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Hace (4) meses

Entre la tibieza y la víscera

Lo opuesto al diálogo no es el conflicto o la pelea, es la ausencia de diálogo

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A. Ebblen Robles
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Van errados quienes piensan que la gente solo quiere discutir en internet. No quiere discutir, quiere tener razón. Si bien el diálogo no es ajeno a la rispidez ni al exabrupto, y la plaza pública no está exenta (ni debería estarlo) de insultos y tremendismos, lo opuesto al diálogo no es el conflicto o la pelea, es la ausencia de diálogo.

No ignoro que una de las estrategias más eficaces de generar una reacción en redes sociales es cancelar la opinión opuesta antes de que sea escrita o dicha. Frases como “tiro factos”, “quien piense lo contrario no sabe nada” o “solo los verdaderos conocedores estarán de acuerdo” inundan posts de materias tan aparentemente alejadas como el futbol, la ciencia y el cine, y generan cascadas de comentarios enardecidos. Además, si dicha actitud va unida a la mofa, cuyo único fin es la mofa misma, tenemos un coctel listo para embriagar al más tranquilo.

La opinión contraria existe y barrerla bajo la alfombra (aunque sea en forma de burla) es poco valiente y una manera chata de mantener el lustre que la vida digital nos promete. 

El punto culminante de esa infección (hasta que Donald haga otra cosa) fue la captura/secuestro de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos en los primeros días del año y sus declaraciones sobre México y Groenlandia, que han generado comentarios empeñados, incluso entre políticos, periodistas o intelectuales, en no entender la situación y defender los prejuicios. La angustia por llegar a conclusiones definitivas que se resumieran en un párrafo estaba lejos de la licencia poética del aforismo y más cerca de la pereza mental o del miedo a no ser parte de la conversación. 

Y como si cursáramos aún la educación primaria y la maestra nos pidiera formar equipos, los medios de comunicación, políticos y ciudadanos de a pie comenzaron a agruparse en “Trump, Israel, democracia, Ucrania, oposición, conservadurismos, nacionalismos, libertad” o en “chavistas, Palestina, Rusia, China, zurdos, soberanías, derechos civiles”. Y pobre de aquel que cruzara esa línea imaginaria y se pasara al lado hereje o concediera algo a los rivales. Incluso, contextualizar con lo que está sucediendo en Argentina, Taiwán o Irán parecía fuera de lugar, pues era un “escape de las situaciones surgentes”.

La realidad es complicada y pensarla es aclararla un poco, no hacerla más simple. Se pueden aborrecer los crímenes del chavismo y aborrecer al dictador que es Trump, se puede abogar por los palestinos y también por los iraníes, víctimas del Israel de Netanyahu y del régimen de los ayatolas. Se puede defender los derechos humanos más básicos (vivienda, acceso al agua, salud, educación) y señalar las infames acciones de los estados comunistas. Se pueden desear mejores condiciones para las minorías y para los trabajadores o votar más impuestos a las grandes fortunas y, al mismo tiempo, ver y señalar la deformación política que representa la Cuarta Transformación y la mal llamada cultura woke. Todos tienen derecho de ondear una bandera, pero no para ocultar aquello que le quite dignidad al individuo y derechos al ciudadano. Y aunque la política real implica tomar decisiones que no dejan contentos a todos, es obligación del poder aminorar y reparar el sufrimiento que sus acciones, justas o injustas, generan.  

Hace cien años, tras la Revolución de Octubre y su impacto global, las opiniones también se agruparon en dos bandos. Y con miedo, ignorancia e insensatez los líderes se dirigieron al desastre. Apasionado testigo de esto fue Octavio Paz, que buscó la libertad del creyente que también tiene la facultad de hablar contra su iglesia. Halló que no hay tibieza en una mirada capaz de ver más de dos colores y que hay más peligro en aquellos que se aferran a una idea que ha sido superada por la realidad, pues son los primeros que, cuando sus chistes ya no tienen eco, se afanan en empuñar el cuchillo para corregirle al mundo sus defectos.

Hay dificultades en el diálogo, no es un camino liso y en algunos casos ni empedrado. 

En La historia no ha terminado, el italiano Claudio Magris señala que “es fácil condenar intelectualmente a la intolerancia” porque no se tiene en cuenta las dificultades reales de enfrentar visiones del mundo opuestas, aunque insiste en que a pesar de los “dilemas dramáticos” que lo harán arduo, el diálogo debe sobrevivir, pero reconoce que se trata de “una difícil búsqueda, no exenta de peligros, incluso morales”.

Margis apunta que aunque un individuo esté dispuesto a reconocer la dignidad de la posición ajena y se deje convencer por la lógica contraria si está mejor fundamentada, antes ha hecho una elección sobre en qué posiciones no hará concesión alguna (podemos discutir, por ejemplo, las razones históricas del Holocausto o el Gulag, pero no ser tolerante con los negacionistas). Y a pesar de que esa dificultad no debería ser motivo para rendirnos a la violencia, es verdad que hay casos en que la tolerancia y el diálogo no son viables y es dilema doloroso porque excluye “como toda frontera que siempre separa”.

Hay y habrá grupos que pelean por una posición política o religiosa (las disputas deportivas o estéticas son extensiones apasionantes). Hay filias y fobias, hay convicciones que se matizan y eso no las hace ser tibias, pues en su convencimiento hay también conciencia de lo terrible que es la sangre derramada por una idea. Pero hoy, la víscera se hincha por responder, por generar, por tener razón sin más.

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