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Hace (4) meses

Guerrerear la ciudad: cuando Pachuca se recorría a pie

Crecí en los barrios altos de Pachuca, en la colonia Antonio del Castillo. Desde ahí, el centro nunca se sintió lejos. Al contrario: era parte de la vida diaria. Caminar no era una moda ni una postura consciente; era simplemente como se vivía la ciudad.

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Crecí en los barrios altos de Pachuca, en la colonia Antonio del Castillo. Desde ahí, el centro nunca se sintió lejos. Al contrario: era parte de la vida diaria. Caminar no era una moda ni una postura consciente; era simplemente como se vivía la ciudad.

Muchos de mis familiares tienen negocios sobre la calle Guerrero, otros viven muy cerca de ahí. Mi abuelo me contaba historias de cuando iba por mi mamá y por mis tíos a la escuela. Siempre caminando. Subiendo y bajando todos los días por los barrios altos, sin que eso se sintiera extraordinario.

Pero fue mi abuela quien me regaló una palabra que hoy sigo cargando conmigo. Entre cinco y siete de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar, me decía:

 —¿Quieres ir a “guerrerear”? 

“Guerrerear” era caminar por la calle Guerrero “para dar la vuelta”. Tomada de la mano de mi abuela o de mi mamá, viendo el sol de frente caer sobre el Palacio de Gobierno. Era sentir la tarde, escuchar la ciudad, mirar a la gente pasar. Era estar ahí.

Las subidas hacia los barrios altos a veces se me hacían empinadas. Había días en los que el cansancio ganaba, pero entonces aprendí a levantar la vista. Desde arriba, desde los barrios altos Pachuca se veía hermosa. Caminar me enseñó a conocer la ciudad de memoria: sabía qué locales estaban, cuáles habían cambiado, cuáles seguían igual. Cuando caminas, prestas atención. Y cuando prestas atención, también consumes ahí, recuerdas, te apropias del lugar.

El recorrido casi siempre terminaba igual: en una dulcería que estaba bajo los arcos de plaza Juárez. Mi abuela me compraba dulces y algunas veces cigarros de chocolate y yo me sentía la niña más grande del mundo cuando eso pasaba. Era un pequeño ritual que cerraba la tarde.

Por eso, cuando pienso en la Pachuca de hoy, tan dominada por el automóvil, no puedo evitar preguntarme qué dejamos atrás cuando dejamos de caminar. Perdimos la cercanía, perdimos la ciudad.

A mí me encanta el centro de Pachuca. Creo que gran parte de la ciudad todavía puede recorrerse a pie de forma tranquila y agradable. El centro no solo se deja caminar: te invita a hacerlo. Te invita a quedarte, a consumir, a formar parte de una cultura profundamente guerrera.

Me gustaría que ese espíritu se replicara en otras partes de Pachuca. Que caminar volviera a ser una forma de pertenecer. Que guerrerear no sea solo una palabra que me heredó mi abuela, sino una práctica viva que podamos volver a adoptar.

Hoy mi abuela ya no está. Pero sigo saliendo a guerrerear.

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