Fue el semanario pachuqueño El Reconstructor donde aparecieron narrados los sucesos del sábado 25 de diciembre de 1909. Mismos que más tarde la conseja popular difundiría bajo el título de La navidad del pobre Pablo. He aquí brevemente lo sucedido.

Fue el semanario pachuqueño El Reconstructor donde aparecieron narrados los sucesos del sábado 25 de diciembre de 1909. Mismos que más tarde la conseja popular difundiría bajo el título de La navidad del pobre Pablo. He aquí brevemente lo sucedido.
Era común que al llegar la época de posadas se premiara en la parroquia de la Asunción a todos los niños del catecismo con una gran posada, celebrada el 24 de diciembre en el atrio de la parroquia. Se despeñaba como párroco de aquel templo el padre Rafael León, quien en unión de las monjas catequistas fue el encargado de organizar aquel año la anhelada posada, sobre todo muy esperada por niños más pobres.
El de 1909 fue un año fue particularmente seco, pocas lluvias y heladas tempranas arrojaron grandes penurias en esta región, situación que preocupaba al párroco, en virtud de que se había echado a cuestas construir y terminar, a principios del año siguiente, el segundo piso del curato parroquial; a lo anterior se agregaba su afán para celebrar dignamente la posada navideña de la Nochebuena con aportaciones de la feligresía.
Fue precisamente en la construcción del curato parroquial donde laboraba un chiquillo de unos nueve o 10 años, que durante el día acarreaba ladrillos, cal y agua para los albañiles y por la noche servía de velador en la obra, donde dormía buscando recovecos y apenas cobijado por un raído sarape que pepenó en un basurero. Muy temprano, cuando sonaba la primera llamada a la misa de siete, Tencha, la cocinera del curato, le permitía entrar a hurtadillas en la cocina a tomar un buen jarro de café y algún pan que el mozalbete religiosamente pagaba. Por la tarde, cuando el frío arreciaba y el trabajo disminuía, Pablo, que tal era el nombre con el que se le conocía, pues se ignoraban sus apellidos, bajaba al interior del templo, donde buscaba un lugar para observar a los distintos grupos de niños cuando tomaban lecciones de catecismo. Allí con actitud contemplativa, permanecía por largo rato sin integrarse a ninguno. Muchas veces sor Angélica, la encargada de supervisar la catequesis, intentó integrarlo, mas este se escabullía sin decir palabra y salía del templo para encaramarse en la construcción.
Aquel frío diciembre de 1909, sor Angélica insistió al padre León sobre la posibilidad de dar algún regalo a Pablo, pero ¿qué podría ser? La religiosa se inclinaba por un gran cucurucho de dulces y frutas cubiertas, en tanto que el sacerdote pensaba en comprarle algún juguete y, así, por largo tiempo discutieron sobre lo que sería adecuado regalarle, no obstante que cada uno preparaba sin el conocimiento del otro lo que consideraba mejor. La religiosa fue integrando en una bolsa frutas cubiertas, acitrones, palanquetas y otras golosinas, en tanto que el cura fue al mercado de la Fruta, ubicado donde hoy está el mercado Miguel Hidalgo, y adquirió un balero, un trompo y una bolsa de canicas y cada uno guardó en secreto lo que había dispuesto regalar al Pobre Pablo.
Sacerdote y religiosa coincidieron en dar al muchacho el obsequio el día 24 de diciembre después de concluida la posada del catecismo y así lo hicieron, no sin antes enterarse de la conspiración que cada uno había urdido al comprarle un regalo. Aquella tarde, al concluir la posada, ingresaron todos los niños y los fieles en el templo para celebrar la llamada misa de Nochebuena, al fin de la cual el párroco y la religiosa entregaron sus regalos al Pobre Pablo, quien, sorprendido por los obsequios, no atinaba a decir más allá de la simple pero grandiosa palabra: ¡Gracias!

Subió por el andén que llevaba a la construcción del segundo piso del curato, llevando emocionado sus regalos; los abrazaba con cariño, con un enorme cariño. Buscó entre los andamios y cimbras un espacio para contemplar a sus anchas los obsequios, se metió debajo de unas vigas que medio le resguardarían esa noche de las duras inclemencias del tiempo y, así viéndolos y estrujándolos, se fue quedando dormido con una gran sonrisa dibujada en el rostro, durmió, pero durmió para no despertar jamás. Esa noche se sintió el más intenso de los fríos sufrido en esta comarca y el débil organismo de Pablo no pudo soportarlo y murió sin sentirlo, murió el primer día que recibió la benevolencia del género humano personificado por el padre León y sor Angélica, quienes no pudieron entender que lo que realmente le falta al pobre Pablo era un techo seguro y gruesas ropas para soportar las frías noches pachuqueñas.
La mañana del 25 de diciembre de 1909, el sacristán de la parroquia llamó a la misa que conmemoraría el nacimiento de Cristo, pero en esta ocasión tañeron también para anunciar y llorar la muerte del Pobre Pablo.
La fotografía que ilustra esta publicación corresponde a una toma realizada precisamente en el año de 1909. Feliz Navidad a todos los lectores del diario Criterio, así como a todo el personal que hace posible que esta publicación llegue muy temprano todos los días hasta su mano, amable lector.
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