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Hace (18) meses

Abogada de profesión, psiquiatra por imaginación: ¿quién tiene la culpa en el caso de Marilyn Cote?

Y así, en esta tragicomedia de usurpación profesional y títulos de fantasía, queda claro que la peor enfermedad mental no es la que trata una Marilyn Cote, sino la que padece una sociedad que sigue ovacionando a charlatanes

Imagen: Abogada de profesión, psiquiatra por imaginación: ¿quién tiene la culpa en el caso de Marilyn Cote?

Mtro Héctor M. Arellano

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Hace días que explotó la polémica de la psiquiatra Marilyn Cote, políglota nacida en Milán, con diferentes doctorados y especialidades en Psiquiatría y Neurociencias por universidades como Harvard y la de Oslo, con varios reconocimientos a nivel internacional, perfiladora criminal del FBI, premiada como una de las mejores psiquiatras, cinta negra séptimo dan en Taekwondo y amiga de Laura Pausini. Vamos, es “una intelectual reconocida en el mundo de las neurociencias en Europa, Estados Unidos e Hispanoamérica”, o al menos todo esto es lo que decía la página de Wikipedia que ella misma editó.

Pero la realidad es distinta y muy turbia: estamos frente a un problema que va más allá de las locuras de una señora entusiasta de editar sus fotos en Photoshop y de atribuirse más títulos universitarios que todos los villanos de Batman juntos. Puebla tiene un enemigo público más malvado e incómodo que los topes amarillos en las ciclovías.

En realidad, nació en Tlaxcala, cuenta con licenciatura en Derecho, maestría en Criminalística y un doctorado en Psicología, títulos que no le otorgan ninguna facultad de ejercer como médico; sin embargo, decidió llevar al extremo el dicho Fake it ‘till you make it (Finge hasta que lo consigas). Decidió no ser abogada por profesión, sino psiquiatra de vocación (más bien, de imaginación), prometiendo “curar” la depresión en ocho días y la ansiedad en cuatro, así como prescribir psicofármacos de la misma manera que Willy Wonka da dulces.

Si bien ella es la protagonista de este circo de usurpación profesional, este caso nos deja una pregunta difícil de responder: ¿De quién es la culpa?

Empecemos por las farmacias. Debieron ser el primer filtro de control al acceso indiscriminado a medicamentos controlados. Vender psicofármacos sin verificar las credenciales de quien receta es como vender un bisturí sin preguntar si quien lo compra es cirujano o carnicero. La receta aparece, la cédula (o algo que parece una cédula) también, y listo, la venta está hecha. ¿Responsabilidad? ¿Qué es eso? Y así, individuos como Cote tienen a su alcance medicamentos que pueden alterar el sistema nervioso de sus víctimas sin que nadie cuestione nada.

Están las plataformas como Doctoralia, que se publicitan como espacios de confianza para conectar a los usuarios con “certificados profesionales”. Pero parece que esta certificación es más una declaración de “es verdad, créeme” que una verificación exhaustiva. En el caso de Cote, una simple búsqueda en esa plataforma era suficiente para encontrarla como una especialista de la salud mental, sin que nadie verificara si sus títulos tenían sustento o eran un cuento de jamás. Para colmo, la misma página le otorgó un premio en los Doctoralia Awards en 2017.

Y, claro, están las universidades, que no se quedan atrás en este espectáculo de irresponsabilidad y complacencia. Cada vez es más frecuente que otorguen doctorados en áreas de salud mental a personas sin la formación afín, como si un papel con sellos fuese suficiente para cubrir la ignorancia o la falta de preparación. Aquí se produce otro eslabón de la cadena: ¿de qué sirve un título de doctor si la persona titulada nunca ha estudiado nada relacionado con el campo?

Finalmente, está la sociedad. Somos un público crédulo y cómplice que tiende a aplaudir el desfile de “doctores” y “terapeutas” nefastos. Porque, seamos sinceros, Marilyn Cote no es la primera ni será la última en explotar la estupidez ajena. Hoy, cualquier charlatán con un cursillo de 20 horas y vocabulario rebuscado puede autodenominarse “terapeuta” y practicar pseudoterapias absurdas (Coff… coff… psicoanálisis, la Gestalt, la bioneuroemoción, constelaciones familiares o la sacrosanta PNL). Y ahí va la gente, con billete en mano, dispuesta a pagar por estas “curas” que no curan nada más que la cartera de estos farsantes.

No es tan distinto en las escuelas, donde abundan maestros devotos de los neuromitos, predicando estupideces como los estilos de aprendizaje, las inteligencias múltiples y la “inteligencia emocional”. La verdad es que estos pseudoeducadores y pseudoterapeutas son solo otra clase de Marilyn Cote, pero sin Photoshop. Si los charlatanes como Cote triunfan, es porque hay un público dispuesto a consecuentarlos.

Y así, en esta tragicomedia de usurpación profesional y títulos de fantasía, queda claro que la peor enfermedad mental no es la que trata una Marilyn Cote, sino la que padece una sociedad que sigue ovacionando a charlatanes.

De cualquier modo, todos juegan su papel: las farmacias que venden sin preguntar, las plataformas que promocionan sin verificar, las universidades que gradúan sin discriminar y, por supuesto, nosotros, el público ingenuo y encantado de ser estafado. Aplaudamos, señoras y señores, aplaudamos al farsante de turno; total, ¿qué más da si alguien sale herido? Mientras el show continúa y la ignorancia se vende bien, el telón no bajará.

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