El pulso de nuestra región hoy es de pura rabia

El pulso de nuestra región hoy es de pura rabia. Lo que los medios locales han destapado en Progreso de Obregón no es cualquier cosa: ver a la Sedena y a la Policía Estatal entrando al ayuntamiento para llevarse a nueve agentes municipales es la prueba de que el municipio se les salió de las manos hace mucho tiempo.
Se habla en la prensa de investigaciones por delitos terribles, de homicidio y de personas privadas de su libertad que terminaron en canales de aguas negras, señalando que la Policía, en lugar de cuidar, presuntamente se convirtió en el principal motivo de miedo para la gente. Pero mientras los uniformados caen y son llevados ante la justicia, la pregunta que quema en cada esquina del municipio es: ¿dónde estaban la presidenta Lorena Estrada y su grupo de regidores AMEAX mientras todo esto se cocinaba bajo sus narices?
No hace falta ser experto en política ni tener acceso a expedientes secretos para darse cuenta de que algo andaba muy mal en la corporación. Los ciudadanos de Progreso se cansaron de reportar, una y otra vez, patrullas con vidrios totalmente negros que circulaban como búnkeres de la impunidad y elementos que escondían la cara tras capuchas, sin identificación alguna, como si fueran una banda clandestina y no servidores públicos pagados con nuestros impuestos.
Sin embargo, Lorena Estrada y sus regidores aliados prefirieron hacerse los sordos, los ciegos y los mudos. Es imposible creer que la máxima autoridad del municipio no sabía lo que pasaba en su propia dirección de seguridad, a unos cuantos metros de su despacho. Si lo sabían y no hicieron nada, su omisión es una traición al pueblo; y si de verdad no sabían, entonces su incapacidad para gobernar es tan grande que resulta peligrosa.
La humillante huida del director de Seguridad, Juan José Escamilla, justo cuando llegaron las autoridades estatales y federales, es el sello de una administración que se hace agua por todos lados. No hay mensaje más claro de culpabilidad que un jefe policial escapando por la puerta de atrás mientras sus subordinados son esposados.
En medio de este caos, Lorena Estrada y el grupo AMEAX quedan bajo una sombra de sospecha que ninguna campaña de imagen podrá borrar. Los regidores, que por ley deben ser el freno de cualquier abuso y los encargados de vigilar cada peso y cada acción del gobierno, parecen haber sido solo espectadores de lujo o cómplices del silencio mientras el municipio se hundía entre robos de vehículos, robos a casas, balaceras a plena luz del día y una corrupción que ya no se podía ocultar.
Es necesario señalar con dedo firme que en Progreso de Obregón no solo fallaron los policías que hoy están tras las rejas; falló la estructura política que permitió que la policía se pudriera. Gobernar no es nada más cobrar la quincena, repartir despensas o sentarse a calentar la silla en el ayuntamiento; gobernar es tener los pantalones para limpiar la casa y poner orden antes de que el Ejército tenga que venir a hacer el trabajo que a la presidenta le quedó grande.
Hoy, el nombre de Lorena Estrada y de sus regidores incondicionales queda marcado por la falta de carácter y la displicencia. El pueblo no es tonto y sabe perfectamente que cuando un director de policía huye y sus agentes son investigados por delitos de sangre, es porque en la oficina principal alguien permitió que el mal echara raíces profundas. Progreso de Obregón exige justicia, pero también exige que quienes permitieron este desastre den la cara y asuman su responsabilidad por haber dejado al pueblo en manos de la sospecha.
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