Imagen: María Luisa Pérez Perusquía
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Hace (2) meses

El rendimiento escolar y la curva del olvido

La pregunta del adolescente a la mamá era simple: “¿Qué quieres que haga si nada se me queda? ¡Todo se me olvida! ¡Todo eso no sirve para nada!”.

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En una reciente charla con una mamá, expresaba su preocupación por lo mal que le estaba yendo a su hijo adolescente con las calificaciones en la escuela y su actitud de gran desinterés por los conocimientos impartidos en las aulas.

La pregunta del adolescente a la mamá era simple: “¿Qué quieres que haga si nada se me queda? ¡Todo se me olvida! ¡Todo eso no sirve para nada!”.

En muchas casas se repite la misma escena: madres y padres revisando calificaciones con preocupación, adolescentes encogiéndose de hombros y la misma frase: “Eso no sirve para nada”. Más que rebeldía, podemos interpretar una mezcla de frustración, desconexión y, en muchos casos, una experiencia repetida de fracaso escolar.

Durante años, hemos interpretado las malas calificaciones como falta de esfuerzo o disciplina. Sin embargo, hay un elemento menos visible: muchos estudiantes sí estudian, pero no logran retener lo aprendido. Lo olvidan.

Desde hace más de un siglo, el psicólogo Hermann Ebbinghaus demostró algo que hoy sigue siendo vigente: el cerebro humano olvida rápidamente la información cuando no se refuerza. La llamada “curva del olvido” explica que lo aprendido en la clase puede desvanecerse en cuestión de horas o días si no se repasa de forma adecuada. Es decir, el problema no siempre es que los adolescentes “no quieran”, sino que el sistema —y muchas veces también en casa— sigue apostando por formas de estudio poco efectivas: largas sesiones de memorización, repasos de última hora y aprendizaje pasivo.

De acuerdo con la “curva del olvido”, cuando obtenemos por primera vez la nueva información, recordamos 100 por ciento de ella; a los 20 minutos, ya recordamos cerca de 50 por ciento, y de ahí, va bajando; al día uno, solo recordamos 30 por ciento; al segundo mes, solo recordamos de 10 a 20 por ciento.

En este sentido, si aprendemos algo nuevo en la clase, el cerebro lo guarda en la memoria a corto plazo, pero aquí está el problema: si no hacemos nada con esa información en las próximas 24 horas, 70 por ciento de la información se evapora, desaparece, como si nunca la hubiéramos aprendido.

Es por eso que cuando llega el examen y se sientan a estudiar todo de golpe el día antes, el cerebro está intentando reaprender información que ya olvidó, no está repasando, está volviendo a aprender desde cero, por eso les lleva tanto tiempo y sienten que no se les queda nada.

Y, además, lo que se consiga retener para ser usado en el examen, se olvidará inmediatamente después.

A esto se suma otro factor decisivo: la falta de sentido. Para un adolescente, recordar información que no logra conectar con su vida cotidiana se vuelve una tarea vacía. Cuando estudiar se percibe como una obligación sin utilidad, la memoria y la motivación se deterioran juntas.

Esto no significa renunciar a la exigencia, sino replantearla. Tal vez la pregunta no debería ser únicamente por qué no estudia, sino también cómo está estudiando y para qué cree que le sirve lo que aprende.

Pequeños cambios pueden marcar diferencia: estudiar en periodos cortos y repetidos, intentar explicar lo aprendido en lugar de solo leerlo o espaciar los repasos en el tiempo. No son soluciones milagro, pero sí estrategias respaldadas por evidencia.

En el fondo, el problema es más amplio que una boleta de calificaciones. Tiene que ver con una brecha creciente entre la escuela y la experiencia de las y los jóvenes, entre lo que se enseña y lo que logran hacer suyo, con lograr que el conocimiento encuentre un lugar en la vida de quien lo recibe, sin dejar de lado el papel que juegan las técnicas de estudio de nuestras hijas e hijos en su rendimiento académico.

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