Imagen: A. Ebblen Robles
 · 
Hace (1) meses

Probar pintura, apretar libros

Los objetos que nos apasionan se convierten en una extensión de nosotros y un teléfono móvil no es capaz de poseer las texturas, formas y colores que definen nuestro entorno, por más tecnología que posean sus pantallas, altavoces o memorias

Imagen: Probar pintura, apretar libros
Compartir:

A finales de 2025 y principios de 2026 se dijo y se escribió mucho sobre el regreso de lo análogo. Quizá por ser una naciente moda, quizá por una necesidad física y mental, en escritos y videos se defendía el volver al libro físico, a los vinilos, al Blu-ray o DVD o a formatos caducados como el casete o el periódico impreso.

Además, según diversos artículos y estudios (el más sonado fue el de John Burn-Murdoch, del Financial Times) el año anterior fue el primero en que el consumo de redes sociales disminuyó a nivel global. Si bien, por razones lógicas, el ritmo no podría ser el mismo de los años de pandemia se mostró que la gente perdió el afán por conocer a otras personas en la red y que tampoco está ya al pendiente de los posts de sus cercanos, algo impensable en 2019.

También hay que darle mérito a la llamada Generación Z, a médicos y psicólogos y a los analistas de tecnología que han difundido los costos que suponen para nuestra salud el scroll infinito, los shots de dopamina acelerados y el estado de prisa constante en el que vivimos, propiciado por empresas como Meta o Google, aunque también están cediendo terreno, como en la reciente demanda que ambas compañías perdieron.

A todo esto, añadiría yo una realidad: los objetos que nos apasionan se convierten en una extensión de nosotros y un teléfono móvil no es capaz de poseer las texturas, formas y colores que definen nuestro entorno, por más tecnología que posean sus pantallas, altavoces o memorias. 

La pesadilla del cyberpunk es convertirnos es una extensión de los aparatos, pero la verdad es la contraria: queremos implantar los objetos para que no choquen en la relación con nuestro espacio y ya nos percatamos de que los dispositivos (esa palabra tan vacía) difícilmente ocuparán el rol del papel, la madera, el cartón, la tinta, el cuero o la tela, soportes de conocimiento que también significan mayor lentitud y potencia.

Pero esto solo se aprende experimentando y para muestra una confesión: en 2021 aproveché una oferta para comprar un Kindle y así satisfacer más una curiosidad que un entusiasmo. Para mi estupor, me acostumbré a la comodidad del aparato y me enganché con la posibilidad de comprar y leer al instante cualquier libro que esté presente en formato electrónico.

El Kindle tiene sus ventajas. Es fácil de usar en el transporte público y de leer en la cama. Ya no teme uno que le caigan 500 páginas en la cara si le gana el sueño. Se puede subrayar y buscar referencias y uno tiene la sensación de que puede transportar toda su biblioteca sin riesgo, un lujo para quien gusta de comprar libros y antiguamente reservado a pocos. Sin embargo, uno no puede presumir lo que compra de la misma manera. No por el afán de que los demás vean nuestra biblioteca, como bien criticaba Augusto Monterroso, sino porque nosotros y los demás no sentirán el peso y el placer de los distintos tipos de encuadernación, papel, tamaño o tipografía.

Cuánto me gustaría transmitir las sensaciones que causa una portada de Acantilado, con su fondo negro y filo de color que anuncia si estamos leyendo historia o narrativa. Qué placer el olor y peso de los libros de Almadía,  diferente (pero no mejor) de los de Impedimenta, que poseen otro tipo de brillantez.

El Kindle evita que me alegre y pueda compartir el gozo de mi edición de Los relámpagos de agosto, de Ibargüengoitia, en la Serie del volador, de Joaquín Mortiz. Tampoco podría arrojar a los demás el deleite de las portadas de Borges o Mishima publicados por Alianza Editorial. O la genial Cosecha roja, de Hammett, con una sublime y renovada ilustración también de Alianza. 

¿Cómo podría contar la felicidad que fue hallar con los buquinistas del Sena una edición de Los Tres Mosqueteros, de La Biblioteca de la Pléiade, o cómo fue encontrar los pequeños tomos de Murakami en el centro de Kioto? No tendría profundidad el tomo de Ficciones que una prima compró en Buenos Aires y me regaló. Qué ganas de apretar esos libros. De asfixiarlos. 

Para quien también gusta de la pintura, el formato electrónico es otro problema, dado que la pantalla con más resolución puede darnos detalles de las obras, pero algo se pierde en comparación con, digamos, las ediciones de Taschen (me pasa con sus libros de Velázquez Hiroshige y Brueghel). Qué ganas de arrancar las hojas, y saborear la tinta; atragantarnos con los colores. Hay que evitar hacer lo mismo con un cuadro real porque ya sería una barbaridad. 

Regresar a lo análogo es volver a la potencia de lo físico, a la locura del objeto, que nos recuerda que también somos carne y aunque en polvo nos convertiremos, la materia regularmente se hace una con nosotros. Escribo esto mientras recuerdo que debo imprimir fragmentos del Manioshu, libro que me estoy obligando a leer por razones que no vienen a cuento y que, por supuesto, tengo en glorioso PDF.

¡Recibe las noticias al momento en tu Whatsapp! Únete a nuestro Canal: https://bit.ly/3S0OztH

Compartir:
Relacionados
Imagen: Soberanía reclamada en territorio perdido
Hace 7 horas
Imagen: El alumno ya cambió… ¿y la escuela está lista para aceptarlo?
Hace 7 horas
Imagen: Confiar en el Tuzobús
Hace 7 horas
Se dice
/seDiceGift.png
Especiales Criterio
/transformacion.jpeg
Suscribete
/suscribete.jpg

© Copyright 2026, Derechos reservados | Grupo Criterio | Política de privacidad

logo
HOLA Y BIENVENIDO
Suscríbete y así estarás apoyando a crear contenido de calidad
SUSCRÍBETE
Cerrar sesión