con ingredientes únicos como flores de palma, sábila o garambullo, e incluso insectos como xamues y chicharras, lo que convierte cada bocado en una experiencia ancestral.

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En Actopan, dos platillos imperdibles son la barbacoa y el ximbó, elaborados con borrego, pollo o cordero, envueltos en penca de maguey y cocidos lentamente junto con nopales y cueritos.
Más al oriente, en Apan, las enchiladas con carne de res y salsa verde picosa son el platillo emblema. Mientras que en la capital, Pachuca, el sabor local está en las chalupas: pequeñas tortillas fritas con papa, pollo deshebrado, salsa y rodajas de rábano.

La cocina tradicional de Hidalgo no sólo alimenta el cuerpo, sino que cuenta historias de identidad, herencia y territorio. Un festín para los sentidos y un homenaje a la diversidad de los pueblos.
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