La Revolución Mexicana de 1910 trajo cambios sociales destacados, como la reforma agraria, el salario mínimo y la jornada de ocho horas. Estas causas fueron plasmadas en la Constitución de 1917.

La Revolución Mexicana de 1910 trajo cambios sociales destacados, como la reforma agraria, el salario mínimo y la jornada de ocho horas. Estas causas fueron plasmadas en la Constitución de 1917.
La reforma agraria fue un trabajo más burocrático que de campo y tardaron muchos sexenios en completar el reparto agrario y establecer los ejidos. Cada gobierno en turno hacía el amago de sentirse como un Dios ante el pueblo, y los campesinos se sentían como en el Éxodo, cada uno cual Moisés en busca de la tierra prometida.
En cuanto al salario mínimo, su escaso poder adquisitivo hace imposible que una familia pueda vivir dignamente sostenida únicamente por el jefe de familia. Por ello, es necesario que también la cónyuge “le entre al quite”. Y que conste que, incluso con ambos trabajando, cubrir dignamente la canasta básica sigue siendo inalcanzable. Da tristeza ir al mercado y ver que el poder adquisitivo equivale a cuatro kilos de jitomate, o desplazarse en la ciudad de un extremo a otro en un taxi y retornar. Ni hablar de atenderse en un modesto consultorio médico con receta similar.
¡Ah!, pero en cuanto a la jornada de ocho horas, ahí sí hay que resaltar que la burocracia ha ganado un gran privilegio: ¡Qué viva la Revolución, hijos de María Morales! La primera hora de la jornada es para tomarse un cafecito y rascarse alguna parte del cuerpo, previendo que, con las prisas de checar asistencia, hayan omitido hacerlo en casa. La última hora laboral es para preparar la salida. Eso sí, si alguien llega requiriendo un servicio, amablemente le dicen que regrese al día siguiente.
Además de las bondades anteriores que trajo consigo la Revolución Mexicana, algunos eruditos atribuyen que la picardía mexicana se explayó durante esta época. Por ello, recordemos brevemente algunas anécdotas:
Del militar Sóstenes Rocha (prerrevolucionario). Una bella dama le preguntó cuál era su mayor placer, a lo que Sóstenes Rocha respondió:
“Mi mayor placer es cuando me vengo”.
La interlocutora se ruborizó. Él, socarronamente, concluyó:
“¿Acaso no ha escuchado que la venganza es placer de los dioses?”
De esa anécdota se tomó el doble sentido para componer algunos versos de La Valentina, que dice:
“Valentina, Valentina,
yo te quisiera decir
que una pasión me domina
y es la que me hizo venir…”
La magia de la ambigüedad deja libre la interpretación personal.
¿Y qué decir de la canción Marieta? La cual dice:
“Marieta, no seas coqueta,
porque los hombres son muy malos,
ofrecen muchos regalos
y lo que dan son puros palos…”
En lo personal, no creo en tanta brutalidad contra el sexo débil, considerando que el hombre es débil ante el sexo.
(Nota al lector: Este artículo ha sido escrito con un espíritu ambiguo y una pizca de irreverencia.)
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