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Hace (11) meses

Cuando el volante se vuelve arma: la urgencia de una sociedad civilizada

La semana pasada, Hidalgo fue escenario de una tragedia que vuelve a poner sobre la mesa un problema tan cotidiano como alarmante: la violencia vial. En una carretera, se armó una pelea campal. El saldo: una persona muerta

Imagen: Cuando el volante se vuelve arma: la urgencia de una sociedad civilizada

Berenice Estrada

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La semana pasada, Hidalgo fue escenario de una tragedia que vuelve a poner sobre la mesa un problema tan cotidiano como alarmante: la violencia vial. En una carretera, se armó una pelea campal. El saldo: una persona muerta. Una vida que se extinguió por una chispa absurda que encendió la mecha de una sociedad cada vez más acostumbrada a responder con violencia.

El volante, símbolo de control y dirección, se ha vuelto también un detonador. No se trata solo de manejar un automóvil, sino de cómo manejamos nuestras emociones, nuestras frustraciones, nuestro día a día. Y ahí está el gran vacío: no tenemos una escuela para la vida. Nadie nos enseña a lidiar con el enojo, a respirar antes de responder, a contener una reacción impulsiva. En las aulas se nos exige memorizar capitales y fórmulas, pero se nos niega lo más esencial: inteligencia emocional.

Este vacío es evidente cuando, en la vía pública, una pequeña diferencia de opinión se convierte en ofensa, y luego en agresión física. Se ha normalizado el insulto, el claxon como grito de guerra, la amenaza como método de defensa. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una vida puede perderse por un metro de asfalto?

Desde este espacio de Criterio, hemos planteado con agudeza la necesidad de implementar una reingeniería social civilizatoria. Lo que ocurrió esta semana no solo confirma el análisis, sino que lo vuelve urgente. Hemos propuesto repensar las bases sobre las que estamos educando y relacionándonos como sociedad: una transformación profunda que nos enseñe a convivir desde la empatía, no desde la reacción automática. No se trata de cambios superficiales, sino estructurales, que nos permitan vivir con dignidad, tolerancia y respeto mutuo.

Esta reingeniería no es teoría. Es una necesidad práctica. Porque mientras no replanteemos nuestros valores, seguiremos viendo cómo conflictos triviales terminan en tragedias. Y es que, en México, la violencia ya no solo habita en los titulares de crimen organizado, sino en el semáforo en rojo, en el estacionamiento disputado, en el roce de un retrovisor.

Necesitamos construir una escuela para la vida, como concepto y como práctica. Un espacio real o simbólico, donde aprendamos a escucharnos, a dialogar sin humillar, a ceder sin sentir que perdemos.

Una educación emocional desde la infancia, en la familia, en la calle, en los medios, en el Estado. Porque no se puede construir una sociedad pacífica con individuos que no saben vivir en paz con ellos mismos.

Las autoridades, claro, deben asumir su parte: regulación, vigilancia, justicia efectiva. Pero la paz no se impone con patrullas, se construye con cultura. Una cultura civilizatoria que enseñe que ceder el paso no es debilidad, sino cortesía; que la vida de otro vale más que cualquier orgullo al volante.

La violencia vial en Hidalgo es espejo de algo más profundo. Y también puede ser una oportunidad. Una oportunidad para que desde esta tragedia nazca una reflexión colectiva: ¿qué estamos haciendo con nuestra convivencia? ¿Qué futuro queremos construir? ¿Qué estamos dispuestos a cambiar?

El México en paz que todos deseamos no es una utopía. Pero tampoco es gratuito. Requiere decisión, autocrítica y humildad. Supone reconocer que la violencia no desaparece por completo, sino que se gestiona, se transforma. Tal como lo señala Galtung, no se trata solo de erradicar la violencia directa, sino de atender sus formas estructurales y culturales. Requiere dejar de verla como un destino inevitable y comenzar a entenderla como un fenómeno que podemos intervenir, reducir y transformar desde sus múltiples causas. Porque la raíz del conflicto está en todos nosotros, y también en nosotros está la posibilidad de gestionarlo con responsabilidad y justicia.

Recordemos: Esa raíz somos todos.

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