Las mujeres hemos caminado Pachuca siempre. Hemos recorrido sus calles, sus mercados, sus centros y sus colonias. Hemos sostenido buena parte del movimiento cotidiano de la ciudad sin que muchas veces se reconozca.

Hay algo que he aprendido al caminar Pachuca: gran parte de la ciudad se mueve gracias a los pasos de las mujeres.
Cuando camino por el centro, por las calles de los barrios o simplemente observo unos minutos la vida cotidiana, siempre termino viendo lo mismo. Mujeres caminando hacia el transporte público, cruzando calles con paso firme, entrando y saliendo de tiendas, mercados, escuelas y oficinas. Algunas van al trabajo, otras regresan, otras más combinan varios destinos en un mismo recorrido. La ciudad se va tejiendo con esos trayectos que muchas veces pasan desapercibidos.
A veces basta detenerse un momento en cualquier punto del centro para notarlo. Mujeres que caminan solas, mujeres que conversan mientras avanzan, que llevan una mochila, una bolsa con comida o simplemente el ritmo de su propio día. La movilidad de la ciudad no solo ocurre en los autos o en las avenidas; ocurre también en esas caminatas cotidianas que conectan un lugar con otro.
Caminar tiene algo que el automóvil nunca tendrá: te hace parte del lugar. Cuando camino reconozco las calles, recuerdo los negocios, noto cuando algo cambia. Caminar me obliga a mirar todo.
Pero también he aprendido que para muchas mujeres caminar implica pensar en cosas que a veces otros no consideran. Elegir qué calle tomar. Ver si hay iluminación suficiente. Avisar que ya vamos en camino. Cambiar de banqueta si algo no se siente bien. No es necesariamente miedo permanente, pero sí una atención constante.
Por eso, cuando pienso en ciudades caminables, también pienso en ciudades seguras.
Porque una ciudad verdaderamente caminable no es solo la que tiene banquetas amplias o calles agradables. Para mí, es aquella donde una mujer puede caminar tranquila. Donde la iluminación funciona, donde hay niñas y niños jugando, donde hay vida en las calles, donde el espacio público se siente compartido y no amenazante.
Las mujeres hemos caminado Pachuca siempre. Hemos recorrido sus calles, sus mercados, sus centros y sus colonias. Hemos sostenido buena parte del movimiento cotidiano de la ciudad sin que muchas veces se reconozca.
Por eso, cada vez que se habla de mejorar las calles, de hacerlas más caminables y más humanas, yo pienso en algo muy simple pero muy importante: que todas las personas, especialmente las mujeres, podamos (algún día) caminar la ciudad con libertad.
Que el simple acto de recorrer una calle no tenga que hacerse con precaución, sino con tranquilidad.
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