FRANCAMENTE… no sé si los recursos de escenas candentes y los covers de canciones famosas en versiones más clásicas le den a Bridgerton para hacer otras cuatro temporadas; hay que considerar que por lo menos hay un largo trecho de unos ocho años… Dios, Netflix y Lady Whistledown nos agarren confesados.

Volvimos a la época de la regencia, los bailes majestuosos, la hormona alborotada, el romance pasional y hasta prohibido que nos brinda una de las series más vistas en Netflix; por supuesto, estoy hablando de Bridgerton.
La semana pasada, el gigante del streaming lanzó la cuarta temporada de la serie basada en los libros de Julia Quinn; en cada uno de ellos se relata el romance de cada uno de los hermanos Bridgerton. Ya vimos cómo Daphne se enamora del duque de Hastings, el amor que surge entre Anthony y Kate Sharma y la amistad que se vuelve romance entre Colin y Penélope Featherington.
En esta cuarta temporada, toca el turno de Benedict, el segundo hijo que, en el baile de máscaras organizado por su madre, conoce a una misteriosa mujer que lo obsesiona; el problema es que detrás de la máscara se esconde una sirvienta llamada Sophie.
La fórmula de cada temporada de Bridgerton funcionaba en la primera, segunda y tercera temporada, pero ya para la cuarta pareciera que se deslava. Aun cuando hay nuevas narrativas que contrarrestan la falta de personajes claves, se siente como si hubiera una enorme diferencia entre la primera y esta nueva temporada, y no hablamos de historias.
Entre las narrativas nuevas está el mundo de la servidumbre, no retratado tan a menudo en las otras temporadas y que, en una escala pequeña, refresca por momentos la misma línea que ya sabemos, pero que seguimos viendo simplemente porque nos encanta el chisme, con todo y las malas costumbres de Netflix; eso incluye partir sus temporadas en dos.
FRANCAMENTE… no sé si los recursos de escenas candentes y los covers de canciones famosas en versiones más clásicas le den a Bridgerton para hacer otras cuatro temporadas; hay que considerar que por lo menos hay un largo trecho de unos ocho años… Dios, Netflix y Lady Whistledown nos agarren confesados.
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