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Hace (1) meses
Alfonso Cravioto desde la cárcel de Belén

Nació Alfonso Cravioto Mejorada el 24 de enero de 1884 en la ciudad de Pachuca, cuando su tío Simón Cravioto entraba al último año de su gestión como gobernador del estado de Hidalgo, encargo heredado del padre de Alfonso, el general Rafael Cravioto Pacheco, o Moreno, como afirma el cronista Sandalio Mejía; primero de los tres hermanos en dirigir los destinos de la entidad hidalguense, gobernada también por Francisco, su otro hermano, entre 1885 y 1889.

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Nació Alfonso Cravioto Mejorada el 24 de enero de 1884 en la ciudad de Pachuca, cuando su tío Simón Cravioto entraba al último año de su gestión como gobernador del estado de Hidalgo, encargo heredado del padre de Alfonso, el general Rafael Cravioto Pacheco, o Moreno, como afirma el cronista Sandalio Mejía; primero de los tres hermanos en dirigir los destinos de la entidad hidalguense, gobernada también por Francisco, su otro hermano, entre 1885 y 1889.

En aquel ambiente, francamente oficialista, creció Alfonso, al menos hasta los 13 años, cuando vio como su padre caía de la gracia del dictador Díaz y era destituido como gobernador de manera abrupta, experiencia que seguramente mucho coadyuvó en la formación de su carácter combativo, que manifiesto al integrarse a la Corporación Patriótica Privada, organismo antirreeleccionista creado en Pachuca en 1901, dentro del que fundó el periódico El Desfanatizador.

Ya avecindado en la Ciudad de México, el joven Cravioto se dio pronto a conocer por su abierto espíritu liberal manifestado en su militancia dentro de diversos organismos oposicionistas y como participante de distintas protestas, una de ellas, la efectuada el 2 de abril de 1903, que concluyó con su aprensión en la célebre cárcel de Belén, dejó en Alfonso una profunda huella, descrita en 1924 a través de una nota que surgida de su amena y pulcra pluma, he aquí la descripción de aquella experiencia.

“La contramanifestación que hicimos el 2 de abril mientras desfilaba frente a palacio la muchedumbre de empleados y secuaces en pro de la reelección, logró colocarse frente al balcón central donde se encontraba el presidente, allí en silencio enarbolamos grandes farolas con letras muy claras que decían, ‘abajo la reelección’ y logramos ver como don Porfirio nos señaló con el dedo. En seguida marchamos por la avenida de San Francisco, hoy calles de Tacuba, donde unos nos insultaban, otros pocos, nos aplaudían, y la mayoría nos tildaba de locos; lo cierto es que, en apariencia, se nos dejaba manifestarnos, pero ya estaba decretado nuestro encarcelamiento, faltaba solo el pretexto hipócrita para que el gobierno no apareciera como persecutor de los antirreeleccionistas”.

En ese entonces se ventilaba el sonado proceso del coronel Timoteo Andrade, a quien se había negado una apelación, motivo por el que su defensor el licenciado Francisco Serralde, escribió sin firma en El Ahuizote, un comentario que aludía a un caso parecido tramitado en un tribunal francés que condenó injustamente a un reo, pues se decía que al percatarse de la situación, el cardenal Richelieu preguntó sobre los argumentos esgrimidos por los jueces, a lo que se le contestó; fue porque se equivocó la mula de la acusación, a lo que Richelieu agregó no solo se equivocó la mula sino toda la recua. Por ello el licenciado Serralde al calificar el asunto de Timoteo Andrade, señaló que la historia no juzgaría a un juez sino a toda la recua y eso sucedió con nosotros más tarde, pues el Procurador Emilio Álvarez juzgó que era suficiente para consignar a quienes nos habíamos manifestado el 2 de abril, el hecho de que con nuestra actitud habíamos atacado a los agentes de la autoridad en ejercicio de sus funciones ¡se equivocó la mula!

Días después se presentó en las oficinas de El Ahuizote, el subjefe de la policía secreta, Domingo Martínez, con agentes vestidos de paisano, y nos aprendieron junto a los pequeños barrenderos de la casa y fuimos llevados a varias comisarías, a mí me llevaron a un separo, donde al encender un cigarro noté que el piso de la crujía estaba inundado y solo se mantenía seco un lugarcito donde había un montón de piedras y ladrillos, me trepé en él para dormir agazapado, pues siempre tuve la virtud militar del sueño en cualquier postura.

Empezaba a dormirme cuando una picazón radiada y truculenta me despertó, encendí un fósforo y miré que me había invadido una parvada de chinches que brotaba de los ladrillos, y me pasé toda la noche en constante lucha a manotadas contra los agresivos insectos. La peculiar batalla me dejó con tan sangrienta facha de cara y cuerpo que al día siguiente el gendarme que me llevaba a presentarme con la autoridad carcelaria me dijo al verme ¿usted va preso por riña verdad?, las huellas abultadas de las picaduras se plasmaron en la fotografía antropométrica que me sacaron y que conservo. Esa vez comprendí de manera realista por qué el pueblo les decía la chinche a nuestras cárceles.

Ya en prisión me encerraron en una bartolina del segundo piso, con suelo de ladrillos, alguna luz, cierta ventilación y poca humedad, provista de petate nuevo. Probablemente dormí más de veinticuatro horas pues al despertar encontré dos canastos con comida. Tras la incomunicación de tres días, nos llevaron en masa al juzgado, donde enardecidos agredimos al juez con protestas, los retratos del gabinete antropométrico muestran que el mayor de nosotros apenas sí contaba con 22 años yo tenía 19 y sin embargo abotagados por el luengo dormir y por el más luengo chichear, a pesar de nuestra florida juventud en aquellas memorables fotografías no sólo parecemos viejos facinerosos sino en verdad criminales natos, hijos del tigre de santa Julia por lo menos y a juzgarnos por ellas estábamos llamados a los más altos destinos; colgar de una horca.

La cosa no tuvo mayores consecuencias y los jóvenes fueron liberados días después en terrible estado de salud por las picaduras de las chinches. Diez años más tarde, en 1913 Cravioto seria nuevamente encarcelado por órdenes de Victoriano Huerta tras el asesinato de Madero.

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