¿Cuánto más debe deteriorarse el entorno para que el diagnóstico científico deje de ser consulta académica y se convierta en prioridad de gobierno?

En Hidalgo, la discusión ambiental suele activarse cuando ocurre una emergencia: una inundación en Tula, la mala calidad del aire en la región industrial o el deterioro del río Tula. Sin embargo, el problema no es la falta de información.
Desde hace décadas, investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y organismos como el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (Inecc) han documentado con precisión los principales desafíos ambientales del estado.
El diagnóstico existe. Lo que falta es convertir ese conocimiento en política pública consistente.
La región Tula–Atotonilco–Apaxco es uno de los complejos industriales más importantes de México, pero también uno de los más estudiados desde la perspectiva ambiental.
Investigaciones sobre calidad del aire han identificado que la refinería Miguel Hidalgo, de Pemex, junto con la central termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, de la Comisión Federal de Electricidad, son dos de las principales fuentes de emisiones contaminantes en la región. Un análisis de modelación atmosférica realizado por J. S. García-Escalante y colaboradores demostró que las emisiones de estas instalaciones influyen no solo en la calidad del aire local, sino también en la composición atmosférica de la Zona Metropolitana del Valle de México (García-Escalante et al., Estudio Sobre la Influencia del Complejo Industrial de Tula en la Atmósfera Regional).
Documentos técnicos sobre la cuenca atmosférica de Tula, elaborados con participación de autoridades ambientales federales, señalan que esta región es responsable de la mayor parte de ciertos contaminantes emitidos en Hidalgo, incluyendo alrededor de 97 por ciento del dióxido de azufre (SO₂) generado en el estado.
Además, estudios sobre el funcionamiento del complejo energético indican que la termoeléctrica de Tula y la refinería concentran gran parte de las emisiones industriales regionales, incluyendo óxidos de nitrógeno y compuestos derivados de la combustión de combustibles pesados.
No es casualidad que diversos análisis académicos y técnicos consideren esta zona como una de las regiones críticas de contaminación atmosférica en México, con problemas identificados desde finales del siglo pasado.
La evidencia científica indica que los contaminantes atmosféricos pueden transportarse a largas distancias. Por ello, investigadores han estudiado cómo las emisiones industriales del complejo energético de Tula afectan incluso a la Zona Metropolitana del Valle de México.
Este fenómeno convierte a la región en un ejemplo claro de cómo los problemas ambientales ya no pueden abordarse únicamente desde la escala municipal o estatal.
El aire, literalmente, no reconoce fronteras administrativas.
El río Tula: contaminación acumulada durante décadas
Otro de los temas centrales en la literatura científica sobre Hidalgo es el deterioro del sistema hídrico del río Tula.
Durante décadas, el río ha recibido aguas residuales provenientes del Valle de México, utilizadas posteriormente para el riego agrícola en el Valle del Mezquital. Sin embargo, diagnósticos institucionales señalan que las descargas locales también contribuyen significativamente al deterioro ambiental del río.
Afirmación que por sí sola deja entrever la forma en que el gobierno local aborda la problemática ambiental, con una visión reduccionista que no logra dimensionarlos impactos que las descargas de aguas residuales provenientes del valle de México representan en ese proceso de contaminación.
Frente a esa afirmación, podemos asegurar que la situación se agrava porque el sistema hidráulico de la región está profundamente interconectado con la infraestructura de drenaje metropolitano de la Ciudad de México. Esto ha generado una dinámica compleja: el agua residual se convierte en recurso agrícola, pero también en vector de contaminación.
Diversos estudios impulsados por autoridades ambientales federales han planteado la necesidad de avanzar hacia programas integrales de saneamiento del río Tula, así como hacia estrategias de manejo del agua que reduzcan riesgos sanitarios y ambientales en la región.
La discusión, por tanto, no es únicamente ambiental. También es económica y social.
Más allá de los problemas locales, Hidalgo también enfrenta desafíos vinculados al cambio climático.
Inventarios de emisiones elaborados con la participación del Inecc han insistido en la necesidad de contar con diagnósticos regionales detallados para diseñar estrategias de mitigación y adaptación. Estos estudios subrayan que el conocimiento de las fuentes de emisión es indispensable para desarrollar políticas climáticas efectivas a nivel estatal y municipal.
En el caso de Hidalgo, el reto es doble: por un lado, reducir emisiones provenientes de grandes complejos industriales; por otro, gestionar los impactos climáticos en sectores como el agua, la agricultura y el crecimiento urbano.
El panorama que emerge de los estudios científicos es claro. Hidalgo enfrenta una combinación de problemas ambientales interconectados: contaminación atmosférica en la región industrial de Tula, deterioro del sistema hídrico del río Tula y presiones crecientes derivadas del cambio climático.
Pero también es cierto que existe una base científica sólida para comprender estos desafíos. Investigadores de la UNAM, la UAEH y organismos federales han producido diagnósticos detallados sobre la calidad del aire, el agua y las emisiones contaminantes.
El problema es que muchas de estas investigaciones siguen teniendo más impacto en congresos académicos que en decisiones de política pública.
Si algo muestra la evidencia científica es que los problemas ambientales de Hidalgo no son nuevos ni inesperados. Son fenómenos documentados desde hace décadas.
Por eso, quizá la pregunta más incómoda que deberían hacerse las autoridades ambientales y el gobierno estatal no es qué está pasando con el ambiente en Hidalgo.
La pregunta es por qué, teniendo diagnósticos tan claros, los cambios estructurales siguen siendo tan lentos.
Es claro que, en Hidalgo, la contaminación no apareció de repente ni por accidente.
Fue creciendo mientras los estudios se acumulaban, mientras los indicadores advertían deterioro y mientras la política ambiental avanzaba a un ritmo menor que el problema.
Por eso, el verdadero debate ya no es técnico, es político:
¿Cuánto más debe deteriorarse el entorno para que el diagnóstico científico deje de ser consulta académica y se convierta en prioridad de gobierno?
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