Podríamos pensar que de cada fenómeno se aprende, incluso de la desgracia ajena, para mantener una cultura de prevención. Sin embargo, la realidad es otra: tendemos a subestimar los daños y la confianza excesiva nos vuelve vulnerables.

José Raquel Badillo
En una etapa de mi vida laboral como docente frente a grupo, recuerdo vagamente que los libros de texto gratuitos mencionaban los cambios climáticos y vislumbraban un drástico cambio en la geografía mexicana.
El pronóstico señalaba que el mar ganaría terreno año con año, desapareciendo por completo muchas costas y poblaciones ubicadas a nivel del mar.
En cierta medida, esos vaticinios —que parecían totalmente catastróficos— se han ido cumpliendo. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de la ciudad de Acapulco, que aún no logra restablecer por completo sus servicios básicos cuando un nuevo fenómeno climatológico vuelve a dejar a muchos habitantes literalmente en la calle.
Podríamos pensar que de cada fenómeno se aprende, incluso de la desgracia ajena, para mantener una cultura de prevención. Sin embargo, la realidad es otra: tendemos a subestimar los daños y la confianza excesiva nos vuelve vulnerables.
Muchos protocolos han sido ignorados, no solo por los mexicanos —a quienes suele caracterizarnos el “valemadrismo”—, sino también en países como Estados Unidos, que, pese a su avance tecnológico, han sufrido consecuencias devastadoras. Una de las más recordadas es la del huracán Katrina, ocurrido en 2005, que afectó gravemente a Nueva Orleans y Luisiana.
Es cierto que resulta difícil pronosticar, por ejemplo, que un cerro pueda reblandecerse y desgajarse por exceso de lluvia; pero sí es posible conocer con mayor precisión la cantidad de lluvia que caerá, las posibles inundaciones y su nivel. Estos pronósticos son muy exactos —casi infalibles— y solo pueden fallar si el fenómeno pierde fuerza al tocar tierra.
Los mapas satelitales muestran con colores contrastantes la magnitud de la lluvia, y cada categoría implica un protocolo obligatorio. Quizás las autoridades civiles lo ignoren, pero resulta imperdonable que instituciones especializadas como la Conagua o Protección Civil incurran en omisiones fatales.
Volviendo a mi experiencia docente, recuerdo una visita con mis alumnos a la estación del tren en Tlanalapa, Hidalgo. Uno de ellos preguntó al jefe de estación por qué los trenes no chocaban si utilizaban la misma vía. Él respondió: “Porque nos comunicamos entre una estación y otra. Y para evitar malos entendidos —ya que las palabras se las lleva el viento—, las indicaciones que recibimos o enviamos deben ser por escrito; utilizamos la comunicación telegráfica”.
Es decir, tanto la Conagua como Protección Civil están obligadas a activar los protocolos de seguridad y, sobre todo, a garantizar que la autoridad civil esté plenamente informada del riesgo.
Recientemente hemos sabido que instituciones como la UNAM y la UAM han recibido amenazas de bomba. En estos casos, el protocolo es claro: evacuar el inmueble. Es preferible abandonar un edificio por una falsa alarma que lamentar una tragedia por ignorar las medidas preventivas.
A menudo ocurre que, ante un pronóstico meteorológico de gran magnitud, se adoptan precauciones y finalmente “no pasa nada”. Dos reflexiones surgen de ello: primero, es preferible prevenir, aunque el peligro disminuya o el fenómeno cambie de rumbo; y segundo, cuando las medidas preventivas funcionan, la gente suele pensar que no había riesgo real, sin darse cuenta de que precisamente gracias a la prevención no hubo mayores consecuencias.
Es como cuando usamos guantes para manipular objetos calientes: creemos que no hay peligro hasta que, por descuido, los omitimos y sentimos el daño.
En conclusión, ¡los protocolos no deben ignorarse, sino cumplirse al pie de la letra!
DICE RACHY: Si bien es cierto que el ya desaparecido Fonden cubría estos desastres naturales, la ayuda humanitaria en despensas de víveres siempre se ha realizado aun cuando existía dicho fondo, tal fue el caso de la ayuda brindada al municipio de Metztitlán, suscitada a casi a finales del siglo pasado. Así que no hay pretexto para mostrarse indiferentes con los coterráneos.
FRASE DESTACADA
“Los mapas satelitales muestran con colores contrastantes la magnitud de la lluvia, y cada categoría implica un protocolo obligatorio. Quizás las autoridades civiles lo ignoren, pero resulta imperdonable que instituciones especializadas como la Conagua o Protección Civil incurran en omisiones fatales”
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