En estos días hemos conocido una terrible historia que involucra un infame caso de abuso sexual, acontecido en Francia.

En estos días hemos conocido una terrible historia que involucra un infame caso de abuso sexual, acontecido en Francia.
Dominique Pelicot, padre de tres hijos, y su esposa, Gisèle Pélicot, que calificaba su matrimonio de 50 años como normal, enfrentan una terrible crisis que inicia cuando el esposo es denunciado por grabar en lugares públicos debajo de la falda de mujeres. Cuando la Policía lo detiene y confisca sus dispositivos electrónicos, encuentra material probatorio de violaciones sexuales a su esposa por sujetos desconocidos, cuando ella se encontraba inconsciente, bajo el influjo de fármacos administrados por su propio esposo.
El escándalo ha sido mayúsculo. No hay manera de entender qué puede ocurrir en la retorcida mente de un sujeto como ese que lo lleve a drogar a su esposa, buscar a desconocidos, citarlos en su casa, permitir las agresiones sexuales, documentarlas en fotografías y videos. Tampoco hay manera de entender que los violentadores accedieran a participar en el delito de abuso sexual de una mujer que no era capaz ni de consentir ni resistirse por encontrarse inconsciente. Esto por más de una década.
Este doloroso episodio, en donde hablamos de una condición de sumisión química, permite poner en la discusión pública un delito que no es nuevo y que, al igual que muchas violencias, está envuelto en el silencio y la falta de denuncia; donde las víctimas, en su mayoría, no actúan por miedo a la revictimización y por la vergüenza.
La sumisión química se define como el uso de una sustancia psicoactiva con fines delictivos de forma que se pueda manipular la voluntad de las personas o modificar su comportamiento.
En esta situación, los efectos farmacológicos de la sustancia administrada evitan que la víctima se encuentre en condiciones de prestar su consentimiento legal o de presentar resistencia a
su atacante.
Los fines delictivos pueden ser de tipo sexual, el robo, el secuestro, entre otros.
En la literatura científica generalmente se establecen dos tipos de sumisión química: la premeditada o proactiva, en la cual el violentador le proporciona a su víctima, sin su conocimiento, una sustancia incapacitante con el objetivo de someterla, y la oportunista en la cual el violentador aprovecha para cometer la conducta delictiva que la víctima está prácticamente inconsciente debido al consumo voluntario de alcohol, medicamentos o drogas de abuso.
Hay casos en los que se da una conjugación de ambas situaciones, cuando la persona ha ingerido voluntariamente alguna sustancia, como por ejemplo alcohol, y el violentador añade otra substancia anónimamente.
Hemos conocido de casos como los de las denominadas “goteras” cuando, generalmente hombres, son enganchados en antros, bares o lugares de ocio, por mujeres, que de esos lugares públicos los conducen a hoteles en donde los abandonan después de robarles. Los hombres habían quedado inconscientes y, en algunos casos, habrían perdido la vida, por una sobredosis de la sustancia que sus acompañantes les suministraban. Claro ejemplo de sumisión química con fines de robo.
Aquí vale la pena apuntar que, en delitos como este, no se juzga a las víctimas, diciendo que les pasó lo que les pasó por andar solicitando o buscando favores sexuales con descocidas. Acá sí, y como debe ser, se señala a las violentadoras.
En los últimos años se ha incrementado el uso de la sumisión química con fines de abuso sexual. La víctima suele ser una mujer joven.
Aunque los casos son diferentes entre sí, los relatos de las víctimas tienen ciertos puntos en común: la víctima está en una situación social o laboral aparentemente carente de peligro —una fiesta, un restaurante, un club, una cena de trabajo, en casa de un amigo o conocido— y consume una bebida. En un corto periodo sufre una pérdida de conciencia. Cuando despierta y es consciente de su situación, han pasado varias horas, no recuerda lo que ha ocurrido, puede estar en un lugar desconocido o diferente. Algunas víctimas pueden no estar seguras de si han sido o no agredidas sexualmente, mientras que en otros casos hay signos y síntomas evidentes de tal agresión.
Las sustancias utilizadas son sustancias psicoactivas en general, tanto las depresoras como las estimulantes del sistema nervioso central; los efectos buscados para conseguir el control de la víctima a través de estas son la llamada amnesia anterógrada o incapacidad de recordar hechos nuevos, que no afecta a los hechos antiguos. La sedación, para perturbar la capacidad de vigilia, atención y respuesta ante una agresión. Efectos alucinógenos con desorientación temporal y espacial. La desinhibición, en donde la víctima puede llegar a aceptar situaciones que en condiciones normales hubiera considerado inaceptables.
Hablando del tipo de sustancias que se utilizan podemos remitirnos a diversos fármacos como benzodiacepinas o a drogas como cannabinoides y cocaína. Sin embargo, está documentado que, estadísticamente, la principal sustancia usada para cometer estos delitos es una totalmente legal, el alcohol.
El caso de Gisèle Pélicot nos enfrenta a que el riesgo de ser víctimas de sumisión química está también dentro de nuestras casas, al interior de nuestras propias familias, lo cual es devastador.
La decisión de Gisèle de que su juicio se lleve a cabo en audiencias públicas tiene un significado poderoso.
Ella pudo decidirse por audiencias privadas, dada la naturaleza del delito, pero ha preferido exponerlo para que sea ampliamente difundido y que todos los implicados deban dar la cara.
Entre los sentimientos que experimenta está la vergüenza. Su valiente decisión es también un reclamo. La víctima es la víctima, ¿por qué debe además avergonzarse de ello?
Así como ella, ninguna otra mujer víctima de agresión sexual en condición de sumisión química tiene por qué sentir vergüenza. Con independencia del lugar en donde estaba, con quien estaba, lo que bebía; no existe justificación alguna para ser sometida, obligada a una relación sexual no deseada, sin la posibilidad de consentir o resistir.
Suele pensarse que el hecho de no tener memoria del ataque es, por decir, una ventaja. Nada más alejado de la realidad. Las víctimas de este delito cursan con ansiedad, temor, depresión, incluyendo intenciones suicidas. Agonía eterna ante la incertidumbre de lo que pudo ocurrirles en ese estado de inconciencia.
Los violadores creen tener derecho a aprovecharse de la víctima por que ha bebido de más y lo merece. Creen tener derecho a adulterar lo que bebe de manera premeditada porque lo busca al estar en ese lugar, a esa hora. ¿Quién le ha dado al violador el rango de disciplinador?
Los violadores de Gisèle creían que no había problema de asaltarla porque contaban con la autorización de su marido. ¿Quién le dijo a Dominique Pelicot que el cuerpo de su esposa le pertenece y puede hacer uso de él?
Poderosa la frase de Gisèle: “Que la vergüenza cambie de bando”.