El atlaquetzalli, una antigua bebida elaborada con cacao, forma parte de las leyendas que vinculan a Hidalgo con los orígenes de una de las tradiciones más antiguas de México

La molienda de cacao en San Nicolás, Ixmiquilpan, mantiene viva una tradición otomí que combina historia, gastronomía y rituales heredados desde la época prehispánica
El chocolate forma parte de la vida cotidiana de millones de mexicanos, pero pocos conocen que en Hidalgo existe una tradición donde el cacao representa mucho más que un alimento. En el barrio de San Nicolás, Ixmiquilpan, la molienda del chocolate continúa realizándose como un ritual comunitario heredado por generaciones, una práctica que une la cocina tradicional, la cosmovisión otomí y las antiguas raíces mesoamericanas.
Mientras bebidas ancestrales como el tejate, el pozol o el tescalate son ampliamente conocidas en distintas regiones del país, existe otra preparación ligada a la historia de México y de Hidalgo: el atlaquetzalli, considerada por algunos investigadores como una de las bebidas ceremoniales elaboradas con cacao más antiguas de Mesoamérica.
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La historia del cacao está rodeada de mitología. De acuerdo con una antigua leyenda mesoamericana, Quetzalcóatl robó el árbol del cacao del paraíso de los dioses para entregarlo a la humanidad.
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La tradición relata que el dios emplumado llevó la planta hasta Tula, en el actual estado de Hidalgo, donde pidió a Tláloc enviar lluvias para que creciera y a Xochiquétzal regalarle flores que permitieran su desarrollo.
Cuando el árbol dio fruto, Quetzalcóatl enseñó a los habitantes a tostar, moler y preparar las semillas, dando origen a una bebida reservada para gobernantes, sacerdotes y nobles.
Aquella preparación recibió el nombre de atlaquetzalli, que significa “agua preciosa”, una bebida fría elaborada originalmente con cacao, vainilla, chile, hoja santa, flor de magnolia, miel y otras especias aromáticas.
El Códice Florentino, elaborado por fray Bernardino de Sahagún, también menciona esta bebida, señalando que incluso era comercializada en los mercados y utilizada durante ceremonias matrimoniales debido a las propiedades que se le atribuían.

Aunque el paso del tiempo transformó muchas costumbres prehispánicas, en San Nicolás, uno de los barrios más antiguos de Ixmiquilpan, el cacao continúa ocupando un lugar especial.
De acuerdo con el estudio académico Naturaleza y Sociedad. Desafíos Medioambientales, la preparación del champurrado y del charape, una bebida elaborada con pulque y semillas locales, forma parte de los rituales de las fiestas patronales del pueblo.
La investigación explica que la molienda del cacao representa mucho más que una actividad culinaria: constituye un acto simbólico de reciprocidad, cooperación y fortalecimiento comunitario, donde hombres y mujeres participan alrededor del metate para mantener viva una herencia transmitida durante siglos.
Los investigadores señalan que esta práctica refleja la continuidad de la cocina tradicional otomí y su estrecha relación con la naturaleza, la religión y la identidad colectiva.
Cada año, durante las festividades de San Nicolás, decenas de cocineras tradicionales y habitantes del barrio se reúnen para realizar la Molienda de Chocolate, una actividad donde el cacao se trabaja manualmente en metate para elaborar el chocolate que posteriormente servirá de base para bebidas tradicionales y para el mole que acompaña las celebraciones.
Lejos de ser únicamente una demostración gastronómica, esta práctica simboliza el trabajo comunitario y el compromiso por conservar conocimientos ancestrales que han sobrevivido a la conquista, la modernidad y el paso del tiempo.
El orgullo por Hidalgo no solo se encuentra en sus paisajes, zonas arqueológicas o Pueblos Mágicos. También vive en sus cocinas, en las manos que siguen moliendo cacao como lo hacían sus antepasados y en las recetas que continúan transmitiéndose entre generaciones.
Historias como la del atlaquetzalli o la tradicional Molienda de Chocolate de San Nicolás recuerdan que el patrimonio cultural del estado también se preserva en sus alimentos y bebidas, donde cada ingrediente guarda una parte de la historia de México y del pueblo otomí.
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