El monasterio de Tutotepec, el más antiguo de la región Otomí-Tepehua, es escenario de una de las festividades más importantes de la sierra hidalguense

Cada dos años, la comunidad se reúne para rendir homenaje a la Santa Campana con música, ofrendas y vestimenta tradicional otomí
Te compartimos uno de los vestigios religiosos más importantes de la comunidad de Tutotepec, el primer monasterio construido en la región de la zona Otomí-Tepehua, con la llegada de la orden de los frailes agustinos durante el proceso de evangelización. Hoy en día, se lleva a cabo una tradición ceremonial en honor a la “Santa Campana”, un símbolo de la tierra.
La celebración en la sierra hidalguense se realiza en mayo, cada dos años o cuando hay recursos para ello. Durante esta festividad, la zona del patio se llena de músicos, artesanos y cocineras, quienes comparten sus saberes y sabores, según nos contó la promotora cultural Rocío Mariela Espinosa Mejía.
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Dentro de estas actividades rituales, se hacen ofrendas con vasijas llenas de comida, las cuales se entierran en un hoyo para alimentar a la tierra.
Además, una de las actividades centrales es cambiar el atuendo de la campana, que se encuentra en la parte más alta del lugar. Se le colocan prendas tradicionales otomíes, como las que usan las mujeres de la comunidad: faldas, rebozo y trenzas, elaboradas por las mismas mujeres. Mientras tanto, los hombres se encargan de limpiar la campana, cambiar sus prendas y colocar las ofrendas que la gente lleva, como utensilios de cocina, juguetes y más. Esta labor es considerada una de las tradiciones más importantes de la comunidad.

En esta zona, ubicada a gran altura y alejada del pueblo, se estableció el Señorío de Tutotepec, pues desde aquí se podía vigilar toda la región.
En entrevista, Mariela nos compartió que cuando inició el proceso de evangelización con los frailes agustinos, hubo fuerte resistencia por parte de los habitantes, quienes huyeron y se refugiaron en las cuevas de la montaña. Ante esta situación, los religiosos consideraron que era muy difícil lidiar con ellos, por lo que posteriormente llegaron integrantes de la orden franciscana.
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Con el tiempo, se dio un sincretismo entre las tradiciones prehispánicas y la religión católica, lo que permitió la creación de fiestas con toda la riqueza cultural otomí, en las que conviven prácticas indígenas con creencias religiosas. Tan es así, que dentro del recinto hay figuras de tamaño real, tanto de imágenes católicas, como Cristo y la Virgen María, como de personajes indígenas, de quienes se cuentan diferentes historias, aunque no se sabe con certeza a quién representan ni desde cuándo están en la zona del altar.
Este lugar impresiona desde la entrada, con su pequeña puerta central, que da paso a la edificación de piedra y la energía de un sitio antiguo, lleno de tradición. Sus habitantes han logrado preservarlo, y sin duda, vale la pena conocerlo.
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