Imagen: A. Ebblen Robles
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Hace (2) meses

La mirada de Wislawa

Nos hace sentir en un cuadro en el que nada cambia, pero todo se mueve a una velocidad que no podemos seguir.

Imagen: La mirada de Wislawa
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Resulta agobiante leer o mirar las noticias de las últimas semanas. De lo que sucede en Palestina a lo que sucedió en Jalisco; de los continuos muertos en Ucrania a la nueva guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Escuchar la retórica sin coherencia de todos los políticos (sobre todo los de la Casa Blanca y la Casa Rosada) martillea y nos hace sentir en un cuadro en el que nada cambia, pero todo se mueve a una velocidad que no podemos seguir.

En medio de todo esto, cualquier entretenimiento parece una frivolidad. Y, sin embargo, el domingo se premiará a lo mejor del cine en un país de migrantes peleado con los migrantes, en una nación que también llevará a cabo un Mundial y que invita a los jugadores a olvidarse de los misiles que caen cerca de casa, amarrarse los botines y patear un balón como si nada pasara.

El cine o el futbol pueden ser distractores, pero también resultan paliativos válidos en medio de escenas de dolor o de miseria, quizá porque son las expresiones culturales más altas desde la segunda mitad del siglo XX y en las que nos seguimos desdoblando y refugiando. Pero, más calladas, tenues y escondidas se mantienen otras prácticas que exprimen la pulpa de estos tiempos convulsos: el coleccionismo, la música de cámara, la mecánica de autos antiguos, las artes gráficas, los deportes de contacto, el conocimiento de la fauna, la cocina popular o la de autor, y, tocándolas a todas, la poesía.

Nada más cercano a la convulsa realidad que el poema. Y, ya sea tumbados en el barro o dispersos en el aire, los versos Wislawa Szymborska participan de esa revelación. Nacida en 1923, la poetisa polaca acata la esencia de la época que le tocó vivir. Se educó clandestinamente en una Cracovia ocupada por los nazis, se acercó al comunismo y se alejó del POUP, sufriendo las consecuencias de esa decisión. Fue parte de la disidencia, vio a la URSS caer y también un nuevo siglo comenzar. Este trayecto no dota a su poesía de una pesadez académica ni de una exageración profética. Le otorga una mirada clara que no es pesimista, pero sí es conocedora de la naturaleza fatal del hombre. Y si las vanguardias buscaron deshacer las fronteras entre sensación y concepto, entre lenguaje y lógica, Wislawa halla, en cambio, precisión en lo tenue y en la resignación de lo obvio que también posee belleza.

 

En El Ocaso del Siglo, Szymborska (en la traducción de Elzbieta Bortklewicz) nos previene contra el fetichismo de las fechas que señalan un inicio, como si el hecho de que el reloj marque cero borrara lo que somos:

 

Iba a ser mejor que los pasados nuestro siglo XX.

Ya no podrá demostrarlo,

tiene los años contados,

vacilante el paso,

entrecortada la respiración.

 

 

Sin temblor, esa estrofa, se podría referir a todo lo que hemos visto tras el 11 de septiembre de 2001, verdadero inicio de nuestra era, también caracterizada por la siguiente frustración: 

 

 

 

Han sucedido ya demasiadas cosas

que no debían haber sucedido

y lo que tenía que pasar 

no ha pasado.

 

 

 

Las imágenes de Szymborska vacilan entre el juego inocente y la desesperanza, entre la sabiduría y el horror que vemos en periódicos o pantallas, pero que para muchos es su diario despertar:

 

 

¿Cómo vivir? Me preguntó en una carta alguien

a quien yo quería preguntar lo mismo

No es, el de la poeta, un reclamo airado. Es una resignación meditada que busca los síntomas y los halla en Odio:

Vean qué ágil sigue siendo

y qué bien se conserva

el odio en nuestro siglo.

 

 

Si duerme, jamás es un sueño eterno.

Y el insomnio sin restarle fuerzas, se las da.

 

 

Pero una llama hace que el frío no sea total. No es la de la ilusión de la paz perpetua o las buenas decisiones de los gobiernos, es una certeza del tiempo. Fallecida en 2012, Szymborska quizá también pensó en un XXI más luminoso, pero prefirió observar un presente gozoso en todas sus extensiones, aunque mirando de reojo el pasado, por si algo enseña. Así lo escribe en La realidad exige:

 

 

La realidad exige

que lo digamos claro:

la vida sigue su curso.

Sucede así en Cannas y en Borodinó,

en los llanos de Kosovo y en Guernica.

 

 

Donde estaba Hiroshima

de nuevo está Hiroshima

y se siguen produciendo

objetos de uso diario.

 

Candor triste y sabio es el de la poetisa que recibió el Premio Nobel en 1996, galardón sin el cual su obra hubiera tardado más en ser difundida y traducida a gran escala. La pausa, la vista y la risa están esparcidas en su poesía como ese consejo necesario que es antídoto, pero no anestesia, contra las noticias de cada mañana, pues ya es conocedora de que “quizá no haya otros lugares que no hayan sido campos de batalla”.

 

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