Allí, durante un largo proceso de recuperación, su mente generó una analogía perfecta que dio vida a la máxima que definiría el resto de sus días: “Togatus sine toga”

Después de la catastrófica inundación del 24 de junio de 1949 en Pachuca, intentando en vano rescatar sus mercancías y ahorros, los padres de Roberto quedaron casi en la ruina. El local comercial con el que don Lucas había alcanzado la sobreabundancia quedó prácticamente devastado por el agua. La caja que contenía el capital reunido en los últimos años se redujo a mojones de papel, pues monedas guardaban pocas. Sin duda, Pachuca quedó marcada.
Lucas, un hombre de madera fuerte —de esa que ya no hay, pero que algunos hidalguenses guardan en su genética—, encontró la manera de reinventarse y reorganizar su vida. Los meses posteriores a la devastación solo lograron hacerlo más fuerte, y Roberto, el mayor de cinco hermanos, vivió un aprendizaje de entereza que formó su carácter. Sin embargo, la indiferencia ante las carencias por parte de propios y extraños marcó a la familia; incluso quienes le debían a don Lucas se negaron a reconocer sus deudas. Las instancias legales de la época eran elitistas y casi exclusivas; la exigencia de contar con un abogado era un lujo que no podían darse, así que, sencillamente, no les pagaron.
Años después, en las aulas universitarias…
—¡No permito en mi clase a personas sin peinarse, mucho menos a hombres desaliñados! —exclamó el profesor de Deontología Jurídica, ajustándose la corbata con severidad—. ¡En mis exámenes es obligatorio vestir traje!
Esta era la usanza replicada de la Facultad de Derecho de la prestigiosa UNAM, así que prácticamente todos los docentes eran exigentes con la vestimenta de los jóvenes estudiantes de leyes, en su mayoría varones.
—Roberto, al término de la clase se acerca a mí —dijo el profesor Juventino, un hombre recto y de cordial trato, muy distinto al autoritarismo de los demás docentes.
Era ya el quinto año…
—¡A sus órdenes, profesor! —dijo el casi abogado.
—He decidido que alguien de mis estudiantes sea parte de mi despacho —¿Le interesa?
—¡Sí! ¡Claro! ¡Claro que sí! —respondió el futuro profesionista de inmediato, sin poder ocultar la emoción en su sonrisa.
El despacho del profesor Juventino gozaba de un enorme prestigio no solo en Pachuca, sino también en Ciudad de México. En las aulas, Roberto siempre se había distinguido por su tenacidad y su formal manera de hablar; sin embargo, lo que más le agradaba al docente era el carácter imperturbable que proyectaba su estudiante. Eran cualidades cuyo verdadero origen el maestro desconocía, un detonante arraigado en los trágicos incidentes de 1949.
Por eso Roberto defendía con hidalguía y entrega los casos de las personas vulnerables, él no soportaba los abusos.
—¡A dónde tan arreglado! —preguntó don Lucas.
—Voy a un examen profesional, papá.
—¡Ay, hijo! ¡Pensé que ya te ibas con tus amigos! ¿Quién presenta examen? ¿Alguno de ellos?
—No, papá… es el mío.
En ese momento, don Lucas no pudo contener su expresión dimorfa; las lágrimas de felicidad combinadas con su habitual gesto de dureza fueron un instante de gozo indescriptible. Roberto entendió muchas cosas: él sería el primer profesionista de su familia y, además, abogado.
—¿Por qué no dijiste nada, hijo?
—Quería esperarme hasta entregarles el título a mamá y a ti.
Así consiguió la mención honorífica en su examen profesional, un logro que presenció con orgullo su mentor, Juventino.
—¿Te gustaría dar clases en tu alma mater? —preguntó el maestro.
—Claro que sí, maestro. ¿Y qué materia sería? ¿Ya sabe el director?
—Por supuesto que lo sabe y lo aprobó. Es mi materia la que voy a heredarte, porque he sido invitado al Poder Judicial de la Federación y tú serás mi relevo en la cátedra de Derecho Romano.
Aquel fue el inicio de una carrera prometedora, guiada por principios que más tarde transmitiría a sus estudiantes. Durante sus años como profesor universitario, replicó la exigencia del traje en las evaluaciones tal como a él se lo habían inculcado; sentía que esa formalidad le daba un valor extra a la profesión del abogado. Esta misma disciplina lo guio a lo largo de 50 años de vida profesional ininterrumpida, en los que desempeñó 16 cargos públicos.
Un día de enero, acudió a una revisión médica de rutina sin sospechar que el sentido de su vida cambiaría para siempre. Un médico de bata impecable le practicó negligentemente una biopsia que le provocó un sangrado renal severo, el cual ocasionó la pérdida de su riñón derecho, poniéndolo al borde de la muerte. Fue trasladado de emergencia al hospital.
Allí, durante un largo proceso de recuperación, su mente generó una analogía perfecta que dio vida a la máxima que definiría el resto de sus días: “Togatus sine toga”.
“La bata blanca no hace al médico competente, así como un traje impecable no hace al buen abogado; los valores arraigados, como la ética y la honestidad, son los que definen al verdadero profesionista. El abogado sin traje suele ser, en muchas ocasiones, el mejor y siempre debemos observar más allá de la vestimenta”.
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