Quizá ahí reside la potencia melancólica de la película, en mostrar que el problema contemporáneo del arte no es solamente económico, sino también de legitimidad cultural

Hay una escena particularmente devastadora en la divertida película colombiana Un poeta (HBO) donde Óscar Restrepo —poeta envejecido, alcohólico, ligeramente ridículo— descubre en una adolescente de barrio popular algo parecido al talento. O acaso algo todavía más peligroso: la posibilidad de prolongarse simbólicamente en otro cuerpo. Desde ese momento, la película deja de ser únicamente una sátira sobre el fracaso artístico y se convierte en algo más incómodo: una reflexión sobre la imposibilidad contemporánea de heredar la fe en el arte. Porque Yurlady, la joven alumna, escribe poemas, pero no comparte la neurosis romántica de Óscar. Para él, la poesía sigue siendo una forma de destino; para ella, apenas una posibilidad entre muchas otras formas de escapar de la precariedad. Ahí reside una de las intuiciones más inteligentes del filme: el sueño del poeta pertenece únicamente al poeta. La alumna no desea necesariamente convertirse en heredera de esa derrota ni entiende el “prestigio” del arte.
Durante décadas, Latinoamérica sostuvo cierta mística alrededor del artista fracasado que conservaba un crédito simbólico: encarnaban una forma superior —aunque autodestructiva— de sensibilidad. Un poeta dinamita cruelmente esa fantasía. Óscar no es Rimbaud ni Bukowski ni José Asunción Silva; es un hombre expulsado incluso del glamour del fracaso. Un sujeto atrapado entre becas mínimas, talleres literarios, resentimiento y nostalgia de una centralidad cultural que dejó de existir hace mucho tiempo.
La película entiende algo que gran parte del discurso cultural contemporáneo todavía se niega a aceptar: el arte ya no ocupa un lugar privilegiado en la organización afectiva de la sociedad. Persisten instituciones, festivales, fondos, publicaciones y circuitos, desde luego, pero cada vez resulta más difícil sostener la idea de que la experiencia estética transforme verdaderamente una vida. El propio arte parece haber internalizado esa derrota y busca legitimarse ahora por vías laterales: comunidad, territorio, reconstrucción del tejido social, acompañamiento emocional, fines terapéuticos o el entretenimiento.
Y quizá en América Latina exista otro elemento todavía más incómodo: buena parte de las búsquedas artísticas continúan dependiendo materialmente de las familias. Padres, madres, hermanas o parejas sostienen, muchas veces silenciosamente, vocaciones cuya rentabilidad económica es prácticamente nula. Detrás de numerosos artistas del tercer mundo hay redes domésticas de contención afectiva y financiera que subsidian aquello que el mercado y el Estado apenas toleran. La bohemia latinoamericana suele ocultar una economía familiar del sacrificio. En ese sentido, la presencia de la hija de Óscar resulta crucial. Ella mira a su padre con una mezcla de cariño, vergüenza y cansancio; comprende, acaso mejor que él mismo, el desgaste que produce una vida organizada alrededor de una promesa artística incumplida. La película sugiere algo doloroso: toda vocación radical termina afectando también a quienes rodean al artista. El fracaso nunca es completamente individual.
Por eso Un poeta resulta incómoda. Porque detrás de su humor seco y de su apariencia modesta y cómica, la película formula una pregunta brutal: ¿qué ocurre cuando incluso los jóvenes dejan de creer en las ficciones o mitos que mantuvieron con vida a anteriores generaciones de artistas?
Quizá ahí reside la potencia melancólica de la película, en mostrar que el problema contemporáneo del arte no es solamente económico, sino también de legitimidad cultural. Una civilización puede seguir financiando películas, festivales o talleres mientras deja de creer íntimamente que los mundos internos poseen algún valor social verdadero. Y cuando eso ocurre, el artista deja de parecer necesario. Se vuelve apenas una figura excéntrica, ligeramente anacrónica, intentando convencer a otros de una fe que él mismo sostiene ya con dificultad. El problema del artista contemporáneo no es fracasar, sino seguir creando incluso después de haber entendido que el mundo ya no espera nada de él.
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