Hubo un tiempo en que la política se jugaba como el ajedrez. Cada movimiento de un servidor público era calculado con precisión; cada estrategia, ejecutada con maestría. Los ciudadanos, atentos, observaban cómo sus gobernantes realizaban enroques inesperados, sacrificaban piezas con astucia o promovían peones para cambiar el rumbo del juego. Más que un deporte intelectual, el ajedrez político era una disciplina cotidiana.

José Raquel Badillo
Hubo un tiempo en que la política se jugaba como el ajedrez. Cada movimiento de un servidor público era calculado con precisión; cada estrategia, ejecutada con maestría. Los ciudadanos, atentos, observaban cómo sus gobernantes realizaban enroques inesperados, sacrificaban piezas con astucia o promovían peones para cambiar el rumbo del juego. Más que un deporte intelectual, el ajedrez político era una disciplina cotidiana.
Pero en algún momento, sin previo aviso, los políticos arrojaron el tablero y dispersaron las piezas. Dejaron de lado la táctica y la estrategia y desempolvaron otros pasatiempos de mesa, juegos donde las reglas cambiaban a conveniencia y la única certeza era que la sociedad siempre perdía.
Uno de los favoritos en esta nueva ludoteca del poder es la pirinola. Los ciudadanos solicitan servicios públicos y el funcionario, con fingida imparcialidad, gira la suerte y dicta el destino: “Pon uno”. Si el trámite es más engorroso, la indicación se duplica: “Pon dos”. Si una política fracasa y la economía tambalea, la consigna es clara: “Todos ponen”. Pero no nos equivoquemos: un político jamás dirá
“Todos ponemos”. La versión moderna de este juego ha perfeccionado su semántica: “Todos—ustedes— ponen”.
Cuando su mandato llega a su fin, los jugadores aguardan ansiosos la tirada definitiva: “Toma uno”, “Toma dos”, y los más voraces esperan con ansias el codiciado “Toma todo”.
Sin embargo, la astucia política no se limita a la pirinola. En tiempos recientes, algunos optaron por juegos más refinados, como el Memorama. Así ocurrió con la Estafa Siniestra, un caso real donde, en plena pandemia, ciertos funcionarios vieron la oportunidad de estrenar una nueva modalidad de saqueo.
Las reglas eran sencillas: quien no recordara las cartas, quien se distrajera o quien prestara poca atención, perdería. Y así, con una habilidad sorprendente para la omisión y el encubrimiento, varios actores políticos se coludieron ante la mirada extraviada de la sociedad. Apostaron por quedarse con lo que la ciudadanía no reclamara, confiando en que la amnesia colectiva jugaría a su favor. Y si, eventualmente, alguien lograba asociar los pares y exigir lo suyo, ya estaba prevista la salida: devolver solo una fracción, suficiente para calmar las aguas.
Se dice, incluso, que hubo jugadores cuya participación nunca fue cuestionada, cuyas maniobras quedaron fuera del escrutinio público. ¿Pero acaso importa? Mientras la sociedad siga participando sin comprender las reglas impuestas, la ludoteca del poder seguirá abierta, lista para la próxima ronda de engaños.
Dice Rachy: Han apostado por la amnesia y la apatía, sabiendo que si acaso se les descubre lo devolverán incompleto y, en una de esas, con mejor suerte, a otros ni los molestarán…