Porque una ciudad pierde identidad no cuando crece, sino cuando olvida las razones por las que nació

Hay una pregunta que me acompaña con frecuencia: ¿qué significa ser pachuqueño? La respuesta no está únicamente en la historia, en la gastronomía o en nuestra cultura. Está, sobre todo, en la forma en que habitamos nuestro territorio.
El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa escribió que “el acto de habitar es el medio fundamental en que uno se relaciona con el mundo”. Si habitar es una manera de comprender quiénes somos, entonces nuestras ciudades también cuentan nuestra historia.
Pachuca no nació como muchas ciudades mexicanas, alrededor de una plaza perfectamente trazada. Nació siguiendo el ritmo de las montañas y de la minería. Sus calles se adaptaron a los cerros. Su arquitectura fue moldeada por el trabajo, por el viento y por una mezcla cultural que pocos lugares en México pueden presumir.
La influencia inglesa dejó mucho más que el paste o el futbol. También nos heredó una forma de construir, una estética sobria y una cultura del esfuerzo, que aún permanece en la memoria colectiva. La cantera, las antiguas chimeneas, las cubiertas inclinadas y el emblemático Reloj Monumental nos recuerdan que la identidad de una ciudad se escribe tanto en sus edificios como en la vida de quienes los habitan.
Pero las ciudades no viven de la nostalgia.
Hoy Pachuca ya no puede entenderse sin Mineral de la Reforma, San Agustín Tlaxiaca, Zempoala y los municipios que conforman su dinámica metropolitana. Miles de personas viven en uno, trabajan en otro y estudian en un tercero. Nuestra vida cotidiana ya es metropolitana, aunque muchas de nuestras decisiones públicas sigan siendo municipales.
Y ahí surge un desafío que no podemos ignorar.
Si las ciudades reflejan nuestros valores, como plantea Pallasmaa, entonces también revelan nuestras prioridades. La forma en que decidimos crecer dice mucho de nosotros. Cada cambio de uso de suelo, cada nueva vialidad, cada desarrollo habitacional y cada espacio público expresan una visión de ciudad. La pregunta es si esa visión alberga a todos sus habitantes.
Por eso estoy convencida de que toda política pública termina dibujándose sobre el territorio.
Como arquitecta y presidenta de Canadevi Hidalgo, sé que el siguiente paso para nuestra región consiste en construir una visión compartida de metrópoli; una que respete nuestra historia, aproveche nuestras fortalezas y planee con responsabilidad el crecimiento necesario de las próximas décadas.
Porque una ciudad pierde identidad no cuando crece, sino cuando olvida las razones por las que nació.
Los pachuqueños heredamos una ciudad forjada entre minas, viento y montañas. Nuestra responsabilidad no es conservarla intacta, sino hacer que evolucione sin perder su esencia. Al final, el verdadero legado que dejaremos será la calidad de vida, y la ciudad que decidamos habitar y transmitir a quienes vienen detrás.
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