Porque nadie parece preguntarse cuál sería entonces el lugar correcto para buscar a una persona desaparecida. ¿Dónde quieren que busquen las madres? ¿En la sala de su casa? ¿En una oficina vacía? ¿En una esquina donde nadie las vea? ¿En espacios donde no haya cámaras ni prensa ni atención pública?

Las madres buscadoras volvieron a hacer lo que el Estado se niega a hacer: buscar. Y bastó que aparecieran en un estadio de futbol para que se activara una indignación feroz. No contra las desapariciones. No contra la impunidad. No contra las autoridades que durante años han abandonado a miles de familias. La molestia fue contra ellas. “No creo que los vayan a encontrar en el estadio”, “¿Por qué los buscan ahorita?”.
Hay algo profundamente patriarcal en esos comentarios. Porque nadie parece preguntarse cuál sería entonces el lugar correcto para buscar a una persona desaparecida. ¿Dónde quieren que busquen las madres? ¿En la sala de su casa? ¿En una oficina vacía? ¿En una esquina donde nadie las vea? ¿En espacios donde no haya cámaras ni prensa ni atención pública?
Porque eso es lo que realmente se les está diciendo. Busquen, pero en silencio. Busquen, pero sin incomodar. Busquen, pero sin interrumpir la cotidianeidad. Busquen, pero sin recordarnos que vivimos en un país atravesado por la desaparición.
Lo que debería indignarnos y movilizarnos es que existan más de cien mil personas desaparecidas, que haya mujeres recorriendo fosas, hospitales, cárceles y servicios forenses porque el estado (así fallido, con e minúscula) decidió abandonar su responsabilidad. Lo que incomoda es que sean ellas quienes hacen el trabajo que deberían estar realizando las instituciones.
Defender un megaevento que explota, precariza, maquilla y oculta la pobreza y la violencia es pacto patriarcal y es indolente. Es doloroso y revelador ver la fuerza que se repliega para reprimir a las madres buscadoras, esa misma que debería ser usada para buscar a sus amores, porque vivos se los llevaron…
Ese acuerdo silencioso que nos enseña que el orden vale más que la justicia, que la comodidad vale más que la verdad y que el entretenimiento vale más que la vida. El mismo pacto que exige a las mujeres cargar con el cuidado, con la búsqueda, con el duelo y con la reparación, pero que las castiga cuando hacen visible el fracaso de las instituciones.
Las madres buscadoras han sido violentadas por la desaparición de sus seres queridos, por la indiferencia del estado, por la impunidad y por una sociedad que muchas veces les exige comportarse como víctimas cómodas. Pero las luchas que transforman la historia nunca han sido cómodas.
Ningún movimiento por la justicia se construyó pidiendo permiso para incomodar.
Las madres buscadoras irrumpen en los estadios, en las plazas, en las calles y en nuestra conciencia porque entienden algo que el poder quisiera ocultar: la desaparición se volvió paisaje porque aprendimos a mirar hacia otro lado. Porque si las desaparecieron en público, si la impunidad es pública, entonces la búsqueda también tiene derecho a serlo.
Y precisamente por eso buscan donde las veamos y todes deberíamos estar buscando con ellas.
Suscríbete a Criterio Hidalgo y conoce nuestros contenidos exclusivos https://suscripciones.criteriohidalgo.com/planes