Los datos no mienten. México ocupa el primer lugar mundial en bullying, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Hidalgo no es la excepción. En este ciclo escolar ya hay 540 reportes de violencia escolar, ya sea física, verbal o psicológica…

Berenice Estrada
Cada mañana, un poco más de 700 mil estudiantes hidalguenses de entre educación básica y media superior ingresan a un sistema educativo diseñado en el siglo XIX para resolver problemas del siglo XXI. Aulas rígidas, contenidos obsoletos y estructuras de autoridad verticales siguen marcando el pulso de una maquinaria que, más que formar ciudadanos conscientes, reproduce esquemas de obediencia, fragmentación y miedo. El resultado es devastador: estamos manufacturando a la próxima generación de violencia sistémica. Una violencia que no empieza con armas, sino con exclusión, silencio, burla y castigo. Una violencia que se aprende desde el pupitre se perfecciona en el recreo y se legitima en casa.
Los datos no mienten. México ocupa el primer lugar mundial en bullying, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Hidalgo no es la excepción. En este ciclo escolar ya hay 540 reportes de violencia escolar, ya sea física, verbal o psicológica. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, está directamente correlacionado con los crecientes índices de violencia social que afectan nuestros municipios. Cada caso de acoso escolar no resuelto es una semilla de violencia futura: en la familia, en la calle, en el empleo, en la política. Estamos viendo los efectos de haber ignorado por décadas el alma emocional de nuestras infancias.
Como especialista en transformación de conflictos, he conocido historias, he recorrido juzgados, comunidades y centros de detención. Y he llegado a una conclusión ineludible: el problema no es de recursos, es de arquitectura mental. Seguimos aplicando un modelo punitivo, expulsar, castigar, etiquetar, cuando lo que necesitamos es una ingeniería social regenerativa. El sistema actual interpreta el conflicto como un enemigo que debe ser anulado, en lugar de como una oportunidad para aprender, sanar y evolucionar. Mientras no reconfiguremos nuestra manera de entender el conflicto, seguiremos generando respuestas que solo administran los síntomas, sin tocar las causas.
La propuesta es tan revolucionaria como urgente: activar tres vectores simultáneos que permitan a nuestra sociedad reconfigurar su relación con el conflicto.
El vector jurídico introduce prácticas de mediación y justicia restaurativa en escuelas, comunidades y sistemas judiciales, para sustituir la lógica punitiva por procesos de responsabilidad, reparación y reconciliación.
El vector ontológico se enfoca en la expansión de conciencia individual y colectiva: programas de alfabetización emocional, escucha activa y liderazgo empático desde la niñez hasta la función pública.
El vector sistémico diseña una arquitectura social que prevenga el conflicto mediante redes de cuidado, participación comunitaria y diseño institucional centrado en la dignidad. Esta triple estrategia no es teórica: está siendo aplicada con éxito en contextos internacionales, y podría tener en Hidalgo su mayor laboratorio.
Hidalgo tiene la oportunidad histórica de convertirse en el primer territorio de América Latina que resuelve la violencia desde su matriz civilizatoria. No necesitamos más diagnósticos, foros o promesas vacías. Lo que necesitamos es decisión política. Coraje institucional. Voluntad transformadora. Podemos dejar de maquillar las estadísticas y comenzar a rediseñar el tejido social. Podemos pasar de la queja a la innovación. Pero el reloj avanza.
La pregunta no es si el cambio es posible: lo es. La pregunta es si Hidalgo será pionero o seguidor. Si tendremos el valor de liderar la regeneración social o si seguiremos administrando el colapso. Esta decisión no la tomará el futuro. La tomamos hoy.
A todas y todos los responsables de tomar decisiones en este estado: levanten la mirada. Escuchen a nuestras infancias. Den un paso al frente. Abramos las puertas al diálogo interinstitucional, formemos una generación de agentes de paz. El momento es ahora. La historia nos está observando. ¿Estamos listos para cambiarla?
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