Esta semana nuestro vecino del norte, Estados Unidos de América, eligió a su presidente número 47, luego de una larga e intensa campaña llena de estridencias, cambio de candidatura en el caso demócrata, posiciones muy encontradas y con un intento de asesinato en contra de uno de los candidatos, el republicano Donald J. Trump, que a la postre resultó ganador de la contienda electoral

Esta semana nuestro vecino del norte, Estados Unidos de América, eligió a su presidente número 47, luego de una larga e intensa campaña llena de estridencias, cambio de candidatura en el caso demócrata, posiciones muy encontradas y con un intento de asesinato en contra de uno de los candidatos, el republicano Donald J. Trump, que a la postre resultó ganador de la contienda electoral.
Siempre será importante voltear a ver otras democracias en el mundo, para saber cómo estamos y qué tantas similitudes o diferencias hay con la nuestra; por eso, la elección norteamericana del pasado 5 de noviembre resultaba de gran interés.
Una de las principales características que tiene el modelo norteamericano es que es un modelo indirecto, ya que la elección del presidente se realiza a partir de un Colegio Electoral. Es decir, la ciudadanía desde luego vota en las urnas, pero en realidad ese voto por su candidatura de preferencia no va directamente a ellas, sino para elegir a los electores del Colegio Electoral.
Así, cada estado de la Unión Americana representa determinado número de votos en el Colegio Electoral; por lo tanto, la candidatura que resulta ganadora en cada estado obtiene el total de votos que vale ese estado. Así, quien gana California, en los hechos obtiene 54 votos del Colegio Electoral; Texas vale 40 votos, y hay otros que valen, por ejemplo, solo tres votos, como Alaska o Delaware. Esto depende del número de senadores y representantes en la Cámara de cada estado. Con este diseño, la totalidad de los 50 estados suma 538 votos y, por lo tanto, la candidatura que obtenga 270 votos (la mitad + 1) gana la presidencia.
Este modelo electoral ha sido motivo de muchos análisis y opiniones respecto de que si realmente refleja la voluntad ciudadana o si más bien favorece a un federalismo de hace dos siglos, en donde inevitablemente algunos estados tienen mayor importancia política que otros. Así como hay algunos tradicionalmente demócratas como California, o republicanos, como Texas, también hay estados llamados bisagras (swing states), en donde el ganador ha cambiado entre republicano y demócrata a lo largo de las elecciones, y resultan ser estos estados, en muchas ocasiones, quienes determinan el ganador, particularmente en elecciones cerradas como la Bush–Gore del año 2000, donde Florida fue decisivo.
Probablemente la pregunta a todo esto sería: ¿Qué modelo es mejor? ¿Uno directo, como el mexicano, en donde gana la persona que haya obtenido más votos? ¿O el modelo indirecto, como el norteamericano, que ya se explicó? La respuesta es que depende del tipo de legislación, sociedad y país.
La mayoría de las democracias del mundo cuentan con un modelo directo, aunque Estados Unidos no es el único país con un modelo de elección indirecto. Por tanto, desde mi perspectiva, la calidad de la democracia no depende únicamente del modelo de elección, sino especialmente de la calidad de la ciudadanía, de su involucramiento y de una oferta política de altura.
Al final, lo que sí une ambos modelos es la renovación periódica del poder y un verdadero sistema de pesos y contrapesos que evite que una sola persona aglutine todo el poder.