¿En qué sociedad nos estamos convirtiendo, que solo escuchamos, nos sorprendemos, incluso nos solidarizamos momentáneamente con las personas afectadas, pero no somos capaces de gritar y exigir que se detenga esta ola de violencia que como una avalancha nos devora?

Era una tarde gris, triste, que advertía el encuentro con una historia desgarradora, que lastima, que duele, que encabrona y que hasta el cielo acompañaría con sus lágrimas como una exigencia de justicia.
Desde lejanas tierras viajó hasta la Bella Airosa una mujer que lleva en su equipaje el relato de su tragedia, para compartirla con quien quiera conocerla.
Era el momento propicio y la audiencia empática escuchaba sorprendida los detalles de una historia de terror que más parece de ficción, pero que lamentablemente en este México nuestro es cada vez más común, más actual, reflejando una dolorosa realidad cotidiana y que muchos nos negamos a aceptar.
Frente a un centenar de personas, la escritora, la periodista, la madre, narraba con una entereza característica de las mujeres a quienes les han arrebatado lo más preciado, que es la vida de una hija, cada uno de los momentos del crimen que destruyó parte de su vida.
Y aunque pareciera irreal, la historia del infame asesinato de María del Sol se está volviendo cada vez más cotidiana, porque en México son muchas más Marías del Sol víctimas de una violencia que solo perciben los cercanos a esas mujeres, porque quienes son los responsables de velar por la seguridad de los ciudadanos parece no importarles, porque esas autoridades, desde las de mayor jerarquía, hasta el policía de la esquina, parecen mirar a otro lado, incluso ignorarlas, como si con eso desapareciera el delito y con ello los porcentajes de las estadísticas de criminalidad disminuyeran para que los políticos puedan presumirlas.
Pero no es así, ahí están las historias de mujeres como María del Sol, una joven que fue acribillada afuera de un lugar de diversión, al que acudió después de una jornada extenuante de cobertura de campaña.
Y como ocurre en muchos de los casos, las autoridades con su acostumbrada lentitud y sus complicidades nomás no ha logrado avanzar en las investigaciones y averiguaciones, que por cierto su madre, como las madres a quienes les han matado a un hijo o una hija, por su cuenta va encontrando indicios, pruebas que por contundentes son irrefutables, pero que carecen de valor ante ministerios públicos o jueces.
Con una fortaleza a toda prueba, la madre de María del Sol estaba ahí, desnudando las entrañas de un sistema corrupto que, después de siete años, no ha sido capaz de hacer justicia a este crimen.
Cada detalle, cada avance de la investigación pericial de la madre era escuchado por un público que, en silencio, gritaba “¿Y qué chingados estamos haciendo para exigir justicia?”, “¿En qué sociedad nos estamos convirtiendo, que solo escuchamos, nos sorprendemos, incluso nos solidarizamos momentáneamente con las personas afectadas, pero no somos capaces de gritar y exigir que se detenga esta ola de violencia que como una avalancha nos devora?”.
¿De qué chingados puede servir este peregrinar de una madre en busca de justicia para su hija, si no hacemos algo para obligar a las autoridades a despertar de su letargo y dejar de decir que el número de homicidios en México ha disminuido, si hay casos no resueltos y hay madres ignoradas por las más altas autoridades?
Lo más grave y preocupante es saber que esos casos no solo son de otros estados, que hay aquí vergonzosos casos de mujeres violentadas, víctimas de intentos de homicidio, con hijos que viven con la angustia de que, en cualquier momento, pueden quedarse huérfanos y las autoridades ni las ven ni las oyen y mucho menos atienden sus llamados de auxilio, quizá protegiendo a los victimarios.
¿Qué esperan?
Yo espero sus comentarios.
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