Imagen: Juan Manuel Menes Llaguno
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La inundación del 24 de junio de 1949. El cuento y la cuenta de las víctimas mortales

Tres circunstancias coadyuvaron a la construcción de las muchas versiones: la primera, el displicente manejo del registro civil, impotente para rastrear todos los casos de muerte de la catástrofe

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El próximo miércoles 24 de junio —día de San Juan— se cumplirán 77 años de la inundación sufrida por la ciudad de Pachuca en 1949. De tal catástrofe se han escrito cientos de páginas y se han intercalado las más inverosímiles narraciones, hay versiones que han exagerado sus efectos y otras que los han minimizado; formó parte de la generación que, si bien la vivió, no tenía aún edad para percatarse de lo sucedido, aunque si escuché y crecí con los relatos de quienes guardaban recuerdos palpables de aquel acontecimiento.

Para abordar el tema es necesario circunscribir la “zona cero” de tan nefasto acontecimiento, ya que, si bien se derivó de una tromba de importantes proporciones, es conveniente precisar que tal meteoro sucedió en la zona montañosa del norte de la ciudad, de donde se derivó el gran caudal que se precipitó en el cauce del Río de la Avenidas hasta encontrarse con el dique de basura que se formó debajo del entonces mercado Benito Juárez —hoy Miguel Hidalgo—, sitio donde el torrente se desbordó rompiendo bardas y destruyendo casas a un y otro lado de su rivera, de ahí que los efectos letales ocurrieran en un ámbito perfectamente determinado. A saber, la primera calle de Venustiano Carranza, desde las Cajas —edificio ubicado frente al actual mercado Benito Juárez— se prolongó por la de Hidalgo hasta el parque de su nombre, a las que se sumaron la calle Julián Villagrán, en el espacio comprendido entre la parroquia de La Asunción y la escuela Justo Sierra, con especial incidencia en el ya referido espacio de La Cuchilla —ubicado al poniente del hoy mercado Miguel Hidalgo— y desde luego con menores efectos en las calles de Zaragoza, Primera de Allende y Primera de Guerrero. 

Las primeras cifras oficiales se derivaron de las 49 inhumaciones realizadas el domingo 26 de junio, a 32 adultos y 10 niños, así como siete cuerpos no identificados. No obstante, los trabajos realizados por el personal del Ejército mexicano, que llegó al día siguiente para auxiliar a las autoridades, se hallaron más cuerpos en los montículos de lodo arrastrado hasta el jardín Colón y los andadores del parque Hidalgo, con lo que la cifra se elevó a 67 personas, aunque también se estimó que hubo además un número aproximado de cien desaparecidas, con lo que la cifra de víctimas se aproximaría a las 200, ya que en las labores de levantamiento escombros fue imposible revisar del todo el contenido depositado en camiones de volteo que auxiliaron las labores de los días siguientes.

Tres circunstancias coadyuvaron a la construcción de las muchas versiones: la primera, el displicente manejo del registro civil, impotente para rastrear todos los casos de muerte de la catástrofe; la segunda, la información dispersa que se generó al margen de todo rigor periodístico, y la tercera, la brutal e inhumana forma de limpiar los desechos arrastrados por el agua, sobre todo en el espacio de la cuchilla y en los últimos tramos de la calle de Hidalgo, a lo que se aunó el débil reclamo realizado por muchos familiares de las víctimas.

Narraba el reconocido abogado Raúl Arias Soria que al lado de su casa —ubicada en el último tramo de la calle de Hidalgo— llegaron integrantes de la tropa con trascabos que levantaban los montones de tierra aún lodosa, entre los que iban revueltos muchos cadáveres de animales y personas y justificaban tan ruin acción señalando que era para evitar epidemias y otros males mayores derivados de la descomposición de los cuerpos.

¿Pero de dónde procedieron las víctimas? Las primeras, sin duda, de las galeras de la Policía Municipal, ubicadas en la entonces Dirección de Seguridad Municipal en la calle de Venustiano Carranza; de igual forma las decenas de comerciantes establecidos en la explanada de la aludida cuchilla, así mismo de los dueños de los puestos semifijos que se apilaban debajo de los arcos del jardín de La Constitución y, finalmente, de los pobres transeúntes que circulaban en los sitios por donde el torrente corrió tras formarse el dique debajo del entonces mercado Benito Juárez, hoy Miguel Hidalgo, que derribó bardas y casas.

Mientras todo esto sucedía en las calles de Hidalgo, Julián Villagrán y las primeras de Guerrero, Allende y Zaragoza, el resto de la ciudad permanecía al margen de todo estropicio, inclusive repetiré aquí lo que decían comerciantes como el español Fernando González Ballina, dueño entonces de las cantinas El puerto de Llanes, al inicio de la calle de Morelos y la Lonja, establecida en la esquina de Guerrero y Romero: “En mis dominios (se referencia ambas cantinas) ni cantineros ni parroquianos se enteraron de nada hasta al menos una hora después”.

La placa que ilustra esta nota, coloreada por la inteligencia artificial, es la escena que vieron desde las azoteas de los edificios de la segunda calle de Hidalgo el fotógrafo Alberto Peñafiel y el conocido empresario Jaime Gallego, quienes tomaron una secuencia de cinco placas —en blanco y negro— aquella tarde del 24 de junio de 1949. Esta es la más descriptiva de todas.

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