La gastronomía suele entenderse como una necesidad cotidiana o, en ocasiones, como un lujo; sin embargo, pocas veces pensamos en ella como una forma de memoria.

Hay olores capaces de detener el tiempo. El café recién hecho en casa de los abuelos, una tortilla inflándose sobre el comal o el aroma del pan dulce saliendo del horno tienen algo en común: no solamente alimentan, también despiertan recuerdos.
La gastronomía suele entenderse como una necesidad cotidiana o, en ocasiones, como un lujo; sin embargo, pocas veces pensamos en ella como una forma de memoria. Comer también es recordar.
Basta probar cierto platillo para volver, aunque sea por unos segundos, a algún momento específico de nuestra vida, muchas personas no recuerdan exactamente qué ocurrió en determinada etapa de su infancia, pero sí el sabor de una sopa hecha por su madre, el pan comprado los domingos o el chocolate caliente durante los días de lluvia.
En tiempos donde todo parece buscar rapidez e inmediatez, la cocina conserva algo profundamente humano: el tiempo, preparar pan, cocinar a fuego lento o compartir una sobremesa obliga a detenernos un momento, quizá por eso muchas personas han vuelto a valorar procesos artesanales y recetas tradicionales; no se trata únicamente del sabor, sino de lo que representan.
La comida mexicana ha sobrevivido generaciones enteras precisamente por eso, más allá de técnicas o ingredientes, existe una conexión emocional, cada región conserva panes, guisos y bebidas que cuentan historias familiares y comunitarias, comerlos también es conservar identidad.
La gastronomía no vive solamente en restaurantes o escuelas culinarias, vive en las cocinas de las casas, en los mercados, en las recetas heredadas y en esos sabores que permanecen incluso cuando muchas otras cosas cambian.
Porque al final, todos tenemos algún platillo capaz de regresarnos a casa.
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