Sería una insensatez mía pretender que un gusto, que actualmente se toma por ingenuo, sea descubierto de repente por el lector y se convierta en una pasión. Y es que a más de 50 años de que los Beatles dejaron de existir como banda, la música y su negocio han cambiado tanto que tararear I want to hold your hand parece una trivialidad

Sería una insensatez mía pretender que un gusto, que actualmente se toma por ingenuo, sea descubierto de repente por el lector y se convierta en una pasión. Y es que a más de 50 años de que los Beatles dejaron de existir como banda, la música y su negocio han cambiado tanto que tararear I want to hold your hand parece una trivialidad.
Podríamos caer en el lugar común y decir que “a fuerza ni los zapatos…” o que “en gustos se rompen géneros” y poner punto final a este texto. O podría ceñirme la playera con el logo de los Beatles (sin el “The” porque así los conocí) y recitar lo que representaron para el rock y sus transformaciones, cómo pasaron de tocar en cavernas para marineros y jóvenes trasnochados a hacer retumbar estadios y azoteas; cómo crearon canciones pop que brillaron en la radio y al mismo tiempo se dirigieron hacia el álbum conceptual, y cómo representaron boberías inglesas (como sus películas) para luego protagonizar martirios afuera del edifico Dakota.
Pero no se trata de defender o predicar. No debería sorprender al apasionado del cuarteto que haya gente a la que no le agrade o hasta lo repudie, como fue el caso de Lou Reed. Es normal y si a uno le gusta platicar sobre sus gustos es bueno entender la mirada del que observa lo mismo, pero desde la extrañeza o el hartazgo. Aunque sí valdría la pena romper un mito: el de la simpleza de lo creado por John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Star.
El reciente estreno en Disney + de The Beatles: Antología, serie que originalmente se lanzó y vi en DVD en los primeros años de este siglo, despertó la nostalgia.
La música es la herencia que se imana y a la par de otras influencias de casa (como la de Quino o la pintura) la banda inglesa representó una rebeldía intacta, esa que no aun no está desilusionada por el fracaso de las revoluciones ni viciada por la violencia sin sentido. Una rebeldía casta si se quiere, pero entera de vida.
Durante años resultó apasionante contemplar y tratar de entender qué había sucedido en la cabeza de cuatro tipos que peregrinaron del pelo engominado y las chamarras de cuero al traje ceñido y el peinado ridículo, y que en el apogeo de su escandalosa fama renunciaron al contacto con el público para abrazar la meditación y la experimentación musical y con las sustancias. Personajes que hicieron del divorcio de la banda un arte y al final volvieron a la rabia que se expresa con dos guitarras, un bajo y una batería. Y todo en menos de 10 años.
Lo cursi es distinto a lo complejo, pero quien no siente lo cursi no hallará profundidad. Sí, los primeros discos de los Beatles son cursis, pero no se quedan en la superficie. Y aunque hay que aclarar que la ligereza es un valor que se desdeña erróneamente (como si lo ligero no pudiera crear una experiencia o ser parte de ella) esa levedad está ausente en las canciones de John y Paul, pues en su estructura básica esconden una densidad que se va desenvolviendo. El sonido, en apariencia limpio y empalagoso, es el escenario de los sentimientos de los hijos de la Segunda Guerra Mundial. Nacidos entre 1940 y 1943 en un Liverpool que fue bombardeado y que fue punto de encuentro para las tropas aliadas, los cuatro tuvieron infancias marcadas por las carencias de una Inglaterra que había perdido su estatus de imperio. Su educación musical, necesariamente improvisada, se dio en los entornos comunitarios de las escuelas públicas y las iglesias, donde ya era común que los adolescentes imitaran a Elvis o Chuck Berry.
Pocos años después, las sensaciones de tocar ocho horas diarias para entretener a la clase trabajadora de Hamburgo, mucho alcohol, arrestos y la deportación de un George menor de edad se transpiraron en Please please me (1963), It won´t be long (1963) y en I wanna be your man (1963) o en las legendarias versiones de Twist and shout, Money (that’s want i want) y Roll over Beethoven.
Exigirles un sonido más duro no solo es anacrónico, es incongruente con la transición que significaron y siguen representando. Y aunque vinieron luego canciones como I want you (she’s so heavy) y Helter Skelter, la intensidad y poder del cuarteto está en su proceso creativo, como sucede con todos los grandes artistas, y como se puede ver en el documental The Beatles: Get Back, dirigido por Peter Jackson, en el que asistimos al penoso rompimiento y hasta a la mala leche de cuatro amigos que ya no se soportan… pero cuando se ponen a tocar algo distinto ocurre.
Más distorsión en la guitarra o más golpes en la batería no significan mayor confrontación o actitud desafiante, como tampoco mostrar constante cinismo significa ser más trascendente. Lo supo Lemmy Kilmister, que respetaba a los Beatles por ser “todo menos unos cobardes”; lo supo Kurt Cobain, que se identificaba con Lennon; lo supo tarde Trent Reznor, luego de escuchar con más atención el White Album, y lo supo Ozzy Osbourne, que, todo rey de las tinieblas y del metal, reveló que quiso dedicarse a la música tras escuchar She loves you. Y pocas imágenes tan luminosas como la de un joven Ozzy gritando “yeah, yeah, yeah”.
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