Imagen: Jorge Luis González Pacheco
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Hace (3) meses

El poder no se pelea, se negocia

Negocia quien necesita estabilidad. Negocia quien requiere interlocución. Negocia quien entiende que la confrontación permanente desgasta más de lo que construye

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En política, las rupturas rara vez son definitivas. Las declaraciones suben de tono, los comunicados endurecen posturas y las tribunas se llenan de acusaciones. Pero el poder —el verdadero poder— no se ejerce a gritos: se administra en mesas cerradas.

Por eso la reunión entre Damián Sosa Castelán y Guillermo Olivares Reyna no es una fotografía más. Es un mensaje. Y en política, los mensajes nunca son inocentes.

Durante meses, el discurso público marcó distancia entre el Partido del Trabajo y el gobierno estatal. Tensiones, acusaciones y deslindes construyeron la narrativa de un distanciamiento evidente. Sin embargo, cuando el secretario de Gobierno —operador central de la gobernabilidad— abre espacio a un encuentro institucional con uno de los perfiles más visibles del PT en Hidalgo, lo que se envía no es una señal de cortesía, sino de cálculo.

Porque el poder no se pelea… se negocia.

Negocia quien necesita estabilidad. Negocia quien requiere interlocución. Negocia quien entiende que la confrontación permanente desgasta más de lo que construye.

La pregunta no es si hubo diálogo. La pregunta es qué se está moviendo detrás del diálogo.

En política, las reuniones ocurren cuando hay algo que ganar o algo que evitar perder. Y en el tablero hidalguense nadie mueve una pieza sin medir consecuencias. Las diferencias públicas pueden servir para marcar territorio; las reuniones privadas sirven para definir reglas. Y cuando las reglas cambian, cambia el juego.

El mensaje también va hacia dentro: hacia militancias que exigen firmeza y hacia actores que presionan por radicalizar posturas. La fotografía dice otra cosa: en política no hay enemigos permanentes, hay intereses permanentes.

Tal vez no estemos ante una reconciliación. Tal vez no estemos ante una alianza. Pero sí estamos ante una señal clara: el conflicto tiene límites cuando la estabilidad está en juego.

Gobernar implica administrar tensiones. Los partidos, también. Y cuando la interlocución reaparece, es porque alguien entendió que la confrontación absoluta no siempre es rentable.

En Hidalgo, el poder no se está peleando en público. Se está negociando en privado. Y eso, más que la fotografía, es lo verdaderamente relevante.

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