Lo primero que llama la atención es que una mirada ha sido interpretada como una confrontación, a veces para las personas, la forma en que alguien las observa puede representar un desafío, una falta de respeto o incluso una agresión

En estos días circuló en redes sociales el video de una presidenta municipal que, en plena sesión de Cabildo, respondió a una regidora que la veía “los ojos que me echas”; esa frase generó risas, críticas, memes y todo tipo de comentarios. Este episodio deja sobre la mesa una reflexión importante sobre la manera en que nos comunicamos y, sobre todo, sobre la falta de asertividad que cada vez vemos con más frecuencia en los espacios públicos.
Lo primero que llama la atención es que una mirada ha sido interpretada como una confrontación, a veces para las personas, la forma en que alguien las observa puede representar un desafío, una falta de respeto o incluso una agresión. Para otras, puede ser simplemente atención, sorpresa o interés. La realidad es que nadie puede saber con certeza lo que pasa por la mente de otra persona únicamente observando su expresión.
Y, sin embargo, lo hacemos todos los días. Interpretamos silencios, gestos, mensajes breves, publicaciones en redes sociales y hasta miradas. Construimos historias completas en nuestra cabeza sobre las intenciones de los demás y después reaccionamos como si esas historias fueran hechos comprobados.
Puede ser que por eso el video generó tanto eco. Porque más allá del cargo público de las involucradas, retrata algo que sucede constantemente en nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas veces hemos pensado que alguien está molesto con nosotros porque no nos saludó? ¿Cuántas veces hemos dado por hecho que una persona nos juzga por la forma en que nos mira? ¿Cuántas discusiones familiares, laborales o de pareja comienzan por una interpretación equivocada?
La comunicación no violenta, propuesta por Marshall Rosenberg, plantea algo tan sencillo como poderoso: aprender a distinguir entre lo que observamos y lo que suponemos. No es lo mismo decir: “Me estabas mirando” que decir: “Me estabas mirando con mala intención”. Lo primero es un hecho. Lo segundo es una interpretación. Cuando confundimos nuestras interpretaciones con la realidad, dejamos de dialogar y comenzamos a reaccionar, nos ponemos a la defensiva, contestamos desde el enojo y atacamos antes de preguntar.
Imagine usted el impacto cuando ocurre en el servicio público; es sabido que en los cargos públicos el desacuerdo forma parte, que ahí no todos pensarán igual y que no todos van a coincidir en las decisiones. Es por ello por lo que resulta sumamente indispensable desarrollar habilidades de comunicación, de escucha y de manejo de conflictos.
Gobernar es aprender a convivir con la diferencia sin convertir cada desacuerdo en una batalla personal. Pero hoy sería injusto quedarnos únicamente en la crítica hacia una funcionaria, seamos honestos, la presidenta municipal probablemente no es una excepción. Es el reflejo de algo que está ocurriendo en toda la sociedad. Vivimos tiempos en los que parece más fácil reaccionar que escuchar, nos hemos acostumbrado a responder de inmediato, a emitir juicios rápidos y a asumir intenciones sin hacer preguntas. Hemos normalizado la confrontación y muchas veces confundimos firmeza con agresividad.
Es urgente recuperar la capacidad de dialogar, aprender a preguntar antes de concluir, entender que una percepción personal no necesariamente es una verdad absoluta. Esa comunicación es fundamental para la cohesión del tejido social, vemos el mundo a través de nuestros propios filtros por lo que antes de vigilar como nos miran los demás es necesario aprender a mirarnos mejor a nosotros mismos, tenemos que escuchar con más atención, recordar que detrás de cada persona existe una historia que no siempre alcanzamos a ver.
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