Si así como protegen las paredes y los monumentos protegieran la integridad y la vida de las víctimas de violencias, no habría manifestaciones en las calles exigiendo justicia. Las paredes se pintan de nuevo. Las muertas no regresan. El dolor que dejan las que ya no están no se elimina. La rabia por el asalto a la dignidad de una mujer o una niña no se extingue. Más justicia y menos vallas. Más respeto al sufrimiento de todas ellas.

La prestigiada Escuela Nacional de Medicina formaba a los jóvenes encargados de proveer servicios médicos a la población mexicana, desde su fundación solo formaba a hombres. No sin enormes desafíos sociales y económicos, en 1882, ingresó Matilde Montoya, la primera mujer mexicana en matricularse en la Escuela de Medicina. Para costear sus estudios acudió a la solicitud de becas y apoyos económicos. Enfrentó el desprestigio, la descalificación en una sociedad que argumentaba que esa profesión no ajustaba a la fragilidad femenina; rechazo de sus condiscípulos y maestros; públicamente se le tachó de masona, hereje, viciosa, incompetente para el ejercicio de la profesión, mal ejemplo para las demás.
Al momento de titularse, en 1887, tuvo problemas porque los estatutos escolares aludían a alumnos, no a alumnas. El entonces presidente de la república Porfirio Díaz intervino y emitió un decreto para que se le autorizara presentar su examen profesional, además, asistió personalmente al examen de grado. Así, a pesar de las barreras, y por la voluntad política que lo avaló, Matilde Montoya se convirtió en la primera médica mexicana, abriendo con ello el camino para otras que pudieron exigir su derecho a ilustrarse, a poseer un título universitario y su derecho a ejercer una profesión.
La misma historia de barreras y desafíos enfrentaron María Asunción Sandoval, la primera abogada de México, en 1898. Concepción Mendizábal Mendoza, primera ingeniera civil mexicana, en 1930.
María Luisa Dehesa Gómez Farías, primera arquitecta mexicana, en 1939. María Elena Jiménez Lozano, primera ingeniera agrónoma en México, en 1952.
Hoy nos parece increíble que alguna vez nuestra normatividad, la sociedad y sus costumbres hayan sido tan obtusas como para pensar que el ejercicio de una profesión universitaria debía ser exclusiva de hombres; que las mujeres debían tener sola la instrucción primaria y, si acaso, aprender un oficio relacionado con los roles femeninos socialmente aceptados.
Críticas, descalificaciones, hostigamiento; barreras, muchas barreras para impedir que las mujeres ejercieran uno de sus derechos, el derecho humano a la educación.
Hoy, en pleno siglo XXI, a las mujeres y a las niñas se les niega el derecho humano a vivir una vida libre de violencias, el acceso a la justicia, la reparación del daño. Hoy cientos de mujeres y niñas son violentadas en sus hogares, en las escuelas, en los centros de trabajo, en las calles, en las redes sociales. Hoy cientos de mujeres y niñas son desaparecidas. Hoy cientos de mujeres y niñas son víctimas de trata y explotación sexual.
Hartas de todo y de tanto, miles de mujeres a lo largo y ancho de nuestro país, herido por las violencias, han tomado las calles para expresar su miedo, su dolor, su rabia, su exigencia de justicia. Nadie debería atreverse a tratar de aleccionarlas sobre los modales que deben de caracterizar su lucha, recriminándoles que sean propios a su condición de mujeres. Ya han pedido, implorado, suplicado justicia atendiendo a las “buenas formas” y no ha servido de nada.
La historia ha demostrado que no hay barreras que puedan detener la determinación de una mujer. De una mujer, de dos o de cien que luchan por la garantía de sus derechos.
No pongan barreras, no pongan vallas, ni de metal ni humanas, porque son una invitación a tirarlas.
Las vallas que protegen muros son una afrenta al dolor. La defensa de las paredes humilla a las víctimas de violencias. ¿Es tan difícil de entender?
“Hoy y todos los días alcemos la voz ante las injusticias; que el privilegio no nos nuble la mirada ante el sufrimiento de las otras y que no paremos hasta que todas podamos vivir libres y sin miedo.
Por las niñas, las adolescentes, las adultas mayores, las obreras, las madres y las que decidieron no serlo, las estudiantes y las comerciantes, las mujeres con discapacidad, las que trabajan en los hogares y las trabajadoras sexuales, las indígenas y racializadas, las de la periferia, las de los zulos, las mujeres trans y las que ya se cansaron de que les digan qué es y qué no es ser mujer.
Por las que cuidan, las que buscan, las que pintan, las que gritan, las que renunciaron a más de un sueño por entregarse a los otros y no se arrepienten, y las que renunciaron a más de un vínculo por entregarse a un sueño y tampoco se arrepienten.
Por las amigas, las hermanas y las madres que nos salvan.”
(Tapia M., 2025).
Si así como protegen las paredes y los monumentos protegieran la integridad y la vida de las víctimas de violencias, no habría manifestaciones en las calles exigiendo justicia. Las paredes se pintan de nuevo. Las muertas no regresan. El dolor que dejan las que ya no están no se elimina. La rabia por el asalto a la dignidad de una mujer o una niña no se extingue. Más justicia y menos vallas. Más respeto al sufrimiento de todas ellas.