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Hace (3) meses

Poner atención

La principal preocupación de Hari es la reducción la capacidad de atención en la población

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Lanzo un reto. Lea esta columna sin ver su teléfono. No le costará más de cinco minutos. Si tiene algún mensaje urgente que enviar o una notificación que atender vaya a atenderla y vuelva. No hay prisa.  Si sigue aquí le contaré que estoy releyendo El valor de la atención, libro del periodista Johann Hari, cuya primera lectura hice en 2023 y que tengo anotado y lleno de banderas marcadoras. Vuelvo a dicho texto por el motivo personal de releer ciertos libros antes de llegar a cierta y edad y por las noticias recientes en relación al cine y la televisión (supongo que en la industria editorial hay otras técnicas) en las que se hizo explícito que una de las tácticas para generar más vistas en plataformas es aceptar, sin remedio, que el espectador se va a distraer con su teléfono.

La principal preocupación de Hari es la reducción de  la capacidad de atención en la población. Aunque se basa en datos de lo que sucede en Estados Unidos y Europa, los ejemplos son representaciones de lo que pasa en el mundo. 

Cuenta que se descubrió que la mayoría de los estudiantes cambian de tarea cada 65 segundos y que, si se concentraban en una sola actividad, ese enfoque dura solo 90 segundos. En los profesionistas la situación no es muy distinta, pues, en promedio, no se concentran en una tarea más de tres minutos.

Cumpliendo el adagio de que solo le importa la salud al enfermo, Harii se sometió a una desintoxicación digital que le resultó tortuosa, aunque tuvo revelaciones afortunadas.

Desconectado, se percató de lo difícil que era para él estar quieto o fijar la mente en actividades que le interesaban. No se trataba de meditar profundamente o aprender a tocar un instrumento musical; no tenía el enfoque ni para leer un libro o disfrutar de estar tumbado en la playa. 

El síntoma se vuelve más grave cuando lo notamos en uno mismo y en el libro de Harii no solo le sucede al autor, también a los científicos y especialistas que desfilan por sus páginas, que comenzaron sus investigaciones después de padecer la falta de atención. El texto trata también de romper mitos, siendo la multitarea el ídolo más grande.

Enfundada en el traje de la productividad, la multitarea no existe porque nuestra biología cerebral no está construida para llevarla a cabo. Claro que uno puede cantar y lavar los trastes, pero por más que nos esforcemos no podremos andar en bicicleta y ordenar mentalmente nuestra agenda. Los saltos que damos de tarea en tarea crean un desgaste cognitivo que nos cansa y, en cruel paradoja, provoca que no concluyamos los proyectos. En el afán de ser productivos, incrementamos la fatiga física y mental.

Tratar de hacer todo a la vez nos lleva a creer que en el mundo todas las cosas suceden al mismo tiempo. ¿Y quién tiene la capacidad para seguirles el paso? Por ello la lentitud ya nos es extraña porque la asumimos con un ritmo no natural, cuando en realidad es la cadencia de toda actividad creadora.

Tenemos la sensación de que el mundo se mueve rápido y por ello asumimos que hacer más de una tarea a la vez nos llevará a cumplir con los deberes más rápido, y aunque esto es erróneo creemos que en el consuelo de que por los menos el ocio o la recreación deberían participar de cierta lentitud. Pero tampoco está pasando.

En Estados Unidos se están llevando a cabo juicios tras una serie de demandas presentadas por padres de familia contra plataformas de redes sociales. La acusación principal, contra Google y Meta, es que la ingeniería detrás de YouTube, Facebook o Instagram provoca un consumo compulsivo de videos, por lo que los jóvenes (y adultos) no serían totalmente responsables de pasar horas scrolleando o saltando de contenido en contenido.

Casi al mismo tiempo, y en la promoción de El Botín, los actores Matt Damon y Ben Affleck (productores y protagonistas del filme) criticaron la forma en que, basándose en los hábitos de los consumidores, las plataformas de streaming crean películas y series. Damon y Affleck relatan lo que es ya una práctica común de la industria: la narrativa se estandariza en pocos modelos porque está subordinada a la necesidad de que el espectador no se aburra y escoja otra película. También señalan (esto es lo peor) que los estudios saben que el consumidor tomará su teléfono para distraerse mientras ve ¡algo que está pagando! y por ello la trama debe repetirse constantemente en los diálogos para que no se pierda el hilo de lo que sucede a pesar de que no se mire la pantalla.

Vuelvo a Hari, que escribe que el estadunidense promedio toca más de 2 mil 500 veces su teléfono por día. Al quitarnos el aburrimiento (su silencio y exasperación) y sustituirlo con el consumo veloz de imágenes o en la multitarea improductiva, dejamos poco espacio a la creatividad, pues entre los montones de información y actividad no hay lugar ni tiempo para que dos pensamientos creen un tercero. Y, por lo tanto, tampoco hay chance del autoconocimiento, quizá la actividad más lenta de todas y la que exige mayor esfuerzo en calma.

Este espacio es insuficiente para detallar los procesos de ejecución y de concentración, pero, si pudo llegar hasta acá sin distraerse, le haya gustado o no el texto, tiene una buena base para recuperar su atención.

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