La palabra “carnaval” proviene del latín vulgar y significa “abandonar la carne” y su celebración corresponde a los días inmediatamente anteriores del inicio de la llamada Cuaresma, periodo litúrgico de cuarenta días que prepara la Pascua, solemnidad cristiana que conmemora la resurrección de Jesucristo tras su muerte el Viernes Santo…

La palabra “carnaval” proviene del latín vulgar y significa “abandonar la carne” y su celebración corresponde a los días inmediatamente anteriores del inicio de la llamada Cuaresma, periodo litúrgico de cuarenta días que prepara la Pascua, solemnidad cristiana que conmemora la resurrección de Jesucristo tras su muerte el Viernes Santo. En este periodo de poco menos de seis semanas deberá evitarse la ingestión de carne roja o al menos establecer días de ayuno a fin de preparar al cuerpo y a la mente para recordar el misterio de la Resurrección, que es el más importante dogma cristiano.
Esta festividad llegó a América con la evangelización y tuvo desde entonces un carácter fuertemente didáctico para enseñar a cabalidad el auténtico espíritu de la Pascua, el “paso” de Jesús entre los hombres, así como su Muerte y Resurrección; de ahí que los evangelizadores remarcan esta fecha al inicio de la Cuaresma, con un periodo de permisión absoluta, contrastado con los días de recogimiento y abstinencia que debería observarse durante toda la Cuaresma. Esta circunstancia posibilitó que los lugareños pudieran revivir muchas de sus antiguas costumbres sin que ello significara la vuelta de sus creencias idolátricas.
En la mayoría de las ocasiones, dice Robert Ricard en su obra La Conquista espiritual de México, franciscanos, dominicos y agustinos —integrantes de las tres órdenes mendicantes— fueron permisivos para admitir algunos usos inocuos para la nueva religión, ya que se trataba antiguas prácticas festivas autóctonas, que en nada alteraban la esencia de las celebraciones cristianas y mucho coadyuvan a remarcar el sentido litúrgico de la Pascua, de ahí la libre celebración en el llamado carnaval, catalogado por el propio Ricard no como una fiesta de desenfreno, sino como la mejor herramienta pedagógica para subrayar el sentido de la Pascua.
En el hoy territorio hidalguense esta festividad alcanzó gran popularidad, lo mismo en la región de la altiplanicie —Valle del Mezquital, Teotlalpan, Tulancingo y Apan— que en las sierras Baja, Alta, Gorda y Tepehua y finalmente en la región Huasteca, sitios donde en algunos casos la fiesta de carnaval tomó carta de naturalización desde el periodo virreinal, aunque su verdadero posicionamiento se haya logrado en las últimas décadas del siglo XX. Tal es el caso del carnaval de Calnali, municipio de la Sierra Alta, donde conviven muchas costumbres de la cercana región Huasteca.
Calnali, del náhuatl calli, casa, y nalli, al otro lado, toponimia que se traduciría como el lugar de las casas que están al otro lado del río, en el caso que nos ocupa se alude al río Tala, que cruza a este municipio. El sitio tiene profundas raíces nahuas, aunque como población hispana su fundación se remonta a 1730 y se atribuye al indígena molanguense Diego Félix. La evangelización de los desperdigados habitantes de esta zona quedó a cargo de la doctrina de Tlanchinol, operada por los frailes agustinos establecidos desde Atotonilco el Grande hasta Huejutla.
Es el Carnaval —el adiós a la carne— la fiesta que más singulariza a este girón hidalguense, tal festividad celebrada al inicio de la Cuaresma cristiana, regularmente a mediados de febrero, subraya el inicio de la abstinencia para la ingesta de carne roja y por consecuencia la fecha en la que comienza la veda de cacería de venado.
La celebración del carnaval en esta risueña porción del suelo hidalguense inicia con el sonido del cuerno —el shofar, que en la tradición bíblica marca el comienzo de ciertas fiestas sagradas— y luego el redoble de tambores, que arengan a los participantes a presentarse disfrazados. Desde el primer día, van llegando los “cornudos” —que simbolizan a los venados silvestres—, se trata de personajes ataviados con elementos charros y tintes prehispánicas, que esconden el rostro tras una gran máscara rojinegra sobre la que se desplanta una gran cornamenta de venado, todos bailando al son de los compases que entonan las bandas de viento participantes.
Se trata de una fiesta de carácter espontáneo y multicolor en la que se opera un simulado desenfreno previo a los días de penitencia y recogimiento de la Cuaresma, en la que se mezclan imperceptiblemente dos tradiciones festivas, dos creencias heredadas: una, del mundo prehispánico, y otra, traída allende los mares, con la conquista y colonización española, donde las prácticas sincretistas se mezclan, sin saber dónde termina la una y comienza la otra.
En su celebración participan los diversos barrios del pueblo: San Juan, Nueva Esperanza, Barrio Nuevo y Tlala, quienes compiten anualmente para encontrar el mejor disfraz y a quien mejor baile. Se premia desde luego la creatividad de los participantes, sin olvidar la teatralidad con la que se conducen y el gracejo con el que danzan. En carnaval de Calnali es el único que utiliza el disfraz de los “cornudos”, mezcla del bien y el mal, del charro y del demonio los dos espíritus que inspiran la comilona y la abstinencia —el bien y el mal— al mismo tiempo.
Mas toda descripción de esta fiesta es poco para describir el ambiente que se vivirá en esta porción del suelo hidalguense, que este año lo celebrará entre el sábado 14 y el miércoles 18 de febrero. Allá nos vemos.
La imagen que ilustra esta nota fue tomada del archivo del periódico Criterio.
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