Es vital dejar de alimentar la hostilidad en nuestras calles, convertirnos en agentes de un cambio positivo, que permita crear una ciudad más empática y amable…
La movilidad es un derecho de todas las personas, absolutamente todas. Esto incluye a adultos mayores, a personas con alguna discapacidad, a niñas y niños, a cualquier persona cuidadora y cuidada, a cualquier persona que quiera existir y moverse en las calles, a la velocidad, ritmo, y con el propósito que quiera y necesite.
Y es que la violencia vial también nace de las actitudes de las personas en cualquier ámbito. Cuántas veces no hemos escuchado a alguien (o nosotros mismos) quejándose de alguna persona que le “estorbó”. Vivimos en una sociedad que nos exige velocidad para complacer a otros. Las calles se han vuelto un lugar donde la mera existencia es juzgada en razón de qué tan rápido puedes quitarte del camino, del espacio público. De qué tan rápido puedes moverte para no entorpecer a quien no supo planear sus actividades, de no hacerle enojar aún más para que no desquite su frustración con nosotros.
La violencia que algunas personas ejercen contra otras, exigiendo que otros “se quiten”, que “no estorben”, que no existan en el espacio para complacer su fantasía de que la ciudad es solo de ellos, cuando la ciudad no le pertenece a nadie, sino que la ciudad SOMOS todos y todas.
Nos hemos acostumbrado a escuchar el claxon cada vez que alguien se frustra porque no supo planear sus tiempos, y se desquita con la persona que cruza la calle caminando a la velocidad que requiere, como es su derecho. Muchos automovilistas que invaden los espacios exclusivos del transporte porque “va vacío” y al final terminan perjudicando a los usuarios de un de por sí deficiente sistema de transporte, como el Tuzobús, “porque aquí debemos llegar todos tarde”, seguramente piensan.
Claro, es necesario mantener un respeto a las necesidades de los demás, pero precisamente de eso se trata esto, de no esperar de las demás personas los privilegios inexistentes que creemos se nos deben dar por el simple hecho de tener prisa. Ser conscientes de que somos solo una pequeña parte de la ciudad, en la que diferentes personas a diferentes ritmos nos movemos, que somos responsables de nuestros tiempos, nuestras reacciones y actitudes, así como de la violencia que ejercemos.
Porque las calles, el espacio público, también pueden y deben ser un espacio de relajación, de convivencia, de armonía en cuanto a funcionamiento, pero también de armonía entre sus habitantes. Ese potencial en calidad de vida se pierde por la decisión deliberada de unas cuantas personas de someternos a un clima violento y agresivo, donde gana la persona que grita más fuerte o hace sonar más su claxon.
Es vital dejar de alimentar la hostilidad en nuestras calles, convertirnos en agentes de un cambio positivo, que permita crear una ciudad más empática y amable para todas las personas, en la que sea posible ir a nuestro ritmo, observar el paisaje y sentir el aire sin correr ni exigir velocidad ejerciendo violencia a quienes habitan con nosotros día a día.
Pequeñas acciones, grandes cambios…
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