Imagen: A. Ebblen Robles
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Hace (1) meses

¿El futbol ya no es lo que era?

Es común despotricar contra lo que sientes que ya te dejó atrás. Las formas y protagonistas cambian y quien conozca a fondo una materia será más sensible a sus perturbaciones. Pasa en la política, en las artes y en las dinámicas sociales. Hasta ahí, nada nuevo. Y es lógico que exfutbolistas vean signos de una aparente decadencia en el deporte que mueve al mundo y, sobre todo, las expresen ahora que es fácil verter cualquier tipo de opinión.

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Tras la victoria del Arsenal sobre el Chelsea a inicios del pasado marzo en Premier League, circuló una declaración de Rudd Gullit, en la que reveló que ha decidido dejar de ver futbol: “Ya no disfruto de nuestro deporte. Vi Arsenal vs. Chelsea, qué partido de futbol más horrible”.

Gullit tiene la altura para opinar. Fue uno de los pilares del Milán de Arrigo Sacchi (uno de los cinco mejores equipos de la historia), ganó el Balón de Oro en 1987 y la Eurocopa en 1988 con Países Bajos. A pesar su enojo, que podría malinterpretarse como un exabrupto causado por la edad, Gullit también develó cierta esperanza: “Quiero jugadores capaces de enfrentarse a los defensores, con agallas, alguien como Lamine Yamal. Me falta la alegría”.

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Esta voz no es la única que se ha alzado dentro del futbol contra el propio deporte. Ya sea por razones de cancha o no, personajes como Carlos Vela, Kylian Mbappé o Gareth Bale han manifestado que el mundo del futbol les repele o que prefieren ver basquetbol o golf. Uno de los casos más célebres es el de Gabriel Batistuta, que dijo que el balompié no era de su agrado, “solo es su profesión”. Años después, precisó que en realidad la declaración la hizo para soltarse un poco de la presión que ejercían los periodistas. Siendo argentino, no puede evitar lo que le hace hervir la sangre (un cliché inevitable) pero para mí era claro que lo de Batigol fue una reacción a los fracasos de la Albiceleste en los mundiales de 1998 y 2002. Como si hubiera tenido una crisis de autoconvencimiento en la que necesitaba despreciar lo que en ese momento lo hacía sufrir, aunque fuera el objeto de su adoración.

Es común despotricar contra lo que sientes que ya te dejó atrás. Las formas y protagonistas cambian y quien conozca a fondo una materia será más sensible a sus perturbaciones. Pasa en la política, en las artes y en las dinámicas sociales. Hasta ahí, nada nuevo. Y es lógico que exfutbolistas vean signos de una aparente decadencia en el deporte que mueve al mundo y, sobre todo, las expresen ahora que es fácil verter cualquier tipo de opinión. El juego directo ha dado paso a la acumulación de pases, el extremo que siempre va por fuera ha mutado en el perfil cambiado para buscar el disparo con la pierna buena, y el lateral que corría por la banda para centrar se ha convertido en (¡válgame!) un segundo contención a la hora de atacar.

Ya no existe el “9” fijo y hasta se planea la táctica de los saques de banda.
Muchos podrían culpar a Guardiola, pero nadie está obligado a copiarlo. Además, sería insensato pretender que todos los armatostes de la Premier o la Serie A jueguen a ras de césped como lo hicieron Busquets, Xavi o Iniesta. O como lo siguen haciendo Bernardo Silva, Joshua Kimmich y, por supuesto, Lionel.

Cercano a cumplir 40, claro que tengo mis quejas del futbol moderno. No son tan sonoras como las de Gullit porque no tengo el conocimiento táctico de Gullit y porque creo que dónde más ha operado el cambio en el futbol es en el aspecto mediático, donde sí se vive en asco total.

Ya no es posible hallar un partido sin pagar un nuevo servicio de streaming o sin tragarse comerciales de todo tipo. La FIFA hace de todo para que cada minuto sea la posibilidad de un anuncio. El análisis de los partidos ha dejado fuera lo que pasa en la cancha y se avoca a lo que sucede en los vestidores, en las salas de prensa o en las reuniones entre clubes y representantes.

Por supuesto que hay anécdotas de banquillo geniales y nada ajeno a lo humano es ajeno al balón. Hay brillantez en la forma de contar que poseen Forlán o Ruggeri y son muy disfrutables las entrevistas realizadas por Valdano, Casillas y Yosgart Gutiérrez, también exfutbolistas.
Pero a mí qué carajos me importa si tal o cual jugador sale con tal o cual influencer o si cenó en tal o cual restaurante de moda.

Antes se alzaba la voz por defender la línea de 4 ante los iconoclastas de la defensa de 3 (o de 5, según se quiera ver) o se lloraba la desaparición del clásico “10”. Ahora el debate se centra en si “X” le hizo un gesto a “Y” y si ese gesto hará que “Y” se marche a otro club. No digo que no se comente, solo no quiero que se imponga ante la discusión sobre un pase que parece invertebrado, un disparo de tres dedos o un tiro con rosca similar a un ave que, de repente, recuerda ir a otro lado.

Y uno también acepta que hay cosas sobre las cuáles no piensa discutir y prefiere romper lanzas antes que ceder. Por ejemplo: maldita la hora en la que algunos jugadores se imaginaron que las calcetas les apretaban y decidieron romperlas para “ir más cómodos”. De nuevo, otro “´¡válgame!”. No soy del Madrid, pero al futbol le hace falta que regrese Toni Kroos o Zidane o, incluso, Thomas Gravesen.

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