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Hace (3) meses

Una generación bajo amenaza silenciosa

No se trata únicamente de estadísticas frías ni de un problema ajeno que ocurre “en otros lugares”; es una realidad

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El aumento del consumo de drogas y sustancias psicoactivas entre jóvenes es, sin exagerar, una de las señales más preocupantes de nuestro tiempo. No se trata únicamente de estadísticas frías ni de un problema ajeno que ocurre “en otros lugares”; es una realidad que ya habita en nuestras colonias, en nuestras escuelas, en nuestras familias y, dolorosamente, en nuestros propios hogares.

Desde mi adolescencia he tenido la oportunidad, movido por mi fe, de acercarme a personas con problemas de adicción. He visto de cerca el dolor, la desesperación y la destrucción silenciosa que estas sustancias provocan. En otra ocasión compartiré con mayor profundidad esas experiencias. Hoy quiero centrarme en algo que considero urgente: el alarmante incremento del consumo entre nuestros jóvenes. 

Hace poco tuve la oportunidad de acompañar a una joven que conozco desde niña. Proviene de una familia que aprecio profundamente y, sin embargo, el problema tocó su puerta. El consumo comenzó como suele comenzar: curiosidad, presión social, momentos de vulnerabilidad. Lo que parecía algo pasajero se convirtió en una lucha seria. Hoy, gracias al amor de su familia, a la intervención oportuna y, estoy convencido, a la gracia de Dios, su historia es un caso de éxito. Ha sido rescatada y ahora se prepara para compartir un mensaje de esperanza con otros jóvenes. Su vida demuestra que sí se puede salir, pero también nos recuerda que nadie está exento de caer.

Las cifras confirman lo que muchos ya percibimos en la calle. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025, el consumo de cualquier droga alguna vez en la vida en la población mexicana de 12 a 65 años pasó de 10.3 por ciento en 2016 a 14.4 por ciento en 2025. El incremento es significativo y sostenido. Regiones como Ciudad de México, el centro del país y zonas del norte registran aumentos particularmente preocupantes.

El cannabis continúa siendo la droga ilegal de mayor consumo, al pasar de 8.6 por ciento en 2016 a 12.0 por ciento en 2025. Sin embargo, el problema no termina ahí. El Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones señala que los estimulantes tipo anfetamínico, especialmente el llamado cristal, se están convirtiendo cada vez más en drogas de inicio. Es decir, ya no se empieza necesariamente por sustancias consideradas “suaves”; muchos jóvenes están entrando directamente a drogas altamente adictivas y destructivas.

Los datos del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones también muestran una realidad cercana: en Hidalgo, las principales sustancias por las que se solicitó tratamiento en 2023 fueron metanfetaminas, el alcohol, la marihuana y la cocaína. Esto confirma que el problema no es distante ni exclusivo de grandes metrópolis. Está aquí.

Pero detrás de cada número hay una historia, un rostro, una familia que sufre. Las adicciones no solo destruyen a quien consume; erosionan el tejido familiar, afectan la economía del hogar, generan violencia, abandono escolar, depresión y, en muchos casos, pérdida de vidas.

Vivimos en una época donde la disponibilidad de sustancias es mayor, su potencia es más alta y el acceso es más fácil que nunca, incluso a través de redes sociales y entornos digitales. A esto se suman factores como la soledad, la ansiedad, la falta de sentido, la desintegración familiar y la ausencia de acompañamiento emocional. Las drogas no llegan solas: encuentran terreno fértil donde hay vacío.

Por eso, el llamado es claro y urgente.

A las familias: hablen con sus hijos. Escúchenlos sin juicio. Conozcan a sus amigos, sus entornos, lo que consumen en internet, lo que sienten y lo que callan. El amor cercano y vigilante sigue siendo el mejor escudo.

A los padres: no minimicen señales de alerta. Cambios bruscos de conducta, aislamiento, irritabilidad, bajo rendimiento escolar, secretos excesivos o descuido personal pueden ser avisos tempranos. La prevención comienza en casa.

A los jóvenes: no se dejen engañar. Las drogas no son un juego, no son una moda ni una vía de escape inofensiva. Detrás de la aparente diversión hay dependencia, pérdida de control y, muchas veces, un camino difícil de revertir. Su vida vale demasiado como para apostarla por una experiencia momentánea.

Y a todos como sociedad: dejemos de normalizar lo que destruye. Necesitamos recuperar espacios sanos, fortalecer valores, crear redes de apoyo y ofrecer alternativas reales de desarrollo, deporte, arte y propósito.

La historia de la joven que hoy se levanta como testimonio vivo nos recuerda que la esperanza existe. Siempre hay una salida, siempre hay restauración posible. Pero también nos advierte que la mejor victoria es la prevención.

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