El cambio climático no espera, e Hidalgo no puede permitirse el lujo de llegar tarde a la construcción de su propio futuro.

En los vastos paisajes de Hidalgo, donde la aridez de los llanos contrasta con la frescura de los bosques de oyamel en el Parque Nacional El Chico, el tiempo parece acelerarse bajo el efecto de un clima que cambia más rápido de lo previsto.
Durante décadas, la ecuación se ha vuelto insoluble: ¿desarrollo económico o preservación del medio ambiente? Ese es el gran reto que se enfrenta en la entidad. Construir una vía donde la industria, la energía y la agricultura no sean enemigas de la naturaleza, sino aliados en la edificación de resiliencia.
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No es fácil, nos hemos debatido entre la sostenibilidad y el crecimiento económico, se ha buscado construir la fórmula de una economía baja en carbono y de manera constante la realidad muestra los tropiezos y los yerros en materia de política ambiental.
La realidad ambiental que enfrenta esta entidad del centro de México es, sin embargo, cruda y no admite ambigüedad.
Hidalgo sufre los embates de un fenómeno global que aquí se manifiesta con particular virulencia: la escasez hídrica se convierte en el desafío estructural del siglo, acompañada de una degradación progresiva de los suelos y una presión constante sobre la biodiversidad.
Si ha Hidalgo le va bien en medio ambiente, le va bien a su gente. A las familias que habitan las zonas que ahora se consideran de sacrificio ambiental, la región de Tula y la región de Molango, donde el desarrollo de la industria y la minería han dejado una profunda huella de devastación y contaminación.
En diversas áreas del estado, especies endémicas ven reducido su hábitat, mientras que las comunidades rurales lidian con sequías más prolongadas y fenómenos meteorológicos extremos que amenazan la seguridad alimentaria.
Los grandes proyectos que presente el Ejecutivo estatal, pueden, sin duda, construirse como una ventana de oportunidad histórica. Sin embargo, la implementación siempre plantea interrogantes que las autoridades no pueden eludir ni minimizar.
Unos de los grandes obstáculos es la forma en la cual se enfrenta el descontento social. La lejanía y la cerrazón construyen más muros que puentes de entendimiento.
Siempre se debe de escuchar a las voces de sectores campesinos y productores tradicionales, guardianes de conocimientos ancestrales como la cultura del maguey, quienes, con frecuencia, expresan su preocupación.
Este conflicto —entre inversiones y tradición— es, en realidad, el laboratorio donde se forjará el futuro: ¿es posible el desarrollo sin desplazamiento? ¿Puede la modernidad respetar los ritmos de la tierra? La respuesta que Hidalgo dé a estas interrogantes será observada con atención por las comunidades y su acción dará una respuesta.
En ese escenario, las preguntas surgen y se vuelven incómodas. ¿Existe una salida al fenómeno del cambio climático? La respuesta que emana de las políticas hidalguenses es matizada, se queda en el preámbulo del cambio que pretenden.
No hay una “solución mágica”, pero hay un camino: la adaptación y la mitigación simultáneas, aseguran.
Es claro que los relojes climáticos no se detienen por buenos discursos ni por inauguraciones simbólicas. En Hidalgo, la brecha entre la declaración de intenciones y la realidad tangible se ensancha al ritmo que aumentan las temperaturas y descienden los niveles de las presas.
Si bien el estado ha comenzado a transitar por la senda del desarrollo sostenible, la velocidad de las acciones sigue siendo insuficiente frente a la magnitud de la crisis. Es momento de dejar de lado la gradualidad cómoda y pasar a la acción decidida: el cambio climático exige políticas públicas de Estado, firmes, valientes y, sobre todo, ejecutadas.
La realidad que se vive en los territorios es implacable. La sequía ya no es una eventualidad, sino la nueva normalidad que castiga al campo hidalguense. La degradación de los suelos avanza y la biodiversidad retrocede.
Ante este escenario, anunciar proyectos no basta; lo que se requiere es una planificación rigurosa que entienda que la ecología y la economía no son términos antagónicos, pero tampoco pueden ser términos intercambiables sin una regulación estricta.
Es evidente que la estrategia actual, aunque bien trazada en el papel, adolece de la fuerza necesaria para hacer frente a la velocidad del fenómeno climático. Por tanto, es imperativo que el gobierno del estado asuma un rol más protagónico y exigente en tres ejes fundamentales:
Seguridad hídrica. Es necesario declarar la protección del agua como política de seguridad nacional y estatal. Esto implica detener la sobreexplotación, invertir en infraestructura de captación y tratamiento, y legislar para que ningún proyecto productivo, por grande que sea, ponga en riesgo la disponibilidad del líquido para la población.
Justicia territorial. Las políticas climáticas no pueden dejar atrás a los más vulnerables. Se requieren mecanismos efectivos de apoyo al campo para la adaptación tecnológica, para que el agricultor no sea la víctima del cambio climático, sino parte activa de la solución mediante técnicas de conservación.
Cumplimiento y transparencia. Las leyes y planes de acción climática existen en el papel; ahora necesitan dientes. Es indispensable fortalecer a las instancias de vigilancia ambiental para que hagan valer la ley frente a grandes contaminadores y promotores inmobiliarios o industriales que buscan evadir responsabilidades.
Hidalgo tiene el potencial de ser un modelo, pero para ello debe trascender las buenas intenciones y enfrentar la crisis con la seriedad técnica y política que merece.
No hay espacio para la tibieza ni para la complacencia. La ciudadanía, consciente y preocupada, demanda acciones contundentes y resultados medibles.
El desafío es mayúsculo, pero la alternativa es la inacción y sus consecuencias devastadoras. Por ello, es urgente que se redoblen esfuerzos, se endurezca el marco regulatorio y se ejecuten las políticas públicas con mano firme y visión de largo alcance.
El cambio climático no espera, e Hidalgo no puede permitirse el lujo de llegar tarde a la construcción de su propio futuro.
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